Blanco sobre azul. Óleo de Salvador Martín.

LA GACETA DE GAUCÍN

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Teodoro R. Martín de Molina

EL OCCIDENTAL: IMPRESIONES DE UN VIAJE


Cuatro treinta de la madrugada. El día está a punto de romper por el oriente de Oriente. El sol casi se adivina entre la bruma de la polución de la megalópolis. Su aún tenue luz se cuela por los cristales del balcón, sin contraventanas y protegido por leve tul, del dormitorio. El muecín de la mezquita más próxima a la sharia al Kuds al Sharif invita a los fieles a la oración. No está en la parte más alta del alminar. Allí están colocados los altavoces que se encargan de ampliar en varios miles de decibelios su ronca voz recitando en tono monocorde lo grande que es Alá y lo maravilloso que es rezar, al tiempo que acalla los melodiosos kíkirikis de los gallos despertadores. Imaginaba que decía algo así como: “deja de dormir y ponte a rezar” o “ponte a rezar y deja de dormir” que viene a ser casi lo mismo, pero que no lo es.
El que no es fiel de Alá, también se ha despertado. No le ha rezado ni a Alá, ni a su Dios. Se ha enfadado un poco con el sistema utilizado por el muecín, por los muecines: antes de escuchar con nitidez la voz del próximo se adivinaba la de sus vecinos más orientales; cuando acabó su arenga religiosa, comenzó a oírse, como un eco de ella, la de sus colegas situados más al occidente.  Preludio, clímax, relax antes de la comunicación con Alá. Preludio, clímax, relax de su enfado con el muecín, con los muecines.
Los demás no se han despertado. Ningún comentario que hacer. Se levanta, evacua y vuelve a la cama. Consigue dormirme de nuevo. El cansancio acumulado durante el largo día anterior, el miedo pasado con las turbulencias, las dos escasas horas de sueño..., pueden más que la impertinencia del muecín. Hasta llega a soñar con que sueña ser muecín y tiene que dirigirse a los fieles desde el alminar de la mezquita que vieron ayer al pasar junto al Nilo, cerca de la isla Zamalek. El vértigo lo despierta y lo echa definitivamente de la cama.
Ducha, desayuno y ¡a la calle!

Es temprano, muy temprano. Los puestos de frutas y verduras, frutos secos recién tostados, canastos y otros enseres, baratijas, etc, que al llegar por la noche nos dieron la bienvenida desde sus estratégicas esquinas, ahora nos dan los buenos días “Assalam aleikum. Aleikum assalam”, a ellos se les han añadido algunos de pescados que duermen entre tiriteras en cenachos de esparto. A la puerta de cada uno de los cafés, sentados en mesitas redondas y siempre mirando a la calle, los hombres leen el periódico, charlan o se extasían con el humo de los narguiles y beben a pequeños sorbos el aromatizado té.
El bullicio es permanente: los pocos automóviles que transitan entre los muchos que están aparcados sortean o son sorteados con una habilidad insólita para los ojos del occidental (aún no ha visto nada). En los restaurantes de puertas abiertas los clientes más madrugadores se muestran como en un escaparate a los viandantes. Ya están tomando el primer tentempié del día, para algunos quizás el único. En profundos recipientes de plástico introducen el tenedor, también de plástico, para llevarse a la boca el kúshari  (especie de ensalada caliente de spaghettis, macarrones, arroz, lentejas y cebolla frita con salsa de tomate), otros han empezado a saborear el rico shawarma de cordero o pollo, muy próximo a ellos debe andar el vaso con alguna infusión achicharrando.
    Son pocos los comercios y otros establecimientos que hay en esta pequeña calle del barrio, unos están abiertos, otros cerrados. El horario de apertura y cierre está en función de las necesidades del dueño. Entramos en una especie de tienda enlaquesevendedetodo y pedimos una tarjeta telefónica (hay que comunicarse con los que se quedaron). El espacio en el que nos tenemos que mover es escaso. Las repletas estanterías, los clientes y la multitud de dependientes que nos acumulamos en el estrecho pasillo hace que respiremos, unos y otros, los olores que desprenden los cuerpos de todos. Cuando salimos nos enteramos de que el señor que regenta la tienda es ingeniero industrial (sic). Al igual que en occidente, aquí, son muchos los que acaban en tareas que poco o nada tienen que ver con aquello para lo que se prepararon con tanto esfuerzo.
Desembocamos en una de las avenidas principales de al-ardi Muhandisin: tres carriles en ambos sentidos donde se hacinan cuatro o cinco filas de automóviles por cada uno. El sonido de las bocinas es constante, no es estridente, pronto se averigua que es un sistema de comunicación que, milagrosamente para el occidental, hace que las ruedas apenas dejen de girar y conduzcan a los ocupantes de los vehículos al lugar deseado y sin grandes demoras.
En un amplio porcentaje el parque automovilístico está formado por taxis, todos de avanzada edad o en muy precario estado de salud. Los taxistas conducen con una mano, en la otra llevan un fajo de billetes de la moneda del país, manoseado hasta la saciedad y requetebesuqueado,  en una especie de rito con el que parecen querer animar a otros billetes para que pasen a engordar el que hasta ese momento señorean. Un híbrido de autobús y taxi se desplaza por el carril más próximo a la acera y desde su puerta delantera un árabe, que también lleva un buen manojo de billetes en una de sus manos (además de pretender el mismo fin que el taxista, lo necesita para el cambio, cuando necesario), va gritando a los transeúntes, que hacen intención de tomarlo, el lugar al que se dirigen. En paradas instantáneas o con el taxibús en marcha unos bajan y otros suben y asombrosamente intactos tras lo que en apariencia es una arriesgada operación.
El que sabe para a un taxi. Tras un breve diálogo con el conductor nos indica a los demás que entremos. “Assalam aleikum. Aleikum assalam” El interior deja en buen lugar al aspecto externo del “Ladacuatroplazasescasas” ocupado en ese momento por cinco más el taxista. Como piojos entre costura, como sardinas en lata, con la video cámara clavándose en el costado del que lleva al lado; la cámara digital, recién comprada para la ocasión, formando paquete junto al ídem y molestando que no veas, el occidental y sus congéneres van en busca de la primera de las siete maravillas, con 4500 años a sus vertientes.

En el trayecto hasta Gizah ni una palabra, porque el taxista no habla y porque, el que sabe, nos tiene dicho que no hablemos. El occidental que chapurrea el inglés nunca debe dar muestra de ello, debe dejar al que sabe que se comunique con los naturales, él que es mayor que el que sabe, calla y asiente. El volumen del aparato de radio también hace difícil la comunicación entre los usuarios del taxi. Todo el tiempo que dura el trayecto los rezos no paran, el taxista no cambia de emisora, él va inmerso en lo que oye y presta cierta atención al camino por el que transita.
La ventanilla bajada hace que el aire penetre con fuerza y sea un ruido más a soportar; intentos vanos de los pasajeros por subir el cristal, la manivela no funciona, el conductor suelta una de sus manos del volante y con la otra arrastra el cristal hacía arriba hasta dejarlo casi tapando todo el hueco por donde se colaba el aire, ahora no sopla, ahora silba. Barrios y barrios de viviendas a medio construir, sólo se ven acabadas las primeras plantas, los pilares de las restantes esperan a que el dinero haga que la argamasa y el ladrillo los unan entre sí. Hasta que no se cubra de aguas el edificio no se pagan impuestos (dice el que sabe), se van terminando las viviendas según se van adquiriendo (afirma después). Hay stocks de plantas vacías, mas no de viviendas deshabitadas. Las calles que se ven en dichos barrios están sin asfaltar, por ellas corretean los niños entre piedras, arena, basuras, mezclados con los animales y arrimados a las puertas donde los artesanos y pequeños comerciantes atienden a sus quehaceres.
Cuando se dejan de ver las barriadas periféricas comienzan a verse las orillas del gran río, las palmeras, los productos de las huertas que están en sazón, el movimiento de los agricultores (casi todos mujeres), la fauna terrestre y la aérea; y, poco a poco, se hacen visibles las arenas sobre las que en un montículo se eleva la majestuosidad de las tres hermanas: la mayor, la de en medio y la pequeña. Cierta desilusión, el cine y los libros te lo pintan de otra manera. Son los “valles de los caídos” de hace 4500 años. Como siempre los derrotados y los débiles fueron usados para gloriar a los vencedores y a los fuertes. ¡Cuánta sangre, sudor y lágrimas, cuánto muerto en los alrededores para satisfacer la megalomanía de uno solo!
El camello, el camellero, el policía, el de los caballos, el chiquillo desarrapado, el policía de nuevo, el del turbante, el occidental, el oriental, otro policía, el que quiere ser guía, los que no lo dejan, el faraón, sus arquitectos, los esclavos, más policías, los escribas, las hijas del faraón, la que se prostituyó, la que no lo hizo, la barca, la esfinge, las tumbas... las pirámides. Todo distinto, todo unido y entremezclado y ofendido por igual por la arena que hiere el rostro de los que deambulan por el lugar o permanecen hieráticos, pues no les queda otro remedio. Desde lo más alto te imaginas a Moisés, a Bonaparte, a Rommel, a los guerreros y a los saqueadores, a los que ayudaron y a los que expoliaron, en un rincón adivinas a Terenci tomando notas en un cuaderno con pastas de cartón, y el occidental también saca su bloc y hace unos apuntes, ¡de ilusión también se vive!
Vuelta al taxi. Camino de vuelta. Nadie habla, nadie tienes ganas de hablar, parece que la radio no funciona, ¡gracias Alá! El sol deja mil tonalidades en el horizonte que apenas dejan ver los edificios de la ciudad moderna, su despedida hace que se acuse más el cansancio de todo el día. Casi al final del trayecto incidente de tráfico, en un giro un particular ha golpeado el guardabarros delantero izquierdo de nuestro taxi, la puerta del otro coche resulta bastante perjudicada. Parada, se bajan ambos conductores observan los vehículos propios, nadie alza la voz, se miran, se encogen de hombros y se vuelven a sus respectivos, el taxista unta con saliva el guardabarros sobre el que se golpeó al otro automóvil “sana, sana...”, al poco dejamos el taxi y continuamos el resto del trayecto hasta la casa a pie.
Continuo sube y baja. Las aceras son distintas de tamaño, de forma, de color y de altura dependiendo de cada edificio de viviendas; los criterios de uniformidad no existen, trasladan la singularidad del edificio hasta la puerta de la calle y la parte proporcional de acera. Unas con baldosas, otras con mármol, otras de cemento, algunas de tierra, las hay de adoquines,  y también de azulejos... El portal de un edificio de gran lujo es vecino de un edificio a medio construir en cuyo bajo vive? una familia rodeada de sus animales domésticos. En la mayoría de los portales existen porteros, poco reciben de los dueños, casi nada, hacen su vida entre el portal y la puerta de la casa. A comienzos del mes esperan como agua de aluvión la propina que algunos vecinos tienen a bien darles, todos los días piden les dejen limpiar los automóviles, se esmeran por dejarlos relucientes y aunque la tarea es harto difícil casi lo consiguen, y consiguen otra propina que les da para preparar un cús-cús, o se acercan al tenderete de al lado y traen un tarro de kúshari para él y para los suyos. En la mesa del portal siempre está el vaso con la infusión mágica esperándole. En una puerta hay lo que se adivinan son matones, en otra un lisiado que alarga su mano, tres casas más allá el inevitable McDonalds, con su dependiente uniformados al más puro estilo, y dejando oír una voces gangosas (en árabe, pero gangosas, o al occidental así le suena) solicitando lo que se presume son los pedidos del cliente. No se sabe qué es mejor si el logo de la multinacional y lo que encierra, o el tenderete del kúshari, el shawarma y el kebab.

El agua de la ducha destiñe el teñido involuntario. Tras un concienzudo trabajo se consigue desatascar la mayoría de los orificios. Dentro de la vivienda se está más a gusto que en las calles. El calor se hace más llevadero, el polvo arenoso del desierto no se introduce en los orificios nasales, se dejan de restregar los ojos y de parpadear continuamente, el volumen de cerumen acumulado se mantiene tal como lo llevaba antes de salir por la mañana.
La televisión persigue por donde se vaya. Lo mismo que se deja aquí se encuentra allá, pero multiplicado por n, ese número mágico que todo lo multiplica o eleva y que al occidental nunca le gustó mucho, él prefería lo de “enésimo/a”, que venía a ser lo mismo pero le sonaba mejor. Pasan las cadenas una tras otra en número cuasi infinito. Irremisiblemente ve pasar ante sus cansados ojos una serie interminable de estereotipados programas que como en extraño dejà bu, parece conocerlos todos.
Visita de cortesía. Se entra en un estancia que junto a otras dos de similar superficie, en todos los casos amplísimas, conforman lo que pudiera considerarse como el salón, sala de estar y comedor de la vivienda. Recibe la anfitriona, que avisa al hijo y a una sobrina de la llegada de los familiares de los inquilinos de la vivienda de la planta baja. Regalo llevado desde occidente, té y exquisitos pasteles orientales como norma fundamental de la hospitalidad árabe. Durante el saludo a la bella pariente de la casera se observa que no se despoja del guante que enfunda su mano derecha y estrecha la de los demás sin permitir que roce piel contra piel. Costumbres orientales que no entra a analizar el occidental. Amable charla en mezcolanza de lenguas, con traductores improvisados de unos y otros idiomas. Algún occidental utiliza la propia con igual desparpajo que lo hace en su tierra, confía, e incluso piensa, que los orientales saben perfectamente lo que les quiere transmitir, las gesticulaciones que acompañan a sus palabras se empeñan en que así sea, los rostros de los de enfrente dicen todo lo contrario.
Se acaba el día:
-Tasbah al-jer. (Hasta mañana)

Si el occidental no visita el zoco parece que no ha visitado la ciudad. Es una ceremonia por la que pasamos todos. Es un rito en el que el tira y afloja entre el vendedor y el comprador casi siempre se rompe por la parte más débil. Éste acaba llevándose la prenda o el objeto pensando que ha conseguido engañar al vendedor, ¡qué engañado está! Puede el occidental hablar la lengua que quiera que encuentra respuesta en el jovencísimo o muy anciano vendedor para rebajar en una decena de monedas la cifra pedida en la primera ocasión o en la segunda, o tercera... Se compra lo necesario y lo innecesario, para sí mismo y para los familiares y amigos, se compra sin ton ni son. El movimiento es constante, la actividad incesante: entrar, salir, parar, seguir, buscar, encontrar, desechar, volver, preguntar, negar, aceptar, subir, bajar, ver, mirar,  comparar, observar, valorar, calcular, reservar, ir, venir y ¡por fin, comprar! Para unos, satisfacción, para otros, reconcome, y para todos, ¡descanso! Con una visita no será suficiente, habrá que regresar en otra ocasión (¡algo se olvidó!), y hasta en una tercera (regalos para los amigos y compañeros, pequeños detalles)

¡Cuánto lugar donde rezar! Desde la antigua ciudadela el occidental divisa cientos de minaretes, periscopios del submarino que supone cada mezquita que lo sostiene y emisor de las ondas que invita a los fieles a la oración. Los grandes rezadores llevan la marca en la frente. En unos es vertical, en otros horizontal y a otros terceros el callo que los señala como fervientes fieles del Islam es sólo un punto central al estilo del adorno de las mujeres indúes, depende de la forma de la piedra sobre la que golpean su frente cuando están hablando con Alá. Cuando el occidental penetra en uno de esos fastuosos santuarios se sorprende de la sencillez y majestuosidad que en una sola pieza fueron capaces de aunar los encargados de su construcción. Mucho curioso pulula por su interior, todos con pies descalzos, las mujeres con la cabeza cubierta recuerdan a las del velo de tiempos atrás en las iglesias occidentales. Algunos naturales miran al este mientras genuflexionan sus cuerpos orando con el Todopoderoso. También algún extranjero cambia discretamente sus ropas occidentales por una especie de improvisada prenda árabe antes de acompañar al que reza mirando a la Meca. Los descalzos pies agradecen el frío del mármol del enorme patio que suele servir de entrada/salida a la mezquita.

Son fechas posteriores al día de la Navidad cristiana. Por la noche toda la ciudad resplandece en una luminaria continua de árbol en árbol, de casa en casa. Los neones parpadean invitando al consumo de todo tipo de productos occidentales u orientales. En las viviendas no se vivirá la fiesta, pero la calle, la calle recuerda sin mucho esfuerzo a la de cualquier ciudad en las que ha vivido el occidental. Las celebraciones propias se llevan a cabo con un grupo de occidentales, algún que otro mixto y siempre el infiltrado que se anima a ”pecar” con fruición cuando se destapan las primeras cervezas o se descorchan las botellas de vino y las posteriores de cava, tampoco hace ascos al producto derivado del halufo, que acompañó en el viaje, silente e inodoro, en su envase al vacío dentro de la maleta. Se recuerda y añora la tierra y a la familia del otro lado del mar azul, pero pronto el incansable y sempiterno presentador de cada fin de año te trae a la memoria lo vivido en años anteriores. Y se repite la historia, campanadas, uvas, besos, palabras, cava, fotos, dulces, turrón, más cava, más besos, más palabras, más fotos… Alegría sincera, alegría fingida, tristeza camuflada de sonrisa permanente, lágrimas de alegría, tal vez de añoranza, sentimientos a flor de piel, cuando se vive lejos de…
Para iniciar otro año se sube hasta las nubes. «Planta vigésimo novena, por favor», en un inglés aceptable se le pide al abotonado y entorchado conserje, que acciona el número 29 de los 33 positivos de que dispone el ascensor del edificio de nombre americano. Ventanales enormes dejan ver en toda su majestuosidad la noche de la gran ciudad y su vista produce vértigo al occidental, no sólo por las alturas también por la inmensidad de lo que percibe ante sí. Más allá de las luces seguro que están las sombras, como siempre a ras de suelo, temblando al son del parpadeante cabo de una vela que habrá que guardar para mañana. La ciudad de los contrastes también se ve desde el cielo.

Tras un día de reposo, corto viaje al norte, que al occidental siempre le parece el sur, pues se acercan al Mediterráneo; incapacidad para ubicarse al que no está acostumbrado a viajar. Se avanza a la par del gran río hasta alcanzar la costa. La milenaria ciudad del inmortal Alejandro recibe a los visitantes con la luminosidad que reflejan las azules aguas del mar que conoce tanta historia y encierra tantos y tantos tesoros, y del que se han ido extrayendo una pequeña porción, que repartidos por distintos y emblemáticos lugares nos retrotraen a una época en la que se mezclan las culturas multimilenarias con otras que lo son menos y que el occidental las tiene presente pues también las ha visto en muchos lugares de su tierra. El mar siempre abre los horizontes y ello se nota en el ambiente, y en los ambientes, pero en los recorridos por las callejas se vuelven a ver los rebaños deambulando tranquilamente junto a los automóviles, los artesanos trabajando en sus bancos a la puerta de su negocio, los vendedores ambulantes pregonando la fruta, la verdura, el pescado, el pan…, el comerciante ofreciendo el género que quiere vender, hombres y mujeres bullendo cargados con productos que transportan sobre sus cabezas con un modo de equilibrio imposible.
Visita al templo de la sapiencia, compendio del saber de todos los tiempos, y se cruza la calle para introducirse en la época grecorromana. Se baja hasta la orilla del mar, en la misma playa, y se entra en un restaurante dispuesto a probar todo lo que se ofrezca: el kefta (carne picada en pincho), los hommos con tahína (garbanzos machacados con aceite de sésamo, ajo y limón), el delicioso aish (pan) recién sacado del horno, la mutabbal (berenjena asada machacada), las tammie o el ful (dos formas de preparar las habas), todo ello acompañado de comino, cúrcuma, jengibre, sésamo o ajonjolí, la sopa de lentejas, el pescado que corresponda, la carne de ave o cordero bien asada, el marisco que apetezca, los bivalvos tan sabrosos, y el centro de mesa que además de adornar es la más exquisita ensalada, repleta de productos de la huerta. Descanso en hotel decimonónico y al día siguiente de nuevo vuelta a la tercera clase del tren en destartalados compartimentos que acogen a modernos móviles que no paran de emitir y recibir fruto de la insaciable sed de comunicación de sus jóvenes dueños. Ahora
viajando hacia el sur, en busca del amor de las pirámides, dispuesto a dar un último paseo por los alrededores del Nilo y recorrer las calles; cruzarse y mezclarse con gente de muy distintas etnias, hombres y mujeres en indumentaria diversa que va desde el estilo occidental a las veladas, pasando por unos con chilaba y jóvenes semi veladas que dejan ver su rostro perfilado con finos trazos que enaltecen más, si aún se pudiera, el negro intenso de sus hermosos ojos y el contraste rojo-blanco escondido tras la voluptuosidad de los labios. Quizás un nuevo paso por el gran museo, donde las momias de sus antiguos reyes descansan cuando los curiosos dejan de pasar ante sus caritas de espanto, no se sabe muy bien porqué.
Y la hora del regreso llega. Despedida de los nuevos conocidos, de los que se quieren tanto. Promesas de nuevas visitas ¡queda tanto por recorrer! Camino del aeropuerto se deja el centro de la ciudad y no se cruzan los arrabales que llevan hasta Gizah, se pasa frente a los barrios residenciales donde el funcionariado de alto rango vive al amparo del régimen de muy distinta manera a la mayoría de sus conciudadanos. De nuevo el pellizco en el estómago, el desespero de la espera, el nervio de lo infrecuente.
El occidental retornará a su país. Se traerá en su memoria el recuerdo vivo de su niñez y de sus antepasados. Recuerdo rodeado de casi todas las carencias y preñado de las mismas ilusiones en las que viven los herederos de imperios milenarios inimaginables cuando por occidente aún andábamos limando los vértices del cuadrado que daría lugar a la rueda.
Shukran. (Grac
ias)

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