LA GACETA DE GAUCÍN
El Sueño..
Le gustaba dormitar en el sofá del salón
antes de irse al dormitorio. Desde el estudio, mezcladas con las voces de
la tertulia que yo escuchaba en la radio, se oía, como sonido de fondo,
el programa de televisión que ella había empezado a ver. Al
poco rato, sus gritos me hacían correr hacia el salón y, rutinariamente,
la despertaba y la invitaba a irnos a la cama.
Una noche, cuando llegué junto a ella, la lividez de su rostro,
las gotitas de sudor frío que aprecié en su frente y sus
débiles y angustiados “no, no, no...”, hicieron que me olvidara
de la rutina. Con el corazón en un puño, los nervios a punto
de estallar y, probablemente, con un rostro más lívido que
el suyo, la zarandeé sin contemplaciones.
Cuando conseguí hacerla volver en sí, me habló
de una intensa luz blanca, de un camino iluminado por esa luz en el que
caminaba con su vestido de primera comunión, de cómo la abuelita
vieja, envuelta en una túnica tan blanca y resplandeciente como la
luz, la llamaba para que fuese con ella, y de sus intentos vanos por no
escuchar a la abuela y salir de aquel lugar.
Esa noche no pude conciliar el sueño. Desde entonces, aunque
me cueste una discusión antes de desearnos buenas noches, no le he
vuelto a consentir que descabece el primer sueño ante el televisor.
Teodoro R. Martín de Molina