El Cuaderno del Inglés

LA GACETA DE GAUCÍN

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narrativa

Teodoro R. Martín de Molina

EL CUADERNO DEL INGLÉS
fragmentos

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 Capítulo primero

"... Usted es la que mejor me escucha, y es con quien mejor yo hablo. A su lado no se me traba la lengua ni se me atrancan las palabras. Y aunque no me responda yo sé que se entera y que me entiende, por eso no entramos nunca en discusión. Hay muchas maneras de comunicarse y yo, desde siempre, supe leer en sus ojos, en sus gestos, en sus silencios; estos los tengo presentes, aquellos me los imagino cada vez que le digo algo. No es lo mismo hablarle de padre que del inglés, de mi hermana pequeña que del mayor, de la perra que del mulo grande, de la comadre que de la extranjera; que, tomados uno a uno, de dos en dos, o todos a una vez, para cada uno tendría usted un ademán, una mirada, una mudez diferentes."
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"Ahora todo retumba en mi mente, en mi recuerdo. Todo sigue retumbando. Hay cosas que no se olvidan, que cuesta mucho olvidar: la gatilla, mi hermana la que llevaba tiempo esperando a padre y a usted, el inglés, el libro de historias con el que aprendí a leer, padre, usted misma. El recuerdo va detrás o va a tu lado, te persigue o te acompaña, te reconcome o te ayuda. Y yo dispongo de todos, de los unos y de los otros, de los anhelados y los aborrecidos, y todos me dicen algo."
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Capítulo segundo

"Tengo entre mis manos un ramo de flores frescas. Yo no lo he traído. Alguien se lo ha puesto. Habrá sido alguien a quien usted conocía, pero yo no. No es la primera vez que así ocurre. En otras ocasiones que he pasado por delante de la verja he mirado hacia su tumba y también he visto flores. No son flores caseras, de macetas o de huertos, son compradas. Quien se las haya puesto ha tenido que ir a la ciudad a por ellas, y aquí pocas son las personas que tienen medios para hacerlo. Me he imaginado, sin mucho fundamento, quién pueda ser. Alguien que la conociera o que tuviese relación con usted pero no con nosotros. Quizás tenga algo que ver con sus idas y venidas a la ciudad después de la muerte de padre. Alguien que haya venido de fuera ex profeso para eso.
Verá madre que ésta es una más de las muchas dudas con las que mi conciencia no me deja tranquilo en más ocasiones de las que quisiera. Y la conciencia, a veces, es muy cargante y no te deja en paz en ningún momento. Hoy me presento aquí, ante usted, para descargarla y, al menos, sentir el alivio que siempre sentí cuando platicaba con usted. Porque usted ha sido, es, y no va a dejar de ser mi confesora, la que siempre me escucha con paciencia, me comprende, me justifica, me anima, me da la absolución de todo aquello en lo que he fallado, y me quedo más tranquilo, más relajado, como si me hubiera tomado el agua de flor de naranjo que usted me preparaba cuando me enervaba y me alteraba."
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Capítulo tercero

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"¿Se acuerda usted? ¡Qué mala saña tienen algunos, madre! Si no llega a ser por el Inglés mi hermana la pequeña, su preferida, la niña de sus ojos, no andaría ahora por el norte. Movieron usted y padre cielos y tierra para conseguir la penicilina que le había dicho el médico que necesitaba la niña para curarse la difteria, y no la encontraron en parte alguna. Los señoritos del cortijo grande tenían dos botes, los que bien administrados podrían haber sido suficientes para curar a mi hermana, pero no se quisieron desprender de ellos, ni tan siquiera de uno. Mi hermana que se asfixiaba, y ellos se los reservaron por si a algunos de sus hijos les daba la enfermedad, ¡qué mala sangre, madre!
Y fue el Inglés el que se movió para que mi hermana tuviera el medicamento antes de que fuese demasiado tarde, y entonces fue cuando le trajo a padre ese cuarterón de picadura de contrabando. Así se lo pagó usted y así se lo pagó padre: la miel y la hiel. La miel duró lo que duró y se quedó en los labios de los que la probaron, y la hiel se desparramó salpicándonos a todos hasta el día del Juicio Final, el de la justicia divina."
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Capítulo cuarto

...“Tuve que ponerme delante de “su señoría”, que así lo nombraban. Parece que aún lo estoy oyendo: «Póngase derecho. No cruce las piernas. Deje de mover la gorra, Hable cuando yo le pregunte. “Cíñase” a la pregunta. Deje ya de tartamudear ¡por el amor de Dios!», me decía. Ya sabe usted, madre, el trato de los de arriba con los que estamos abajo. Y sabiendo lo que yo sé me tenía que hacer el despistado, para que él siguiera creyéndose tan listo, tan sabelotodo que no se enteró de cómo ni por qué padre se fue de este mundo del modo en que lo hizo, y muchísmo menos del paradero de aquel sobre el que quería indagar con sus preguntas.
Esto es lo que impera en la tierra, siempre será así, mientras que todos no seamos iguales, y eso no se va a conseguir en esta vida, madre: unos ordenan y mandan y otros acatan, así de sencillo. Pero a mí se me hace muy cuesta arriba asumirlo; yo veo, oigo y callo, pero no otorgo.”

 
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Capítulo quinto

"Los civiles siempre se hacen notar, nunca pasan desapercibidos, y ella los vio, y a mí me vio con ellos. Tuve que explicarle cosas sobre el Inglés. Como se interesó demasiado, le puse excusas para no abundar.
Me dijo que su padre también era inglés, pero que ella no lo había conocido.
Yo no quería escucharla.
Que en la casa de la capital en la que había vivido le hablaron de este lugar y algo había escuchado sobre el hombre que vivió allí antes que ella. Mientras ella hablaba yo sólo pensaba en usted, madre. De usted, el pensamiento se me iba al Inglés, y enfrente la tenía a ella. Mi mente hacía cábalas que a mí no me convenían, madre."
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"Yo le hablaba poco, pero pensaba mucho, veía mucho y me liaba más. También me imaginaba. La veía a usted con el Inglés y me entreveía a mí con ella. Su mundo secreto y el mío se entrelazaban de alguna manera de un modo fortuito e inevitable. El recuerdo de su tragedia me ponía freno pero la realidad que tenía delante me daba alas. Nunca se sabe bien cómo empiezan estos asuntos, pero lo cierto y verdadero es que empiezan y cuando te vienes a dar cuenta te encuentras en el centro de un torbellino del que se hace casi imposible salir, y eso le pasaría a usted, y eso, me percataba a cada minuto, me habría de suceder a mí."
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Capítulo sexto
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"Subí al pajar como un loco y más loco me puse cuando no pude encontrar el cuaderno del Inglés. Ya no recordaba bien qué había hecho con él después de sustraerlo de la vista de padre el “día de autos”, que así se dice con las palabras de los jueces. Al día siguiente lo recogí de detrás de los matojos en donde lo escondí y me lo llevé a la casa metido debajo del saquito como cuando me traje de la escuela el libro de historias con el que aprendí a leer. Después lo subí al pajar, pero no recordaba donde lo había escondido.
Rebusqué entre las alpacas que aún quedaban en lo hondo, y no estaba. Después lo hice entre los haces de riciá que habíamos secado aquella primavera para alimentar a los animales, tampoco estaba, y lo peor es que ya había sacado más de diez y más de doce haces. ¿Mire que si se los hubiese puesto en la pesebrera a cualquiera de ellos? No creía que se lo pudieran comer, pero seguro que lo destrozarían. Bajé como un poseso y en cuatro zancajadas estaba en la cuadra revisando los dos pesebres. Respiré tranquilo cuando no vi restos de papel junto a los pajotes de la avena y el avenate."
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Capítulo séptimo
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"Quizás fuese una ilusión, un escribir de poetas que se imaginan las cosas que a otros hombres les suceden como si fuesen las suyas, cosas de sus pensamientos. Serán ocurrencias de los artistas, de espíritus puros que decía mi maestro, que llegaba a concluir que si uno se esmeraba en ser siempre tan honesto como lo fueron aquellos hombres que vivieron los primeros, seguro que en nuestras mentes imaginarnos podríamos lo que pasará a nuestra alma y a nuestro cuerpo, pues seremos como ángeles que vuelan de trecho en trecho, ayudando a los humanos sin percatarse por nada de que viven en el cielo, y como viven allí, desde la altura contemplan lo que antes sucedió, lo que ya está sucediendo y lo que sucederá con el correr de los tiempos. Y no sabría muy bien contarle lo que sentí, ni contarle lo que siento, pero sí puedo decirle que me parece a mí, madre, que todos aquellos versos, los escribió el Inglés sabiendo que en poco se marcharía de aquí, pero nunca hacia su tierra, sino hasta el cielo o quizás... hacia el Infierno".
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"Yo no me atrevía a levantar la cabeza. Agarré el papel en donde había copiado lo que ella iba diciendo y lo guardé en el bolsillo del pantalón. Le pedí el cuaderno y salí de la habitación y tras de mí cerré la puerta sin hacer ruido.
Antes de salir la miré de nuevo, y ella seguía hipando frente a la lumbre y, con las manos vacías, me miró y me dijo que ya habría otro momento. No supe que contestar porque tampoco sabía muy bien a qué se refería. Me bajé al pueblo sin pasar por el cortijo, tenía prisa por interpretar lo que había escuchado y que acabo de decirle hace un momento."

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Capítulo octavo

"Ya sabe que a mí escribir casi me costaba tanto trabajo como hablar, pero al lado de ella he ido tomando nota de cómo puede uno tratar de expresar lo que piensa o lo que ha vivido, de un modo que cualquiera que lo lea pueda seguir el hilo de aquello que se pretende comunicar. Y no es cosa de echar a freír un huevo, escribir se lleva su tiempo y sus tiempos. Lo que te sale a la primera puede serte de utilidad o no servir para nada. Recuerdo que mi primer, bueno, mi único maestro, cuando notaba que a alguno de sus alumnos le interesaba la escritura, nos decía que un escrito es como un jardín. Primero había que preparar el terreno, planificar cómo lo queremos, averiguar qué tipo de plantas y flores serán las más idóneas y buscarles el lugar más apropiado, mirarlo desde diversas perspectivas antes de comenzar a sembrar las primeras semillas, hincar los esquejes o transplantar las especies que deseamos lo conformen. Y que una vez que se hubiera pensado que ya estaba todo hecho, eso no era así, porque aún había que dejarlo asentar, replantar, podar lo necesario dando los cortes con la inclinación precisa, eliminar los brotes que nos dejamos atrás en algunas de las plantas e, incluso, quitar de raíz aquello que desentona y no ayuda a crear el clima de armonía que debe imperar en cualquier jardín.… y después de mucho tiempo, quizás se quedara para presentárselo a nuestros amigos, vecinos y a cualquiera que quisiera verlo. «Que un jardín no es un huerto», solía decirnos para terminar."

"El toniquete que usted le daba a esas canciones antiguas ha sido lo que ha convertido en poesías de esta clase todo lo que el Inglés había escrito en su cuaderno; todo no, lo que yo he sido capaz de que parezca que quiere decir algo. Al igual que sus canciones, me las he ido aprendiendo de memoria: unas con la musiquilla del Conde Olinos, otras con Rosalinda, alguna vez he echado mano de otra copla que me venía bien. De una u otra manera he conseguido meterme en el entendimiento todo aquello que pude trasladar y que ahora, de rato en rato, le voy contando, como entonces, entre dientes, a media voz, para no romper mucho este silencio que nos  envuelve
."
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Capítulo noveno

 "No me quiero poner moños, madre, pero algo tuvo que influir en ella la forma en que yo arreglaba las poesías para que se manifestara sensible a lo que le mostraba una vez daba por arreglado el poema. Algo de mis sentimientos los iba dejando traslucir durante el tránsito de una a otra lengua, y notaba que no le desagradaba cuando yo se lo leía en voz alta, con una voz dubitativa y algo nerviosa, más por lo que sentía por dentro, que por mi natural torpeza con las palabras."
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 "Fueron los versos del Inglés y usted, madre, a quien todos ellos iban dirigidos porque en usted se inspiraron, los que me abrieron la puerta a una esperanza y a un sentimiento que nunca yo me hubiera imaginado. Con usted siempre yo en deuda, y aunque la duda persistía y se empeñaba en acompañarme, todas aquellas preguntas y sus posibles respuestas fueron el punto de partida de una vida distinta, nunca imaginada por mí que no valgo nada.
Por eso le doy las gracias, y porque a partir de ahí pude mirar, y pude ver, lo que antes no veía porque nunca lo miraba. Y estaba a tan pocos pasos, tan próxima, tan dispuesta, tan abierta, tan amiga, tan cercana..., que sólo tuve que abrir los ojos y dejarme guiar de su blanca mano tras las leves huellas de sus ligeros pasos. Al menos, así lo pensaba yo."
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Capítulo décimo
 
" Es hermosa como nadie. La blancura de su piel sólo la pueden igualar las primeras nieves del invierno, el azahar del naranjo o el refulgir de una estrella. Es una nieve que quema, un azahar que te embriaga, una estrella que te lleva.
Creí que me volvería loco si no la rozaba de nuevo, si no sentía otra vez el aguijón de su boca, el veneno que le fluye, la delicada rigidez de su pecho, sus dedos entre mis cabellos, mis manos en su cintura. Yo torpe, ella sabia. Ella entera, yo nada. Esclavo de su pensar, dueña de mi pensamiento.
"
...

"Subía a la fuentezuela a por un pipote de agua, ya sabe usted, madre: en verano fresca, como si acabara de llegar del deshielo de las sierras; en el invierno templada, como si subiera de las profundidades de la Tierra, de donde dicen que están las piedras ardiendo. ¡Cosas de la naturaleza! Oí un canturreo en palabras que no entendía y se me pararon los pies antes de dar vuelta al tajo que nos oculta la grieta de donde brota el agua que recoge la pita antes de que se pierda por el arroyuelo camino de las albercas de los riegos de más abajo. El pecho era incapaz de dar cobijo al músculo de la vida que quería salirse por la boca. ¿Por qué serán las cosas así? ¿Qué tendrá el cerebro humano para que mande esos latigazos al corazón? ¿Qué tendrán los sentimientos para turbar de tal modo la razón? Yo, que poco sabía de eso, pronto me di cuenta de que aquello no era lo de la comadrilla. Aquello era muy rabioso madre."
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Capítulo undécimo
 
" Como verá, madre, la mayoría de estas palabras, las que antes le he dicho y las que de aquí en adelante le diga en forma de poesía, no han podido salir de mí, pues muchas de las cosas a las que se refieren ni tan siquiera las conozco. Yo, al igual que usted, probablemente, me vaya de este mundo sin haber pisado la playa, sin haber remojado mis pies en el agua salada. Pero no por ello hemos dejado de sentir como los que las conocen todas y han visto y han vivido esas sensaciones que nosotros nos hemos tenido que imaginar cuando otros las han tenido tan a la mano. No importa madre, no importa, el sentimiento es parecido, pienso yo. Si no vimos el mar, sí vimos los campos de trigos cuyas espigas se ondulan como las olas cuando la marea las mece al son de los gorjeos de los pájaros: allí las gaviotas, aquí los vencejos, las golondrinas, los gorriones, el verderón, la cogujada…, y tantos y tantos pájaros que gustan de comerse el grano de las espigas como la gaviota el incauto pez que entre olas buscando la luz encuentra la noche oscura."
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" Leyendo algunos poemas fui notando que yo ya no era yo, que yo era como usted. Fui descubriendo mi sentir por ella a la par que descubría el del Inglés por usted, y lo que no deseaba por nada del mundo era un final igual, auque nunca sabemos lo que el destino nos tiene guardado, y por ello nos aferramos al ahora y al aquí con las fuerzas que nuestra débil voluntad nos da en esos momentos gloriosos que pensamos serán eternos, pero la eternidad no nos pertenece, madre, y no sabemos cuando nos llegará, y cuando llegue ¡pobre de nosotros!, se habrá acabado la gloria del momento."
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Capítulo duodécimo
 
" Estaba anocheciendo. El gimiente canto del cárabo se dejaba oír entre los alcornoques del monte y anunciaba una noche fría, quizás helara de madrugada. Su canto que siempre se tiene por mal agüero, esa noche no lo fue.
La incandescente luna llena parecía estar a punto de reventar mientras comenzaba a iluminar las colinas abriéndose paso sobre las copas de los árboles. Como si se tratara de una luna en miniatura me fijé en la luz que salía del cortijo. Sin saber porqué me di vuelta, crucé el arroyo por donde el agua saltarina sólo salpica el calzado y me asomé a la ventana desde la que tantas veces había observado las cosas del Inglés. Y la vi. Estaba sentada ante la lumbre, sobre sus muslos un libro abierto.
."
...

"«¿Quién anda ahí?»
No se asustan estos extranjeros, madre. No sabía a qué atenerme: si quedarme callado y acurrucado detrás del olivo o darme a conocer.
«¿Quién eres? ¿Qué haces?»
Dirigía sus ojos a donde yo estaba. Furtivamente asomé un poco la cabeza. Noté su mirada en mis ojos y la sangre se me subió a la cabeza de tal modo que pensé que el cuerpo se me había quedado vacío y los brazos y piernas sin fuerzas. No eché a correr. Moví levemente mi trémulo cuerpo y me dejé ver. Tiritando de frío por fuera y encendido por dentro. Se acercó y me agarró de la mano, cruzamos el umbral de la puerta y me sentó junto a ella frente al calor de la lumbre. No necesité de piedras calientes para calentar mis manos como hacemos cuando se recoge la aceituna en las mañanas de escarcha; ni tan siquiera la lumbre, sólo me basté con verla.
"
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Continuará

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