LA GACETA DE GAUCÍN

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Es lo que sigue un resumen de la charla/coloquio que el pasado 17 de abril tuve la satisfacción de compartir, fundamentalmente, con los alumnos y profesores de la Agrupación de Lengua y Cultura Española de Ginebra, dependiente de la Consejería de Educación de la Embajada de España en Suiza.
Invitado por su Director D. José Mª Adé Buil, participé con gran satisfacción de la actividad organizada con el fin de promover, dentro de mis posibilidades, un mayor conocimiento de la cultura y la lengua españolas.

En el transcurso de la misma traté de inculcar en los alumnos el amor por la expresión escrita en todas y cada una de sus vertientes, a través de mi propia experiencia como escritor y los trabajos realizados con algunos grupos de alumnos con los que tuve oportunidasd de trabajar la creación literaria.

Tras los agradecimientos de rigor por la invitación y la presencia en el acto, la charla se desarrolló, más o menos en estos términos:

Espero que os sirva esta charla de relax, y su contenido de acicate para tratar de que, cuando el cuerpo y la mente os lo pidan, intentéis  sumergiros en este mundo tan simple y complejo, ingrato y gratificante a un mismo tiempo que es la escritura.

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Sobre los títulos que os presento en este esquema va a desarrollarse el grueso de la charla. Por un lado, mis experiencias como autor en “Treinta Años Después” y “Cascarabitos”, frutos de mi propia evocación y de la transmisión oral, por otro, el reflejo que mi afición por la escritura tuvo en mis alumnos en “Pienso, Siento, Imagino”, “Dos docenas de poemas”, “Primeros poemas” y “Poesías y algo más”, y, finalmente, un híbrido surgido de mi experiencia como escritor y como maestro en mi singular versión del Quijote a la que titulé “El Caballero de la Triste Figura”
Digo que escribir es una aventura porque, al menos a mí me sucede, en muchas ocasiones sabes cuándo y cómo comienzas, pero no cómo y cuándo acabarás. Por el camino no es raro que tengas que sortear dificultades varias o te encuentres con sorpresas que ni siquiera imaginabas

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Estos versos con los que he querido dar comienzo a mi intervención podrían perfectamente formar parte de la obra de algún poeta en sentido estricto, pero no. Tampoco fueron escritos por el que os habla. Son los versos surgidos de la imaginación de una chiquilla, de edad pareja con la de algunos de los más jóvenes que os encontráis en esta sala, a la que le gustaba jugar con las palabras aunque cometiese más faltas de ortografía de las deseadas.

La poesía, la narrativa, el teatro..., no es algo único y exclusivo de los por todos considerados como escritores, sino que es algo que se encuentra dentro de cada uno de nosotros, en nuestra imaginación, en nuestra fantasía, en nuestro ingenio, ligado a nuestras vivencias o las que hemos oído de otros, y siempre deberíamos estar alertas para manifestarlo, para darlo a conocer. No todos tenemos la misma capacidad para expresarnos por escrito, pero sí tenemos la posibilidad de esforzarnos. En el trabajo y en el esfuerzo, para aquellos que no estamos tocados por la varita de los genios, se encuentra la herramienta que nos ayudará a arrancar las primeras frases, los párrafos iniciales de lo que puede ser una obra literaria. Además del esfuerzo, la lectura es importantísima para todo aquel que quiera escribir, pues el ejemplo de otros nos ayuda a conocer técnicas y modos de enfrentar el desarrollo de una determinada idea o argumento; y si todo lo anterior es importante, no me cabe duda de que oír, escuchar, también nos enriquece a la hora de enfrentarnos al hecho literario.

“No hay un arte y una poesía para los niños, ni un arte y una poesía para los adultos. El artista, el poeta y el escritor se preparan desde la infancia, en la medida en que se ha sabido conservar en sí el reino del niño que se ha sido.”
Estas palabras del pedagogo francés, creador de la Escuela Nueva, Cèlestin Freinet, en su trabajo “Los métodos naturales” nos dan una idea de la importancia que tienen los primeros años en el devenir de nuestras vidas en todos los sentidos, y concretamente éste al que hoy nos vamos a referir: la creación literaria. El reino del niño no es otro que el mundo  del niño, el de la fantasía, la imaginación, las dudas, los miedos, la inocencia…, bases de la literatura.
También nos dice Freinet, que al igual que a montar en bicicleta, aunque se conozcan perfectamente todas las leyes de la mecánica, de la física y del equilibrio, sólo se aprende montando, a escribir se aprende escribiendo. No basta con conocer todas las reglas de la Gramática, la Sintaxis y la Ortografía que, con ser importantes, no son tan fundamentales como el hecho tan sencillo y tan complejo de ponerte delante de una página en blanco y tratar de llenarla con contenidos que le digan algo a la persona que va a descifrar el texto allí desarrollado.
En algo de esto se basa su idea del “Tanteo Experimental”: los aprendizajes se efectúan a partir de las propias experiencias, de la manipulación de la realidad que pueden realizar los niños, de la expresión de sus vivencias, de la organización de un contexto (de un ambiente) en el que los alumnos puedan formular y expresar sus experiencias. A lo que yo añadiría las experiencias y vivencias de otros, sobre todo de los más próximos afectiva y físicamente.
Estoy convencido de que el aprendizaje surge del experimento y el error, aunque parezca contradictorio es bueno y aconsejable equivocarse; cuando seamos conscientes de nuestros errores estaremos comenzando a aprender de verdad, y lo así aprendido será algo que difícilmente se vaya de nuestro subconsciente.

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Prácticamente, toda mi vida, de un modo u otro, se ha desarrollado dentro de las paredes de una institución escolar: primero como alumno y desde temprana edad ya como maestro. Quiero decir con esto que si con tres años entré como alumno en una escuela, con tan solo diecisiete lo hice como maestro. Hoy resulta difícil creer que con esa edad se pueda estar al frente de un grupo de alumnos, pero en aquellos años eso era posible. Incluso, mientras estudiaba la carrera, desde los catorce, haciendo prácticas tenía que ser maestro de los mismos niños con los que después jugaba en la calle.

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Allí en mi pueblo, en mi primera escuela, rodeado de casi cien colegas, empecé a abrirme a la vida y al mundo fuera del regazo materno. Los primeros sinsabores y las primeras alegrías que te proporciona el mundo de afuera irían forjando mi personalidad en todos los sentidos. Si en el ámbito de la familia y en la escuela se forma el alma, no es menos cierto que el paisaje, el paisanaje y la historia del lugar, el entorno en el que se desarrollan los primeros años de nuestra vida, también ayudan a hacernos tal y como somos hoy.

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Lo que en un principio iba a ser un relato ceñido a la época escolar, fue ampliándose poco a poco, y en mi cabeza empezó a tomar cuerpo la idea de escribir sobre un período más amplio que comprendiera el tiempo que viví en mi pueblo, en Gaucín, en la provincia de Málaga, en donde la Serranía de Ronda se abre al horizonte y nos muestra al norte, su lado más intrincado y al sur, el límite azulino de las aguas del Estrecho de Gibraltar que bañan África y Europa, con el sempiterno vaivén de sus olas movidas por la bravura del Levante.

… a pesar de llevar mucho sin recurrir al lápiz  y al papel para comunicarme con mis hermanos, comencé con toda la ilusión del mundo a escribirle esa carta en la que les quería hacer partícipes de mis recuerdos de infancia y juventud, del tiempo que todos vivimos bajo el mismo techo y en el que con tan poco, éramos tan felices (o al menos así lo recordaba yo).
Mis recuerdos podían coincidir con los de mis hermanos, o ser distintos, pues ya sabemos que una misma experiencia puede ser interpretada por dos personas de forma, a veces, bastante diferente. Sabía que iba a ser una carta larga, pero nunca imaginé que llegarían a más de 300 las páginas que la compusieran, ni que iba a tardar en escribirla bastante más de un año. Como podréis intuir no era una carta para salir del paso, sino un deseo de revivir juntos, yo escribiendo y ellos leyendo, los tiempos en los que casi todos teníamos ilusiones parecidas y vivencias inolvidables junto a nuestros padres, que para esta época, cuando escribí mi primer relato, ya habían dejado de estar con nosotros.
Lo maravilloso de toda esta aventura es la ilusión con la que vives todo el período de creación. Recuerdo cómo cambié los ratos de tele por el disfrute delante del ordenador completando páginas y páginas en las que se iban reflejando mis maestros, mis padres, mis hermanos, la matanza, los días de Reyes, los juegos, las excursiones, las primeras piruetas amorosas…
Mientras escribía, la escuela y el maestro, don Juan, volvían a tomar vida, y escuchaba su voz dirigiéndose a mí.

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De pronto me veía, ya más crecidito, con don Mario, mi segundo maestro, en su moto tipo Vespa, casi de madrugada por el campo de Gibraltar a la escalofriante velocidad de cuarenta kilómetros por hora. Irónicamente sus alumnos llamábamos a la moto “La Silenciosa” debido al estruendo que producía al ponerse en marcha. Pero, ¡qué trabajo costaba ponerla en marcha!, si se paraba era casi milagroso que volviese a arrancar.

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Cuando dejaba la escuela y los maestros, mi mente volaba hasta mi casa.
Las tardes de primavera y verano en el patio, bajo el frescor de la parra y rodeado de flores. Las visitas de los familiares y amigos, sus conversaciones, el juego de los niños en la plaza. La enseñanza y el enriquecimiento de la sabiduría de los mayores…
Delante de mí estaba mi madre, trabajando “desde que Dios amanece hasta que anochece”, decía ella, y solicitando la ayuda divina para todo. Mi padre montado en su caballería yendo o volviendo del campo, haciendo uno de sus crucigramas imposibles o leyendo en la sala. Mis hermanos mayores, las novias de estos. Por las noches, tras la cena, todos rezando el Rosario…
Salía de casa y me encontraba en la calle con los amigos, los vecinos…
Los bailes y los guateques de la época en los que tanto intentábamos y tan poco conseguíamos…

 

Las disputas entre los barrios. Los interminables partidos de fútbol, desde las cuatro de la tarde hasta que ya era imposible distinguir el balón…
Las picardías propias de la época de monaguillo.
Los juegos en la calle: al fútbol sin balón, a los pistoleros sin armas, a torear sin capote, o a las canicas con las de barro, las más baratas, Comer chocolate que no lo era, ansiar mascar chicle de Gibraltar, engañar el hambre con cualquier cosa.
Escribir evocando tus recuerdos se convierte en un saludable ejercicio de memoria de la propia memoria, que te ayuda a valorar en sus justos términos todo lo que fue, lo que no fue, lo que pudo y lo que no pudo ser.
Como veis, evocar es también revivir, es volver a aquellos momentos inolvidables, que, si somos capaces de relatarlos de un modo convincente y persuasivo, todo puede llegar a convertirse en una mezcla de realidad evocada y ficción imaginada en la que autor y lector se dan la mano para recrear el mundo de aquél, el que escribe, en la mente de éste, el que lee.

También la escritura me hace descubrir la influencia del origen en el desarrollo de la vida de cada uno a pesar de la tangencialidad de las circunstancias. 

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… trato de reflejar la importancia que para mí tiene lo trascendente de nuestra existencia y los orígenes de cada uno, cuyo recuerdo y evocación me hicieron recapacitar sobre el influjo de mi vida pasada en la actual.
Así que, además del disfrute personal y el hecho de suponer mi inicio en la tarea de construir historias, este libro, de evocación personal, me produjo la reafirmación de mi propio ser como parte de algo más amplio, y me hizo sentir más próximo que nunca a los míos, a mi entorno.
Son cosillas de esta índole algunas de las huellas agradables que puede dejar la escritura en quienes la practican.

… pasaría un largo tiempo hasta que tuve conciencia de mi propia personalidad como docente. En los inicios, la inexperiencia hace que te limites a enseñar nada más que los contenidos prescritos por la administración, después te das cuenta de que existen otras posibilidades más allá de aquellos.
Sería en esos momentos cuando comenzaría a realizar trabajos con mis alumnos relacionados con la creación literaria.
A la hora de animar a los alumnos y motivarlos para la realización de actividades creativas individuales y colectivas, acudíamos, fundamentalmente, a tres procedimientos o métodos:

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“Dos docenas de poemas”, del que está sacado el poema con el que hemos dado comienzo a esta charla, es una recopilación de poesías de una niña que sin haber leído a Gloria Fuertes ni a Lorca ya quería parecerse a ellos.
En “Siento, Pienso, Imagino…” la motivación surgió a partir de unas coplillas o letrillas referidas a los distintos programas que se emitían por entonces en TV. Recuerdo una estrofa que sirvió de detonante para que la mayoría de los alumnos se uniera a la actividad: se refería a una serie sobre el famoso pintor Goya.


En una segunda etapa de mi trabajo creativo con los alumnos, en nuevo destino, también tuve la ocasión de editarles un par de libritos.
Estos alumnos, probablemente con anterioridad, no habrían llegado en sus creaciones, mucho más allá de las consabidas redacciones después de una excursión o tras las vacaciones, por ello disfruté mucho con ellos sacando a la luz al pequeño poeta o narrador que llevaban dentro. Por poco que hicieran, para nosotros era mucho.

Con el objetivo de ahondar en el conocimiento de las comparaciones, imágenes y metáforas, que tanto enriquecen no solamente el texto poético sino también el narrativo y el descriptivo, investigamos y analizamos en clase durante un tiempo las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, posteriormente animaba a los alumnos, a que modificaran algunas de las analizadas o, ante unas determinadas imágenes o conceptos, los invitaba a que ellos hicieran las suyas propias. Os aseguro que el resultado fue asombroso. Las capacidades de los alumnos sólo las llegamos a conocer cuando les permitimos que nos las muestren. 

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Estoy convencido de que en muchas ocasiones los jóvenes están más capacitados que los adultos para captar ideas y conceptos que a nosotros casi nos pasarían desapercibidos.

Estos tipos de trabajos, irán creando en los alumnos, de modo sutil, el gusto por el uso del lenguaje de modo distinto al habitual. La afición a decir de “otra” manera aquello que queremos que los demás disfruten mientras lo leen.

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En esta fábula podemos apreciar cómo, por encima de su no muy brillante rima, emerge la moraleja que encierra toda fábula. En este caso de una sencillez propia de una mente infantil influenciada por el entorno, que no deja de asombrarnos en ocasiones a los adultos: “Aquél que es irreflexivo, puede que quede atrapado por lo cómodo y tener un final terrible”.

Cuando hablamos de Literatura no sólo nos estamos refiriendo a aquella que aparece en los textos, también existe una literatura oral que se transmite de generación en generación y que gracias, en muchas ocasiones, a su trascripción se consigue que no se pierda y pueda así permanecer por siempre. Dentro de este tipo de Literatura está la tradición popular que se diversifica y se da la mano de unos lugares a otros. Aquí, en el contexto en el que nos encontramos hoy, no sería difícil hallar distintas formas de ver una misma costumbre o tradición, dada, la que presumo, disparidad de procedencias de muchos de los padres y abuelos de los que pasáis por las aulas de los distintos Centros de Lengua y Cultura Española en Suiza.

Una costumbre o tradición puede servir de excusa o dar pie para que en la descripción de la misma, en su transcurso, se desarrolle un relato, lo que conlleva el doble objetivo de divulgar y crear. Una tradición se puede simplemente describir o puede aparecer como fondo del desarrollo de una historia de amor, de misterio, trágica…
Es ésta una forma de trasladar o incorporar a la literatura escrita ese otro tipo de literatura que recibimos por medio de la transmisión oral.


Aquí en estos versos les refería a mis alumnos, hace ya bastantes años, lo que para mí era, y sigue siendo, la transmisión oral:


Nada más y nada menos que “por el verbo”. La palabra como vehículo de transmisión de la cultura, de la historia, de leyendas, de valores, de costumbres, en definitiva de todo lo que atañe a la vida del ser humano.
Es la transmisión oral, por tanto, la forma primigenia de la literatura popular. Es la literatura que nos llega a través de los recuerdos de nuestros mayores, que en cuanto los registramos podemos darle otra trascendencia, desde ese momento evitaremos que se vuelen con el viento de la desmemoria.
Conseguiremos que algo que tiene valor para un pequeño grupo, tenga repercusión, y llegue a un mayor número de personas y, sobre todo, que no se quede en el olvido aquello que, aunque a veces nos parezca una nimiedad, merece la pena que sea recogido en unas páginas.
Cuando en el aula trabajábamos estos aspectos de la literatura oral pretendíamos conseguir una serie de objetivos que van más allá de los meramente literarios, y que resumidamente podríamos enunciar así:



Se pretendía aportar un mayor conocimiento y apego a las raíces de los alumnos, al tiempo que dábamos un punto de apoyo a aquellos que quisieran dar sus primeros pasos en el mundo de la creación, bien transcribiendo lo escuchado, o modificándolo según les dictara su imaginación.
También hicimos uso de lo recopilado para volver a cantar o a jugar como lo hicieron muchos años antes los abuelos de los alumnos:



El trabajo recopilatorio con los alumnos, sobre todo de las canciones antiguas, nos servía como base para analizar la poesía popular e intentar aficionarlos a la poesía en general. De ese modo los introdujimos en el mundo del romancero: aquellos romances que se han ido transmitiendo de generación en generación: (Abenámar, Abenámar…; Cabalgaba el Conde Olinos, mañanitas de San Juan…); muchos de ellos acompañados de ese toniquete repetitivo, de esa musicalidad, que aparece en los más populares, o con el sonsonete del juglar que iba de pueblo en pueblo contando las hazañas de los señores y los amoríos de las damas, eran algo así, como los programas del corazón que tanto abundan en nuestras televisiones hoy en día.

Una vez realizada la tarea introductoria, era el momento de comenzar la creativa o de recreación.
Partiendo de sus conocimientos previos y apoyándonos en ellos, intentamos, en primer lugar, trabajar sobre lo conocido con la recreación de cuentos populares, de los que todos conocían varios, y con posterioridad la creación de romances propios basados en hechos reales o ficticios de los que ellos tuviesen noticias.
¿Por qué el romance? A esta pregunta puedo responder de acuerdo con mi concepción del mismo.



El trabajo en el aula era una mezcla de tarea individual y colectiva. Todos nos dedicábamos al unísono a nuestra labor recreativa y al mismo tiempo consultábamos dudas o posibles variantes con el resto de la clase, al final vendría la puesta en común con la lectura de lo que habíamos sido capaces de elaborar. Hablo en plural porque yo también hacía el trabajo, participaba en los suyos y ellos en el mío, me sentía cómodo siendo uno más en el grupo.


Mi romance del cuento de Caperucita sirvió de modelo, más o menos, para que ellos se decidiesen a empezar con los suyos propios. Lo hice delante de ellos, en la misma clase con la intención de demostrarle que no era algo imposible.

En contraste con el mío está, por ejemplo, este de una alumna, en el que su brevedad es lo que, quizás, más llame la atención.



En él, la alumna ha expresado la quintaesencia del cuento sin necesidad de más palabras, adornos, vueltas y revueltas. Algo propio de una mente fresca y clara, ajustada a una adolescente que resume en pocas palabras lo que quizás a un adulto le llevaría miles de ellas.
Cuando recreábamos en romance los cuentos populares, como estos, teníamos el argumento, y el trabajo consistía fundamentalmente en jugar con las palabras y trabajarlas hasta conseguir la adaptación adecuada.
En otras ocasiones tanto el tema como la forma tenían que surgir de los alumnos y también daban lugar a romances aceptables como el referido al Rey Boabdil, del que aquí presento un par de fragmentos, uno más lírico y el otro más épico.



De mi concepto del romance y del trabajo en el aula, de una amalgama de todo ello, surgió la que sería mi primera publicación: “El Caballero de la Triste Figura”. Si antes hablaba de héroes como protagonistas de los romances ¿qué héroe podría ser más grande que don Quijote, el máximo exponente de nuestra literatura? 
Somos, en ocasiones, los maestros algo quijotes y como tales, forjadores de mundos ideales; somos un tipo de personas que, frecuentemente, solemos trasladar la escuela a la casa y allí seguimos rumiando las ideas que hemos comenzado a desarrollar con los alumnos en nuestra labor diaria.
El machaconeo del octosílabo en el aula tuvo que ser el hecho que inevitablemente me llevara, al comenzar a leer una versión infantil del Quijote una lluviosa tarde de diciembre, a, inconscientemente, trasladar al romance lo que escrito estaba en prosa. 


Surgió de un modo lúdico, como un divertimento, para terminar convirtiéndose casi en una obsesión que ocupó la mayor parte de mis ratos de ocio durante los siguientes cinco años. Hubo momentos de su gestación en los que interioricé tanto el trabajo que tenía entre manos que llegaba a confundir lo cotidiano con la tarea de versionar en romance la obra de Cervantes. Así podía sorprenderme en algún momento hablándole a mi mujer en romance al más puro estilo quijotesco diciéndole:
“Qué faces fermosa dama
En aquesta tu cocina,
Seguro que disponiendo
La mejor de las comidas…”
O cualquier otra sandez de este estilo.
El cuerpo resistía, pero la mente a veces flaqueaba y, como os decía, no fueron pocas las ocasiones en las que de pronto me encontraba actuando como un moderno don Quijote, despojado de sus virtudes pero plagado de la mayoría de sus defectos.
Escribir, en ocasiones, puede volverse obsesivo y con don Quijote delante, excuso deciros. Por ello fue que, de vez en cuando, me tuve que dar un respiro que me hiciera distraer de lo que me quedaba por delante, o al menos evitar que se convirtiera en obsesión la recreación de la obra de Cervantes y acabase trasladando, al igual que don Quijote, a la vida real lo que bebía de la lectura y reflejaba en el papel.

Mi Caballero ha intentado ser fiel en todo momento al fondo de la obra de Cervantes. No obstante, y dada la extensión de la misma, siempre traté de quedarme con lo que yo entendía esencial del Quijote.

Mi versión no pretendía en ningún caso emular, ni mucho menos sustituir al Quijote o a su lectura, pero también me atrevo a decir, que es una obra con valor en sí misma, porque, se quiera o no, la impronta del que versiona también está presente en el trabajo realizado, y porque una versión no es una copia sin más ni más y mucho menos en este caso en el que hubo que realizar con mimo y paciencia infinita la mudanza de la prosa al verso.
Lo que no hice, salvo esta breve estrofa que recita don Quijote cuando habla de los inicios de la Orden Caballería, fue recrear o citar alguno de los poemas que Cervantes incluye en su obra.
Me justifico, cuando me enfrento al primero de ellos puestos en boca de un joven cabrero, con estos otros versos:



El proceso narrativo de la novela de Cervantes, sus elementos descriptivos, dialogados y meramente narrativos, procuré mantenerlos de modo que no se perdiera nunca el hilo argumental ni la esencia de la obra cervantina en el transcurrir de mi versión en romance. En todo momento procuré que mi versión en romance de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” fuese fidedigna en espíritu y letra.
Sirva como ejemplo este párrafo del capítulo IV cuando don Quijote oye los lamentos de un joven al que azotaba su amo y se apresta a socorrerlo:



Como veis, es fácil de apreciar la fidelidad en la comparación de estos pasajes.
Además de trabajar arduamente, también disfruté de momentos de diversión mientras recreaba al “ingenioso hidalgo”; pues, en esta primera parte, se encuentran los episodios más conocidos del Quijote, y todos repletos de aventuras y peripecias aderezadas con los más sabrosos ingredientes que el lector más exigente pudiera pedir.
Tampoco está exenta de las juiciosas enseñanzas del loco más cuerdo de la literatura y de las de su fiel escudero. En ella podemos encontrar todas y cada una de las venturas y desventuras de nuestro Caballero Andante, todos los episodios y sucedidos, su multitud de personajes: desde el Gallardo Vizcaíno al Astroso de la Sierra, Grisóstomo y Marcela, la princesa Micomicona o la bella Luscinda,  canónigos y cabreros, el ventero o Maritornes, y la variedad de cuentos o relatos que, perfectamente entrelazados, vienen a dar cuerpo a esta primera parte: desde que Alonso Quijano se auto confirmara como don Quijote de la Mancha, hasta el punto final en el que transportado en un carro tirado por bueyes lo volvemos a su pueblo sin saber a ciencia cierta si lo dejamos vivo o muerto. 


Con mi trabajo pretendí que los amantes del Quijote, y aquellos que nunca se atrevieron con él, se aproximaran a la novela cumbre de la literatura universal de un modo diferente a través de la melodiosa armonía que el romance castellano nos aporta.
Una vertiente de esta obra a tener en cuenta es su posible explotación didáctica, algo que surge de la escuela no es mala idea que vuelva a ella y que sirva de ayuda para que los más jóvenes lleguen a conocer a don Quijote a través de unas formas a las que quizás no estén muy acostumbrados. No fue una edición enfocada al uso en el ámbito escolar, pero sí que es susceptible de ser utilizada además de como libro de lectura, también como ejercicio de lectura comparada, ejemplo de síntesis, representaciones de escenas, episodios, diálogos o situaciones que se presten a ello, comentarios de texto…
Mientras estaba escribiéndolo, en mi colegio, llevamos a cabo la representación de algunos pasajes en los que don Quijote platica con el escudero enardecida o sosegadamente (la batalla con los molinos en las que, como casi siempre, las explicaciones y consejos de Sancho resultaron baldíos) o la recitación de algunos de los grandes discursos de don Quijote (el de la edad dorada, donde don Quijote expone su visión del mundo antiguo como el mundo ideal), o de otros personajes como el monólogo de la pastora  Marcela, primer canto a la libertad e independencia de la mujer.
También escenas simpáticas como cuando en su primera salida  (cap. II) llega a la venta, que el creía castillo, y confunde a las sirvientas con doncellas, y después, ante el desfallecimiento del caballero, ventero y criadas se aprestan a alimentarlo sin descomponer su figura, o la escena antes referida del labrador que azotaba a su criado. Son muchos los pasajes y escenas susceptibles de ser usado con fines didácticos dentro del aula o sobre las tablas de un escenario.

Dedicarse en exclusiva durante tan prolongado espacio de tiempo a la tarea de recrear el Quijote hubiese sido casi imposible si en el entretanto de su escritura no hubieran surgido otras ideas y actividades que de cuando en cuando me hacían salir del maremagno que dicha tarea conllevaba.
La más reseñable de todas ellas fue la de dar cuerpo, en la segunda de mis publicaciones al cúmulo de anécdotas, historias o sucedidos que en tantas ocasiones había oído en uno de los más pequeños pueblos de la Alpujarra. Al igual que con mis alumnos había trabajado la transmisión oral, también me lo apliqué a mí mismo en este caso.



Para los que no somos escritores profesionales, es la escritura un ejercicio de paciencia y de voluntad al que dedicamos nuestros esfuerzos con el único fin de hacer salir del interior esa chispa de inspiración que puede asaltarte en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier manera.
Si el momento es ése en el que tu espíritu se encuentra abierto a recibir y absorber; el lugar, un tranquilo y encantador pueblecito de la perdida Alpujarra granadina; y la manera, ese entusiasmo, paciencia y musicalidad, que sólo las personas que han traspasado cierta edad son capaces de transmitirnos, todo se hace más fácil y la pizca de vena creativa que todos llevamos dentro se encarga del resto.
Después de oír durante muchas veladas las mismas o parecidas historias, surgió en mi interior la idea, la intención y la voluntad de plasmar sobre el papel lo que hasta ese momento sólo se encontraba en la mente de las personas que me lo contaban.
Así, poco más o menos, se gestó y vio la luz esta crónica novelada de posguerra en la que sus protagonistas pudieron ser muchos de los posibles lectores de las vicisitudes que se encierran en sus páginas.

El conocimiento del medio y de las personas, mis propios planteamientos previos y la amalgama de hechos que me habían contado me dieron la oportunidad de concebir la obra como una crónica novelada en la que trataría de presentar la vida de los años de posguerra en la Alpujarra granadina. Todo aliñado con buenas dosis de imaginación e inventiva para armar conceptualmente lo que en principio eran solamente anécdotas, y si no se trabajaba duro, también podría quedar en eso nada más.
Alzujara, el lugar imaginario en el que, fundamentalmente, se desarrolla la acción, lo concebí como un lugar indeterminado de la comarca alpujarreña. Después, he podido comprobar, a través de los comentarios de personas que han leído el libro, que, si no el espacio físico, los hechos que acontecen en el relato no varían mucho de una comarca a otra en cualquier parte del territorio español que se vio inmerso en circunstancias parecidas.
La novela trata de transportar al lector a una época de la que por mucho que hayamos oído hablar, se hace difícil imaginar cómo fue en realidad. Quizás sean las dificultades inherentes a aquellos tiempos, y el espíritu con el que se afrontaban, lo que más haya pretendido que se quede en el alma de quien se acerque al libro.
El mismo título es ya un resumen de todo lo que es el contenido de la novela: “Cascarabitos”. Es éste un término que no está recogido en el Diccionario de la Real Academia pero que, sin embargo, forma parte del vocabulario popular de muchas regiones españolas, en unas con un significado y en otras con sentido parecido o diferente. En general, se conoce como “cascarabito” a la piel o parte externa del fruto o la vaina de algunas hortalizas, legumbres o frutos como los guisantes, las habas, los garbanzos, los higos, incluso las castañas casi vanas, que tienen poco que comer, también son conocidas en algunos lugares como “cascarabitos”.


En la zona de la Alpujarra en la que está ambientada la acción de la novela, los cascarabitos son aquellos higos secos que prácticamente no tienen nada de parte carnosa y todo se les vuelve piel seca y dura. Los higos secos formaban parte de la alimentación básica de las familias o grupos de personas, como los pastores, que poco o nada tenían con que alimentarse en aquellos años de tanta penuria.
En el primer capítulo, cuando se describe Alzujara y su belleza natural, vuelvo a referirme a ellos dándoles el significado de alimento de subsistencia que tiene en la zona.
También en uno de los pasajes, cuando el protagonista, aún siendo un niño, comienza su andadura como pastor,  se hace referencia a los higos secos.
No serían pocas las ocasiones en que ese puñado de higos seco sería todo el alimento tomado durante el día por Vicente, el protagonista de la novela, y otros muchos pastores de la vida real de aquellos años.
Así que el título ya nos da una idea del fondo de la novela: el viaje a lo largo de una época de miseria, sacrificio y abnegación, en tiempos muy difíciles a los que los hombres siempre son capaces de hacer frente y sortearlos con mejor o peor suerte, con finales felices o trágicos como sucede en la novela.
En el momento de escribir “Cascarabitos” me propuse que fuese una evocadora crónica, relatada de un modo ameno y emotivo. Con ello pretendía que los mayores pudieran rememorar aspectos de la época que vivieron, los jóvenes hacerse una idea del modo de vivir de aquellos: hombres y mujeres que hoy dejan transcurrir sus vidas al son de la evocación. Partiendo de hechos reales, conocidos a través de la transmisión oral, traté de recrear situaciones ficticias para dar cuerpo a la crónica de una época de la que aún muchos tienen presentes sus experiencias, las cuales pueden servir de recuerdo y enseñanza a los jóvenes.


En el inicio de “Cascarabitos”, se presentan diversas incidencias que la Guerra Civil tuvo para los habitantes de 'Alzujara', esto es: los bombardeos del ejército sublevado; la incesante huida y concentración de los vecinos en los improvisados refugios de la zona; la trágica muerte de un niño por la explosión de una bomba lanzada por los aviones; el nervioso ir y venir de los milicianos que trataban de defender la población.

En los restantes capítulos, que conforman la estructura y el núcleo esencial del relato, se describen, tratando de penetrar en el alma y en la idiosincrasia de cada personaje, las dificultades, peripecias, amores y desamores, trabajos y estrecheces de las familias campesinas, en el marco de una tierra áspera y dura.

También, de forma transversal en varios de los capítulos, tienen cabida en la obra unas referencias específicas al mundo del maquis que, como en casi todo el territorio nacional, tuvo en aquella zona su ambivalente presencia: odiado por unos, ensalzado por otros. Ambos aspectos traté de recogerlos en mi obra siguiendo la percepción que me producían los relatos de aquellos que fueron mis “confidentes”.

Cuando escribimos no debemos limitarnos solamente a satisfacer los objetivos propios del narrador, sino que hay que tratar de destacar al mismo tiempo en el relato los rasgos biográficos de determinados personajes.

En el desarrollo de cualquier trama se intenta combinar lo real con lo imaginado o lo ficticio. Así, muchos de los avatares descritos son reales, mas sólo en su esencia; evidentemente, el desarrollo de la acción poco o nada tiene que ver con aquellos hechos que mis veteranos amigos alpujarreños me narraron en unos u otros momentos de nuestras conversaciones sobre los tiempos pasados.

En el proceso de creación, los sucesos reales conviene, en ocasiones, transformarlos en hechos mitad realidad y mitad ficción, porque, entre otras cosas, a veces no interesa saber qué palabras exactas o qué circunstancias y personajes concretos rodearon el hecho fundamental de la narración. En ocasiones se transita desde lo fantástico a lo histórico y viceversa en un premeditado intento de entrelazar lo verídico con lo irreal.
También está “Cascarabitos” impregnado de múltiples pinceladas costumbristas, tanto en el uso del lenguaje propio de la zona, como en el tratamiento del modo de vida, y las costumbres de la época, todo ello incardinado en el conjunto de la obra.



En este sentido “Cascarabitos” es un homenaje a la generación de la posguerra, la de nuestros padres y abuelos. A un modo de vida que, por mucho que nos expliquen y que hayamos oído, en ocasiones será complicado interiorizarlo por los que ahora vivimos en el bienestar permanente y con la queja a flor de labio ante el menor contratiempo con el que nos enfrentemos.

Como reflexión final, a vosotros, sobre todo a los más jóvenes, os invito a que andéis con los oídos abiertos a todo aquello que os cuenten los abuelos, los padres, los mayores en general, y a pararos un rato con ellos e intentar después plasmar sus vivencias. Así podréis dejar constancia de sus vivencias con el reflejo de personajes, lugares, costumbres y formas de vida de otras épocas que siempre pueden servirnos para enriquecer las nuestras. Quizás no llegues a concluir una gran obra, sólo unos párrafos para consumo interno, pero el mero hecho de escuchar a los mayores ya, en sí mismo, guarda su recompensa.
También se pueden llevar al aula las historias de los mayores y trabajarlas con el fin de darle cuerpo en un relato que, independientemente de su bondad literaria, contará con grandes dosis de cariño, reconocimiento y respeto hacia aquellos que nos precedieron en este siempre difícil trabajo que es vivir.
La curiosidad, bien entendida, nos abre una enorme puerta para aumentar nuestros conocimientos y nuestra imaginación, y ampliar nuestro mundo que seguro que comprende mucho más de éste en el que día a día nos movemos. No solamente somos presente, también formamos parte de un pasado al que no debemos dar de lado, y sería conveniente basarnos en él para cimentar nuestro futuro.


Cuando alguien se decide a escribir acude a su background, constituido por sus propias vivencias o por las que le cuentan los demás, y a partir de ahí puede echar a volar su imaginación, pero en la base están siempre las experiencias propias (evocación) o ajenas (transmisión oral) que son las que sustentan de forma creíble lo que se pretende contar por medio del poema, la narración, el relato, el cuento, la novela…
La confluencia de los recuerdos propios y de los ajenos. La experiencia en el uso de la escritura como modo de comunicación con los demás y la imaginación o inspiración que en ocasiones acude a nosotros, pueden hacer que nazca en aquel que lo intenta una vocación desconocida, latente, que puede dar pie a una formidable aventura para el que se atreva con ella. Aventura tan maravillosa como la que podéis ver en las películas del género y que, aunque parezca o pueda parecer, que no tiene un fin tangible, no me cabe duda de que interiormente supone un acicate inmenso en el desarrollo de nuestra persona como ser individual y como miembro de una colectividad a la que pertenecemos y a la que nos debemos.


Para terminar os recomendaría que cuando os decidáis a escribir procuréis tener en cuenta, al menos en parte, estas recomendaciones oídas o leídas de personas que en algún momento a mí me sirvieron en el intento por escribir de una forma que no fuese simplemente unir palabras y frases para construir un texto.
.Di lo que tengas que decir con las palabras justas, no te andes por las ramas, ni te pierdas en argumentos innecesarios. A buen entendedor pocas palabras bastan. (Nos suele pasar a todos cuando nos iniciamos, andamos con circunloquios y explicaciones, a veces innecesarias, o nos repetimos para siempre decir lo mismo, como si el lector no fuese capaz de entender lo que queremos transmitir)
.Sé constante y ten fe en tu trabajo, este axioma puede valer para cualquier aspecto de la vida, en el que hoy nos atañe es fundamental. (El primer borrador suele estar lleno de elementos prescindibles y accesorios que hay que ir trabajando para que salga a la luz lo bueno que se pueda esconder en tu relato.)
.El detalle, a veces, lo es todo, procura ser meticuloso tanto en el fondo como con la forma. (Incidir en lo esencial de lo queremos contar de modo que nada quede en el aire)
.Todo buen relato debe tener una observación penetrante sobre algún aspecto de  la naturaleza humana.
Escribir es una bella forma de evadirse del mundo insustancial que a veces nos envuelve y que, en más ocasiones de las deseadas, nos encorseta en unos estereotipos de seres humanos a los que probablemente muchos no queremos pertenecer. Es una aventura que merece la pena poner en práctica. Y si no llegamos a altas cotas, no pasa nada. Sólo el hecho de haberlo intentado ya es gratificante.
La escritura nos puede ayudar a formarnos en todos los sentidos y abrirnos campos insospechados que nos harán sentirnos más libres y más dueños de nosotros mismos.
Para terminar sólo querría volver a recordaros que escribir no es algo que sólo esté al alcance de los llamados escritores; todos somos capaces, en mayor o menor medida, de expresar sentimientos, emociones, evocar recuerdos, propios o ajenos, y transmitirlos a los demás a través de las distintas formas de expresión escrita.  Y, como nos dice Cervantes en boca del bachiller Sansón Carrasco: “No existe una obra tan mala que no encierre algo bueno”. Seguro que lo que hagamos con cariño guardará mucho de esto.


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