TREINTA AÑOS DESPUÉS. Fragmentos del capítulo XI...
“En una ocasión que papá y mamá fueron a ver a Francisca al convento, los días que ellos estuvieron en Madrid, Culala y yo fuimos “depositados” en el cortijo de las Bernardas al cuidado de seño Domingo y seña Isabel. Debió ser en verano pues era el tiempo de las parvas en la era. Fue la primera vez que monté sobre un trillo y, bajo la atenta mirada de seño Domingo y junto a su hijo mayor, Antonio, di varias vueltas a la era montado en el trillo, a modo de una cuádriga de las que había visto en las películas de romanos, sobre los haces de la mies que antes había sido segada por el aparcero y sus hijos mayores. Además de las hormigas, a la era acudían insectos de toda clase, unos de ellos eran los moritos, unos insectillos rojos que se te pegaban al cuerpo y luego te picaba de tal manera que te tenías que rascar como si sarna tuvieras. Seña Isabel me untaba el cuerpo con una mezcla de agua y vinagre que me aliviaba en mucho los picores con que me había venido de mi paso por la era. Nuestra estancia en las Bernardas coincidió con un fin de semana, pues recuerdo que el domingo nos bajaron a la Estación para oír misa. Fuimos y volvimos a lomos de dos de los borricos del cortijo. A la vuelta se nos hizo tarde y tanto Culala como yo, quizás yo más que ella, íbamos con más miedo que vergüenza. De llevar las piernas tan apretadas para no caernos del burro y fruto del roce con la cincha, que estaba hecha de esparto, Culala llegó al cortijo con los cachetes y los muslos en carne viva y, de nuevo, seña Isabel tuvo que recurrir a ungüentos caseros para aliviar los escozores que padecía nuestra pobre hermana. Fueron unos días estupendos en los que nos lo pasamos muy bien. Para nosotros, a pesar de vivir en un pueblo agrícola, casi todo era novedoso. Las labores propias del campo: el ordeño, la fabricación del queso, la siega, la trilla; las labores domésticas: la elaboración y cocción del pan, el cocinar en la candela, la forma de fregar los platos usando matagallos y piedra arenisca en vez de estropajo y jabón; las comidas: pucheros y más pucheros acompañado de tocino y un delicioso pan campero, e incluso la duración del día: allí se acostaba uno con las gallinas y se levantaba con los gallos.” ... “Cuando papá regresaba, a todos se nos ensanchaba el corazón y corríamos a darle un beso para, a renglón seguido, hacerle la típica pregunta sobre lo que nos había traído. A esta pregunta, si no traía algo especial, no era raro que respondiera de forma burlona con la no menos típica respuesta de: —Una guitarra. Con esta respuesta hacía referencia a una letrilla que en forma dialogada solíamos recitar los pequeños de la casa cuando se hacía la referida pregunta: «Prima, prima, ¿qué me has traído? Prima, prima, una guitarra. Prima, prima, ¿dónde la has puesto? Prima, prima, debajo la cama. Prima, prima, ¿por qué no la enseñas? Prima, prima, no me da la gana» Al terminar se solía añadir este otro pareado: «Si no te da la gana mete el culo en una palangana» Otra forma típica de responder ante la ausencia de cualquier cosa que ofrecer era la de: —Un siseñor con siete culos. ¿Qué puñetas sería un siseñor, y además adornado con tantos traseros? La respuesta era: la nada más absoluta. Le quitábamos las alforjas y escudriñábamos en ellas para ver si traía algunos palmitos o fruta del tiempo. Él nos daba el sombrero y la vara de acebuche —la misma que se ponía sobre las piernas cuando en la mesa comenzaban las risas o las discusiones—, que siempre llevaba, para que lo colocáramos en el perchero que había a la entrada del comedor. Uno de nosotros bajaba el caballo a la cuadra y tras quitarle el aparejo le poníamos un cubo lleno de agua para que bebiera y le echábamos su pienso. Después, en la cocina, repasábamos la fiambrera para dar fin a aquello que él no se había comido durante el día. Muchas veces traía la comida casi sin probar pues había comido con los del cortijo y, aunque él ponía lo que llevaba sobre la mesa, los del cortijo solían ser prudentes y no comían de ello. En algunas ocasiones pasaba la noche en el cortijo. Era cuando algunas de las cosas que iba a hacer llevaba más de un día: el aforado de la leña, la venta del carbón, o a veces, el peso de los chivos. Esto normalmente ocurría en las Bernardas. Allí tenía una cama turca que estaba reservada para cuando él se quedaba a dormir.” ... “La Almadravilla era un cortijo de características muy distintas a las Bernardas. En ella el rendimiento fundamental era la saca del corcho, esto sólo ocurría cada ocho o nueve años. Anualmente se vendían las bellotas de los alcornoques para la montanera
de los cerdos y cada tres o cuatro
años se cortaba leña para hacer carbón o para venderla.A pesar de estas diferencias generales con las Bernardas, también debía tener algunas similitudes. Algún huerto debió de haber porque a veces traían unas patatas muy ricas y hubo un verano en el que los tomates de la Almadravilla fueron tantos que ya no sabíamos que hacer con ellos. Se comieron en todo tipo de ensaladas, fritos, revueltos con patatas o con huevos, y cuando ya estábamos hartos de tomates anduvimos buscando botellas para que mamá los conservase al baño María. Se oía por aquel verano una canción cuyo estribillo decía: «Parece que va a llover. El cielo se está nublando. Parece que va a llover, ¡Ay mamá, que me estoy mojando!» Con el tono de esta canción, más o menos modificado, cantábamos por la casa un estribillo parecido en referencia a los tomates de la Almadravilla, uno de ellos decía: «Tomates y más tomates, tomate en ensaladilla, si quieres tomar tomates visita la Almadravilla» Francisca era la que más se distinguía a la hora de entonar la cancioncilla y cada vez que le parecía cambiaba algo de la letra: en vez de «ensaladilla» decía «ensalada» y para buscar la rima tornaba en «Almadravas» lo que antes era «Almadravilla». Al poco de venir de Granada papá contrató la montanera a sus hermanas y sobrinas, el negocio le salió bastante bien. Papá siempre fue el encargado y administrador de la finca que era propiedad de todos los hermanos y sobrinos. Él vendía las bellotas, los pastos y el corcho y después repartía los beneficios de acuerdo con los porcentajes de propiedad. No creo que en ninguna ocasión se pasase de su casi 13%, en la parte que a él le correspondía. El plus de beneficios que obtenía se reducía a que uno de nosotros hiciéramos de fiel en el peso del corcho, con lo que el jornal que iba a ganar otro terminaba en nuestra casa, y algún
regalo de sus hermanas tras la venta
del corcho: un traje nuevo, por ejemplo. El año que yo estuve
de fiel en vez del traje tocó un frigorífico Edesa de 120 litros.1.966, el año de los mundiales de Inglaterra, fue el que me tocó a mí ir al descorche. El corcho se le había vendido a unos extremeños y papá me dijo que tenía que ir al descorche para hacer de fiel del peso junto a Alfonso Ortega. Pepe ya se había ido a Madrid y Jesús estaría haciendo el curso de Instructor Elemental tras haber terminado magisterio. Yo, que acababa de terminar la reválida de cuarto, estaba en el momento más indicado para hacer mis primeros pinitos en el descorche. Iba a hacer de fiel junto con Alfonso, en realidad el fiel iba a ser él, yo me dedicaría a observar, anotar los pesos y aprender para el futuro. Nosotros sólo íbamos a la suerte en la época de la trilla. Se trillaba en una era que había al final de la dehesa, cuando se comenzaba la bajada para el camino de la Adelfilla. Antes de llegar a la era nos pasábamos por la suerte y nos comíamos algunas almendras del único almendro que en ella había el cual estaba justo en la linde con la otra parte de la suerte que era de tía María Luisa. Las almendras no estaban aún maduras y se encontraban en ese punto tan rico que te permitía quitarle la piel adherida a la pepita y comerlas paladeando todo su dulce y suave sabor sin la aspereza de la piel. En la era esperaban los medianeros con el trigo o la cebada ya trillados y aventados, y se pasaba al reparto del grano y de la paja. El grano se llenaba en quintales y la paja en los arpiles. Ambas cosas eran transportadas en burros o caballos hasta la casa donde se guardaban. Yo no participaba mucho en esas actividades, a mí sólo me tocaba subir la paja al pajar. En unas espuertas se iba sacando de los arpiles y se subía por las escaleras del pajar en la que tenías que adivinar donde habían estado en un primer momento los escalones. No era extraño que en más de una de tantas subidas y bajadas, entre el estado de los escalones y la paja tirada en ellos, aterrizaras. También había que andar con cuidado en el pajar, algunas de las tablas del suelo estaban podridas y te podías quedar con una pierna abajo y la otra arriba en cualquier momento. Allí en el pajar tuve una pareja de palomas a las que les tenía cortadas las alas para que no se fuesen con las de Juan Luis Castilla. En todo el tiempo que las tuve sólo conseguí de ellas la cría de un solo pichón. Ponían los huevos pero algunos de los otros muchos animales, roedores o reptiles, que debían convivir con las palomas no las dejaban engüerar en condiciones o se comían los huevos. Con el tiempo, las palomas se fueron con las de Juan Luis que era lo más lógico.” ... |