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"Salí a la puerta al
oír el refunfuño de la perra. Estaba muy nerviosa,
después se puso como loca. ¡Lo que saben esos bichos!
No dejaba de mover el rabo y ladraba de forma extraña, más
parecía aullido de lobo o lamento de hombre que ladrido de
perro.
Me aparté del lado de su cama para explicarle a la perra lo que le estaba pasando, pero había mucha gente y sentí vergüenza de hablar con ella del asunto. Mañana, cuando la cosa esté más tranquila, se lo explicaré con calma, entonces seguro que lo comprende. ¿Se acuerda cómo me entendió el día que le quité los cinco perrillos que había parido? Al principio no me quería escuchar, pero después tuvo que entrar en razón: ¡cómo íbamos a poder alimentar a tantas bocas con tan poca paga! Porque los perros tienen que comer lo mismo que nosotros. Un plato más para ella no suponía mucho, pero para los cinco nuevos..." "Los animales son como las personas, si no mejores, de todo entienden y de todo se dan cuenta. Entrevén el peligro donde las personas no somos capaces de hacerlo. A los mulos no hay dios que los haga cruzar por el redondel quemado que dejó en la loma el extraño artefacto que algunos dicen que vieron posarse, no sabemos si será verdad o mentira, pero los mulos no pasan por allí, prefieren arrodearlo antes de meter una pizca de sus cascos dentro." volver "Usted, que siempre era la primera en saltar de la cama, esos días se mostraba más remolona. Hacía las tareas con una alegría insólita pero como al tuntún, sin ton ni son, y con un espíritu radiante, que a nosotros nos dejaba perplejos. Otras veces, se quedaba como ensimismada, como ida. Con sus pensamientos puestos fuera de la casa, de los corrales y hasta de nosotros mismos. En más de una ocasión la sorprendí con la mirada perdida y esbozando una sonrisa, y no me supo explicar por qué sonreía: “Cosas mías”, me decía. Cuando llegaba la hora de comer, cualquier cosa venía bien, echaba mano de lo primero que pillaba y eso era lo que ponía sobre la mesa. Muchas noches cenábamos lo mismo que almorzábamos: un tomate partido con sal y unas rodajas de longaniza o salchichón, o unas papas fritas con un par de huevos. Ni mis hermanas ni yo nos dábamos arte para hacer algo distinto. La mayor empeñada en su costura, la pequeña detrás de mí dándome la lata y todos acostumbrados a que usted nos pusiera la comida por delante. Y usted, al margen de todo, feliz y contenta como una muchacha quinceañera. Se le notaba más el pavo que a mi hermana mayor, que sí que estaba en la edad propia de tenerlo." volver "Han pasado casi tres años desde que dejó de subir al cortijo conmigo todos los días. El corazón le tenía que fallar en cualquier momento, y ya lo ha hecho. Siempre había estado delicada, pero el día en que la encontré resoplando después de echarle de comer a los marranos me di cuenta de que lo suyo ya era como para preocuparse. Por eso, a la mañana siguiente, tuve que decirle a mi hermano que la llevara al médico, aunque usted no quería ir. El médico fue quien acertó con la dolama. Poco tiempo más siguió usted yendo por las mañanas, antes del amanecer, al cortijo. Desde entonces no la dejé que se arrimara más a los animales, le mandé arreglar la vieja silla de anea y se pasaba la mayor parte del día sentada junto a la lumbre en el invierno, y a la sombra del parral en el verano, haciendo el ganchillo —para eso no necesitaba usted mucho esfuerzo, se lo sabía de memoria—. Por ahí están puestos todos los pañitos que hizo: unos sobre la cabecera de las mecedoras, otros en los puños de la butaca, cubriendo las mesitas, encima del televisor... ¡Cómo disfrutaba cada vez que terminaba uno!" "Los chiquillos lo llamábamos el Inglés porque era rubio y colorado, pero de verdad no sabíamos de qué parte era. Hablaba extranjero y chapurreaba cuatro cosas como nosotros. Siempre iba tocado con un sombrero de fina paja blanca. Vestía unos pantalones americanos muy gastados, una chaquetilla ligera que cuando se la quitaba dejaba ver una camisa sin cuello y con las mangas cortadas a la sisa, como las mujeres, y unas botas camperas." "En casi todo era distinto a la mayoría de la gente del pueblo. Cuando alguien le regalaba algo él no correspondía, y si era él el que regalaba, podías quedarte tranquilo que a renglón seguido no te iba a venir pidiendo esto o aquello, este favor o aquél otro. Nosotros no estábamos acostumbrados a esa forma de actuar y nos resultaba rara. Sabíamos que cuando el compadre venía con el saco de castañas, a los pocos días estaba pidiéndole a padre la yunta para arar los huertos. Por eso nos resultaba extraño que al Inglés le pareciera normal dar o recibir sin recibir o dar a continuación. En este sentido se le notaba que a él, al contrario que a muchos de nosotros, no era el interés lo que le movía." volver
"El tiempo que pasaba solo
en el cortijo la echaba mucho de menos y me acordaba a cada momento
de usted. También pensaba en padre, pero menos, él hace
tanto tiempo que ya no está con nosotros... Muchas veces no
me daban ganas de hacer las cosas que antes hacíamos los dos:
los cerdos se quedaban sin su brebajo y a las cabras no las sacaba a
carear; me retrepaba en su silla de anea y allí se me pasaba el
día sin hacer nada de nada. Cuando volvía por la tarde,
en la taleguilla venía lo que me había echado para desayunarme
y almorzar."
"Hoy han venido todos, hasta
mi hermana la del norte que hacía un siglo que no pintaba
por aquí. Con ella han llegado los que hace tiempo se fueron
a Cataluña. Desde que usted enfermó no aparecían,
se nota que no había tanta pitanza en la que afanarse. Cuando
usted estaba bien no faltaban ni un verano, siempre se llevaban lo
más o lo menos: que si las patatas, que si la cantarilla de aceite,
algo de lo que quedaba de la matanza... En el tiempo que pasaban con nosotros
vivían a cuerpo de rey. Usted se esmeraba para que estuvieran bien
servidos de todo. Mi hermano mayor y yo casi no contábamos para
usted en esos días, claro como estábamos todo el tiempo a
su lado, se tenía que volcar con los que venían a pasar su
permiso a la casa.""Bastante llevaba sufrido desde que se nos murió mi hermana pequeña, aquella que no pudimos ponerle nombre porque el tiempo no nos dejó bajarla al pueblo para bautizarla. La liamos en una mantilla y la enterramos dos días después de nacer en un claro entre tormenta y tormenta. Nadie la extrañó al principio, después vino la autoridad y la tuvimos que bajar al cementerio del pueblo. A nosotros, y a ella, nos hubiera venido mejor que no la desenterraran. Allí la teníamos más cerca y todos los días pasábamos unas cuantas veces por su vera. El juez dijo que eso no podía ser y por poco no se la juega padre, menos mal que tuvimos la escapatoria del temporal." volver "El maestro, que era como un sabio, siempre nos hablaba de lo bueno que era expresar por escrito lo que sentimos las personas. Decía que los pensamientos no se convertían en pensamientos de verdad hasta que no los trasladábamos al papel, que la palabra escrita no se la llevaba el aire, que permanecía por más tiempo del que duran las palabras en la memoria de quienes nos escuchan. Que, en cierto modo, escribiendo nos hacemos inmortales. Y que aunque no seamos como los escritores importantes, todos tenemos algo que decir o algo que contar. Que no interesa si lo que escribimos lo leen muchas o pocas personas, que lo primero era atreverse, y después... Yo me he atrevido, madre, pero nunca he llegado a completar una cara del cuaderno. Será que no pongo todo el empeño que decía el maestro que teníamos que poner. Es más fácil pensar, recordar y hasta imaginar, sin la necesidad del añadido de la escritura. Ahora, cuando me quede solo del todo, a lo mejor me decido y le escribo una carta a usted, se la llevo al cementerio y sentado a su lado se la leo por si se entera. Será una carta sin respuesta, pero tal vez, la respuesta me la pueda imaginar, y yo la escriba por usted, y me la lea a mí mismo, y después yo le conteste, y usted..." "Entiende madre, me pongo triste cuando pienso en estas cosas, y no debía de ponerme. Ya me decía que algún día me iba a pasar esto, pero yo no lo pensaba de verdad. Por eso se me hace más duro ver que así son las cosas, que todo es como me lo decía, y eso que todavía está aquí, en su habitación, de cuerpo presente, que todavía está aquí, conmigo." volver "Le ayudé a arrastrar el cuerpo sin vida. Todavía estaba caliente. El último reguero de sangre se fue apagando poco a poco entre los surcos que dejaban las botas en la tierra del camino, era lo único que llevaba puesto. Al final, cuando llegamos al sitio, apenas si se podían ver unas pocas gotas de la sangre del que había deshonrado a toda la familia. Porque la culpa no fue de usted, ¿verdad, madre? Él debió ser el que la indujo a hacer lo que hicieran. Seguro que se aprovechó de su soledad y de que padre estaba muy gastado por causa de tanto trabajo. Y claro está, padre estaría gastado para unos menesteres pero para otros estaba intacto, y tuvo que hacer lo que hizo: lavar su nombre con la sangre del que lo había manchado." "Se agachó a quitarle el reloj de pulsera. Entonces, usted, que hasta ese momento nos había seguido como una sonámbula y se había mantenido callada, se puso en medio y le dijo algo sobre matar y robar, la honra y la indecencia, que yo no comprendí muy bien, pero que me pareció que venían a dar a entender que si no era suficiente con lo que tenía delante." volver “Se levantaba la primera, antes de las claras del día, y se acostaba la última, una vez que había dejado todo recogido, y había alistado lo necesario para el día siguiente empezar de nuevo. La recuerdo siempre haciendo faenas: cerniendo la harina, amasándola, caldeando el horno, metiendo y sacando el pan, ese pan que daba gloria olerlo y no sé qué daba al comerlo, pero que había que guardar como oro en paño para que durase los siete días que había entre amasijo y amasijo, no se podía desperdiciar ni un migajón, ni un pequeño cuscurro por duro que estuviera;”... “Sólo se sentaba usted en la velada, y tampoco estaba quieta. Pronto sacaba la bolsilla de tela en la que guardaba el algodón y, dale que te pego con el ganchillo. Padre, a su lado, majaba esparto o lo trenzaba en tiras y tiras de pleita que luego usaba para hacer lo que fuera menester en la casa o en los corrales, para nosotros o para los animales. Las últimas albarcas que me hizo aún cuelgan en el corral de las cabras, un día las tengo que lavar y traérmelas aquí, y ponerlas en un gancho en la pared de la cocina, como dicen que hacen los de la capital, que todas estas labores de pleita las valoran mucho. Cuando las miro me acuerdo de él."... volver X
..."Padre fue al cortijillo
y recogió lo que el Inglés tenía preparado para
el viaje. Todo siguió el mismo camino que el cuerpo sin vida
de su dueño: la mochila, las pinturas liadas como cigarros gigantes
(en medio iría la de la mujer desnuda), los pinceles... Cuando
vi el cuaderno me acordé de que en su interior estaba escrito su
nombre, lo pude sustraer de la vista de padre y lo escondí entre
unos matojos que había al lado de la sima, cuando pasara un buen
tiempo iría a recogerlo y guardarlo bien guardado. Detrás
echamos todas las piedras del majano que había por encima del algarrobo.
Padre las sacaba y yo las iba tirando, una detrás de la otra. Todavía
tengo metido en el sentido el sonido del rodar de las piedras."...
..."Entre tanto, usted fue quemando en la lumbre las ropas que llevara puestas y restregó una y otra vez el suelo hasta no dejar rastro del crimen. Quemaba los trapos ensangrentados y se achicharraba por dentro. El colchón corrió la misma suerte, las pintas carmesíes que antes no tenía hablaban por si solas, además se había empapado demasiado del sudor del Inglés. Sangre caliente, sangre fría, de ambas maneras la había vivido usted, la había disfrutado y la había sufrido. Sólo le quedaba el recuerdo, para el que no se ha inventado la ley que lo prohíba, ni el guardia que lo reprima. El recuerdo y la nostalgia, la nostalgia y la amargura." volver "Como usted sabe, yo
era de pocas palabras. Tampoco las necesitábamos para hablar entre
nosotros, con la vista nos entendíamos. Por eso, a partir de
ahora tampoco voy a hablar mucho. A mí me gusta pensar, imaginarme
las cosas; imaginármela a usted ¡me va a costar tan poco!,
que va a parecerme que no se ha ido de mi lado. Cuando suba al cortijo
va a venir conmigo, le voy a ayudar, como siempre, a cruzar el barranco,
voy a volver a cogerle cada día su mano huesuda para que se apoye
en la mía al ir de piedra en piedra. Usted va a ir delante y yo detrás
en el resto del camino. Cuando nos encontremos con alguien será
usted la que salude, yo agacharé la cabeza y diré algo entre
dientes."...
..."De chico, en la escuela, tampoco hablaba mucho. Me atrancaba un poco y los otros niños se reían de mí. Me atrancaba porque me gustaba pensar lo que iba a decir antes de hablar, pero ellos no me daban tiempo y empezaban con las risas. Por eso, sólo aprendí a leer y a escribir un poco. Los números me los sabía todos y las cuentas las hacía antes con la cabeza que con el lápiz y el papel."... volver XII
..."La tenía
sentenciada. El chispear de sus ojos, la tersura de su cara, se cambiaron
por lágrimas y más lágrimas, por sufrimiento y
dolor, se le desencajó el rostro, se le achicaron las manos, se
le puso el pecho hundido, se avejentó día por día.
Su cuerpo apenas tiraba de las penas que cargaba. Él siguió
impasible: ni en usted, ni en mí se fijaba. Ninguna conversación,
ni tan sólo una palabra, ni de ánimo, ni de aliento, ni de
reproche, ni de nada; sólo había condena desde su torva
mirada. "...
..."Cuando lo vimos llegar parecía venir contento, se había quitado de encima lo que usted hubiera querido tener siempre a su lado. Aquí estaría ahora, aquí sentada a mi vera. No se tenía que saber si era una hija de padre o era hija del Inglés. Pero él no consintió, no la dejó ni pensar. Allí sola se quedó perdiendo sangre del vientre, que se cortó porque se tenía que cortar. A él poco le importó. Sólo tenía en la cabeza la idea de desprenderse de lo que viniera, y así fue."... ..."Eso de la transformación de todo es una de
las cosas que más me convencen a mí sobre la otra
vida. Una vez escuché, o leí en algún sitio, que
los de la raza amarilla, los chinos, llaman a eso, o a algo parecido,
“reencarnación”. Y es que es igual para las personas, los
animales y hasta para las cosas. Y eso es verdad, porque con el
tiempo, para unas cosas más y para otras menos, todos nos
convertimos en estiércol y nada más, hasta los hierros,
que parecen los más fuertes, se terminan pudriendo y
mezclándose con la tierra.
Yo
creo que los animales y las plantas lo llevan mejor que nosotros.
Las criaturas no pensamos que por mucho que nos creamos que somos,
por muchos vuelos que nos demos, por mucho que miremos a otros
de mala manera, al final todos acabamos iguales: el que tiene
y el que no tiene, el que sabe y el que no, el que lo hace bien,
el que se equivoca y el que lo hace mal. Pero ahí es donde
debe estar el “conque”, que en la otra vida unos seremos
una clase de seres y otros de diferente tipo. Dependiendo de lo
que hayamos hecho en ésta así resultaremos ser en
la otra: seres agradables o seres desagradables."...
... Después de que el cabo se tomara un tentempié usted le contó lo mismo que nos dijo a nosotros. Por muchas preguntas que le hizo el guardia usted nunca se apeaba de la misma historia: padre se había parado a dar de cuerpo y usted, como llovía a mares, siguió el camino para no empaparse más. No sabía nada de cómo padre había caído en el charco, de si iba montado en la bestia o si la llevaba del cabestro. El cabo le preguntaba y le volvía a preguntar el porqué no se había quedado usted con él, si no le dio miedo de seguir sola a pesar de la noche de perros, de si no le pareció raro que él se retrasase tanto. Usted se mantuvo inamovible en su testimonio: padre se había parado a dar de cuerpo y usted, como llovía a mares, siguió el camino para no empaparse más. Después de un buen rato de preguntas parecidas y de las mismas respuestas, una sola conclusión. “Cuestión de mala suerte”, fueron las palabras del guardia tras oír su repetitivo relato“ volver "Me robaron mi cabaña, yo de papeles no entiendo y con papeles me engañan”. Así rezaba una copla o un cante que le oí al gitano que por primavera venía a recortar las crines de la jaca del vecino y a pelar a nuestra borriquilla. Por eso yo me he empeñado en saber de papeles, para que no me engañen. Antes de que ellos digan lo que dicen los papeles, ya los tengo en mi memoria. Lo mismo me pasa con las cuentas: pueden decir lo que quieran y echar mano del lápiz y del papel, pero que a mí no me engañan, mis alcances van más rápidos. Otras cosas no se me darán bien, pero lo que se me mete en la cabeza, ahí se me queda para tiempo y con los números me echo a pelear con quien quiera. Las veces que coinciden los suyos con los míos no hay problema, cuando no, los hago repetir hasta que se emparejan, cómo tiene que ser. No les digo que se han equivocado, pero les pido que lo hagan de nuevo porque algo no me cuadra." volver "El juez dijo que fue una muerte accidental, pero ¿qué le dirá usted a Dios cuando se presente delante de Él? Ahora (quizás ya haya estado o esté usted en Su presencia), se tiene que poner cara a cara con el Señor. Es lo que dicen los curas: la antesala del Juicio Final. No creo que le pregunte por mí, pero si lo hiciera no le diga nada, ya hablaré yo con Él cuando me toque y si me pregunta por usted tampoco yo le contaré lo que sé, o lo que me supongo. Aunque la verdad, si creemos a los curas, tenga usted en cuenta que Él lo sabe todo. Antes de hacer la primera comunión las catequistas nos decían que aunque nos escondiéramos en el lugar más oscuro del mundo, Dios siempre nos veía. Eso fue lo que le pasó a Caín cuando mató a su hermano Abel: se pensaba que nadie lo veía, porque como estaban solos en el mundo, pero Dios lo vio y le preguntó por lo que había hecho con su hermano y aunque trató de engañarlo no pudo. " volver ...
"Lo que beben ya se ve, pero de lo que hablan es un enigma. Con lo larga que son las veladas del verano... de dónde sacarán tema para tanta conversación, porque, una noche y otra, se me hace a mí muy cuesta arriba imaginarme de lo que podrán hablar. Yo me figuro, por lo que hablan conmigo (tratan de sonsacarme cosas que a ellos no les interesan) que así debe ser lo que hablen entre sí, casi siempre de los demás, casi nunca de ellos mismos. Todas las criaturas, y las que vivimos en los pueblos más en particular, queremos llevar la vida de los otros, ¡cómo si la propia no pesara bastante! Madre, y no se aburren, no se cansan. Sospecho que eso de salir por las noches y estarse al fresco hasta las tantas lo tienen tomado como una obligación, o quizás sea para sacar a los chiquillos y que foguen antes de irse a la cama, al tiempo que los padres se distraen un rato criticando al que se ha ido; así que allí están insistidos una noche tras otra. Dicen que después del trabajo se merecen un descanso, o una alegría para el cuerpo, como comentan algunos. Y ustedes no tenían alegrías, ni descansos, ni nada de nada. Yo tampoco tengo muchas alegrías, por eso, en esas noches, allí me quedo un buen rato mirando a las mozuelas con sus vestimentas de verano y me acuerdo de cosas que no es bueno recordar. En ocasiones, alguno de los que están en la barra me convida a beber algo, después me pregunta por el Inglés; no acepto, me hago el distraído y le sonrío. Antes de irme le devuelvo la invitación, que tampoco acepta, sonrío y, distraídamente, sigo mirando a las muchachas mientras me encamino a nuestra casa." volver ... "Eso de los amores debe ser una cosa complicada. Usted estaba casada y no tenía por qué buscar fuera lo que tenía en la casa pero lo buscó, o se le puso por delante y le trastornó el juicio. Lo cierto es que fue la perdición de los tres: ellos criando malvas hace tiempo y usted amargada de por vida y lista para la misma función, aunque lo suyo nada tiene que ver con lo de ellos. Ese es el resultado final. Y yo en el medio. Quiero decir sabiéndolo todo, y si no es todo, casi todo, y lo que falta me lo imagino y no debo andar muy lejos de la realidad. Me gustaría saber qué es lo que siente uno cuando está enamorado. Yo me miro en el espejo y no me veo el brillo en los ojos como el que tenía usted por aquellos días, ni la alegría con la que enfrentaba el diario. Siempre me ha gustado su forma de ser y me encantaría parecerme a usted en muchas cosas, pero no lo logro. ¡Será que no soy mujer! Pero mis hermanas tampoco le han salido. Aquí todos nos parecemos a padre: serios, callados, con el entrecejo espeso, y más espesos los pensamientos; ninguno ha sacado la alegría suya, su disposición, la chispa que hacía que lo difícil pareciera fácil y lo complicado sencillo, su capacidad para de lo poco sacar un mucho y de la nada hacer un todo. Si no hubiese sido por lo que fue, qué distinto sería todo ahora. Pero el destino de todas las criaturas dicen que está escrito, y escrito debe de estar, porque si no ¿cómo explicarse que se arrodearan las cosas para que pasara lo que pasó?..." volver "Desde el día en el que casi me quedé muerto en el gallinero después de estar un buen rato dale que te pego, había cogido un empique que me traía a mal vivir. Usted misma me pilló en varias ocasiones. Por eso me tenía dicho que tuviera mucho cuidado con estar todo el día tocándome, que así iba a perder fuerza y que se me podía llegar a cortar el habla. Y como yo me atrancaba al hablar, le cogí miedo. El miedo lo perdí cuando se me cruzó la hija del compadre, que era de mi tiempo o algo mayor. Ella debería estar tan atareada con lo suyo como yo con lo mío. Cruzaba cerca de su parcela, estaba la muchacha recogiendo hierbas para los conejos y me pidió que le ayudase. Hicimos un buen haz y nos dirigimos a su corral. Agarró a una coneja y la echó adonde estaba el macho. Al principio la coneja se hacía la remolona y plantaba cara, pero cuando el macho la pilló y le mordió el morrillo, se quedó quietecita hasta que el conejo dio el salto y cayó para atrás como muerto dando con el lomo en la tierra. La comadrilla me miraba de reojo. Los dos nos quedamos encandilados viendo cómo el macho dio cuenta en varias ocasiones de la hembra. Tuve que ponerme la gorra delante del pantalón para tapar lo que había traspasado las endebles telas. Hubo más veces y, con el tiempo, fuimos pasando de la contemplación a la acción." ... volver "A partir de los rezos, después del funeral de padre, se acercaba usted con más frecuencia de la acostumbrada a la iglesia. Unas veces iba con alguna de mis hermanas y otras se iba sola. Ellas me contaron que se metía en la sacristía y se pasaba un buen rato platicando con el sacerdote. De esas conversaciones debió salir la idea de ir con él a la ciudad. Usted no nos dijo a ninguno para qué iba, pero yo lo sabía; si no lo sabía por lo menos me lo suponía: iba en busca de la niña del Inglés, de la sitemesina" ... " Luego de la primera visita a la ciudad hubo otras. Hasta que cayó en la cama, le conté una casi cada tres meses. Usted nos decía que iba a cosas de médico de mujeres, pero yo sabía que no. Después de que padre se la quitara del vientre mismo, usted se quedó seca. Le empezaron las calores antes de que tuviera edad de ello. Vivía porque no tenía valor para otra cosa. Cuando nos quedamos sin él, usted no le echó mucho en falta, bastante tenía con nosotros, incluso parecía más repuesta. No tenía que soportar sus desplantes de todos los días. Pero fueron sus visitas a la ciudad las que le dieron un buen empujón. No llegó, ni por asomo, a ser la que fue, pero mejoría en su presencia de ánimo sí que se le percibía hasta poco antes de ponerse impedida." ... volver "Los animales forman parte de nuestras vidas en todos los sentidos. Vivimos con ellos, de ellos, para ellos y, algunas veces, como ellos o de peor forma. Los animales hacen las cosas por instinto, nunca tiene maldad ni mala saña, en cambio los humanos hacemos las cosas sabiendo lo que hacemos, y volvemos a repetir las mismas acciones a pesar de darnos cuenta de que está mal lo que estamos haciendo. Yo creo que ni para lo malo, ni para lo bueno somos como ellos. Aunque usted nos enseñó desde pequeños a respetarlos a todos, a mí los que de verdad me gustaban eran los salvajes. A estos es a los que me encantaría haberme parecido. Esos que, de ocasión en ocasión, merodean por nuestras tierras. Viven a su aire y dependen de ellos mismos para todo. Algunos son dañinos, pero porque no tienen pensamiento, ellos lo único que tratan es de sobrevivir. Los más libres de todos son los pájaros. Desde el chochín (un corazoncillo envuelto en un puñado de plumas), hasta las águilas. Qué gusto da verlos moverse a su antojo por los aires: ahora voy para allá, ahora me poso aquí; escudriño desde arriba, me doy un baño de tierra; picoteo en las frutas, apreso a una buena pieza. Indiferentes y atentos a un mismo tiempo. Cada vez quedan menos pájaros, los venenos que se echan en el campo se los están cargando. A duras penas, resisten los gorriones y pocos más. Se ven muy de tarde en tarde, por eso, cuando diviso a un águila dando vueltas y vueltas, me tumbo boca arriba para contemplarla mejor. ¡Cómo se mueve entre las corrientes sin hacer esfuerzo aparente! ¡Con qué velocidad cae en picado en busca de la culebra, el lagarto, el conejo o el ratón! ¡Qué pronto se acaba el chillido del atrapado! ¡Qué pocas ocasiones son baldías, un prodigio de eficacia! ¿Quién fue el águila y quién la presa, madre? ... volver XXII
volver
"Madre, dentro de un poco vendrá el cura, ya se han escuchado
las campanas tocando a duelo. El olor a incienso ya mismo se va a empezar
a mezclar con el de los cirios. Ese olor me gusta a mí. En los entierros
y en las misas solemnes me acerco al monaguillo que lleva la naveta y le pido
que me eche una cucharadita en la mano. Me lo guardo en el bolsillo y al
regresar a la casa pongo una de las piedrecillas amarillas sobre un ascua
y empieza a salir el humo, y el olor, y me gusta ese olor a mí. Las
pocas piedras que me da el monaguillo me las voy administrando para que me
duren todo el tiempo posible. Si no me echa, me conformo con el olor que se
desprende del incensario mientras el otro monaguillo lo balancea para mantener
vivas las ascuas.
Ahora, cuando llegue el cura la rociará con agua bendita y la ahumará con el incienso. La habitación se impregnará para unos cuantos días. Rezarán las oraciones de difuntos y un padrenuestro, en poco rato todo se habrá acabado. Emprenderá usted el último viaje. Será la última vez que salga de la casa, para no volver." |