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LA GACETA DE GAUCÍN

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Teodoro R. Martín de Molina

SIMBIOSIS

Mitad de agosto de 1936. El sargento Fernández, un muchacho extremeño de unos veinticinco años, de ademanes finos y cuerpo estilizado, entra en la vivienda de Isabelita, nieta de un viejo militante socialista con el que vive, que, como desde hacía quince días, había dejado la puerta entornada para que su pretendiente no tuviese que tocar y así hacer notar su presencia a los vecinos.
Una vez en el interior de la casa el suboficial republicano se despoja de la guerrera y se dirige al abuelo que esta sentado en su rincón cerca de la chimenea.
—Pues ya ve usted, aquí nos mandaron los jefes porque dicen que es el paso de muchos de los desertores de estos pueblos. Tenemos apostados permanentemente a cuatro parejas en los cerros que dan vista a los caminos que conducen al frente de la playa, así que aquel que pretenda cruzar las líneas se va a encontrar con la barriga llena de plomo, como me llamo Felipe (que ese era su nombre de pila), aunque en los veinte días que llevamos todavía no hemos mojado, pero a poco que andemos espabilados ya caerá alguno.
Isabelita, una joven rolliza, de carnes prietas y mejillas sonrosadas se entretiene en la cocina ordenando algunos cacharros esperando a que se calienten las dos latas de carne en conserva que al baño María había colocado hacía unos minutos en el fogón. Se las había dado, nada más traspasar el umbral de la puerta, el sargento. Eran de las que, de tarde en tarde, comían los milicianos en el frente, pero a las que Felipe, por su rango, tenía acceso para su particular uso.
—Si hay algo con lo que no puedo, que me puede sobremanera, es esa clase de persona que reniegan de lo que son —continuaba el sargento hablando con el abuelo mientras que éste lo escuchaba atentamente— ¿Cómo es posible que un peón, alguien que siempre ha estado bajo la bota del señorito, quiera pasarse al otro bando? Es por eso por lo que cuando me han dado este encargo me he sentido recompensado,  aunque sólo consiga que uno de esos descerebrados no se pase con los fascistas. Unos quieren irse porque entre los curas y el cacique les han sorbido el seso con sus patrañas y les tienen dominada la voluntad, otros porque han corrido la voz de que en el otro lado abunda de todo, ¡cómo andan de descaminados!, y unos terceros por puros cobardes, porque no tienen redaños para coger un fusil y enfrentarse al enemigo, liarse a tiros con esa canalla que quiere oprimir al pueblo; pero esos son cobardes aquí, con ellos y los serán en el más allá. Los hay por cualquier parte, y son a los que más detesto.
El abuelo de Isabelita, hombre ya de vuelta de casi todo, viudo desde antes de comenzar la guerra, padre de un solo hijo, también viudo, prefiere escuchar y no hacer comentarios que pudieran parecerles inconveniente al soldado que está al frente del destacamento militar de la zona y que todas las tardes los visita.
—Sé, porque nada más pisar el pueblo me lo dijeron, que el padre de Isabelita, su hijo, al estallar la guerra se fue con los fascistas. No por eso yo lo voy a juzgar a usted, ni a usted ni a su nieta, pues sé bien y me consta que no son ustedes del mismo parecer, en cualquier puchero se encuentra uno con un garbanzo negro y por ello no desmerece el plato, que ése debe de ser el caso éste —dejó de hablar y miró al abuelo esperando su asentimiento que, efectivamente, le llegó con un significativo movimiento de cabeza del anciano―. Y se nota que son ustedes de ley, porque si no ¿a qué este acogimiento que me tienen? Lo de la muchacha se puede entender porque uno no es mal parecido, aunque esté feo el decirlo, y le da lo que ella quiere y necesita, pero usted bien podría recibirme con cajas destempladas y, aunque por mi posición y puesto tenga capacidad para requisarles casa, enseres y tierras, no es lo mismo sentirse recibido que percibir el rechazo de las personas con las que compartes mesa y mantel, y en ocasiones el techo.
Cuando acabó de perorar el sargento Fernández apareció Isabelita con una fuente humeante, volvió a la cocina a por unos tenedores y vasos, y de nuevo salió para regresar de inmediato con una botella del vino que aún quedaba en la bodega y unos trozos de pan negro de centeno. Dejó todo sobre la mesa que ocupaba el centro de la habitación y regresó a la cocina en busca de unos cascos de cebolla para acompañar la carne.
—También sé —prosiguió el sargento una vez volvieron a quedarse solos los dos hombres—que la Isabelita tenía un novio que desertó pocos días antes de que nosotros apareciéramos por aquí. ¡Maldita mi suerte! ¡Cuánto hubiera dado por arrecoger al fulano! Si no se nos llega a estropear el camión no habría tenido ese miserable oportunidad de escabullirse, le habríamos cosido a tiros y ahora estaría criando malvas en alguno de los barrancos de los alrededores o ya sería comido de los zorros y los jabalíes.
Salió de nuevo Isabelita y le dijo algo al oído al pretendiente, y éste le apretó la cintura contra su pelvis.
—Isabelita..., Isabelita... —la nombraba el abuelo, mientras carraspeaba, desde su rincón cerca de la chimenea.
—Venga abuelo. Vamos a dar cuenta de lo que hoy, como casi todos los días, nos proporciona la magnanimidad de la República —animó Fernández al viejo.
—Anda, anda, comed vosotros. De lo que os sobre ya probaré yo mañana un poco. A los viejos no nos sientan bien las cenas abundantes. Ya tomaré cualquier cosilla antes de irme al catre. A ver si nos consigue algo de harina blanca y un poco de prensada  y ponemos este horno en funcionamiento para que Isabelita nos haga un poco de pan del de verdad, del que comíamos antes de la guerra —cambió el abuelo de tema.
—Eso sí que está difícil, qué digo difícil, más que difícil está casi imposible, por no decir imposible del todo. El pan de harina blanca no lo comen ahora ni los generales, que se lo digo yo.
Isabelita, como casi siempre, tampoco mostró mucho apetito, algo que contagió al sargento y que hizo que la fuente volviese a la cocina con comida suficiente como para otras dos personas.
—Es hora de retirarse, sea dicho fuera del ámbito castrense, así que aquí se quedan ustedes —dijo el sargento Fernández mientras se apartaba de la mesa y volvía a ponerse la guerrera.
Cogió a Isabel de la mano y, tras dar las buenas noches al abuelo, la arrastró con él hasta el quicio de la puerta donde se repitieron los besuqueos, arrumacos, achuchones y tocamientos de casi todas las noches, hasta que desde el fondo se oyó la voz del abuelo en tono admonitorio:
—Isabelita..., Isabelita...
Cuando el abuelo notó que la nieta corría el cerrojo de la puerta, se incorporó acercándose a la entrada del horno que estaba justo sobre el hogar de la chimenea y dando un suave golpe en la tapadera de madera que ocultaba su interior dijo:
—¡Vamos! ¡A comer! Que este pan ya está cocido.
La portezuela cedió y de la oscuridad salieron, escasos de ropas y bastante entumecidos, dos hombres, uno de ellos besó en la frente a Isabelita, el otro, con una mirada a medias entre la comprensión y la resignación, le dio un suave beso en los labios.
—Isabelita..., Isabelita... —se volvió a oír la voz del abuelo.

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