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Teodoro R. Martín
de Molina
LA MÁQUINA Yo era un gordito simpático, de esos capaces de esconder entre sus fauces media docena de pasteles antes de engullirlos sin que aquellos que me acompañaban se percatasen del hecho. Me gustaban mis cervecitas con los amigos, los aperitivos del mediodía y también los vespertinos. Aunque notaba que no era mi cuerpo el de un atleta, tampoco estaba tan mal, y a mi mujer, que es la que vela por mi salud y bienestar de cuerpo y espíritu, tampoco le parecía mal del todo. Me lo pasaba bien con mis amigos, con la familia, con los compañeros de trabajo y con cualquier hijo de vecino con el que se terciaba mantener una breve o extensa conversación frente a una bebida y un platito de cualquier cosa. Las reuniones con todos los anteriores eran mi debilidad, en ellas me convertía en un número más y pocos eran los que se fijaban en aquel rechonchete, si acaso cuando soltaba algunas de mis ocurrencias que a todos gustaban tanto. Era feliz y creo que hacía feliz a aquellos que me rodeaban. El día en el que el perímetro, la circunferencia, de mi cintura sobrepasó los 120cm mi mujer tomó cartas en el asunto y decidió que ya había llegado el momento de poner coto a lo que a todas luces comenzaba a ser un peligro para la salud de su marido, es decir, la mía. Hubo que hacer compras de diverso tipo, para ello ambos, cogiditos del brazo, nos marchamos a pie —«Del coche te puedes ir olvidando»— hasta el centro comercial. Una vez allí pasamos por la sección de deportes donde se hizo provisión de chándal, zapatillas, sudaderas, camisetas y calcetines, por unidad, duplicado o triplicado, según el caso y la prenda —«Con la ropa y el calzado apropiado el ejercicio nos será mucho más llevadero, tú, déjame a mí»—. Evidentemente, ella aprovechó la ocasión para surtirse de un vestuario deportivo superior al mío en calidad y cantidad. Con uno de los carros bastante repleto de material, nos acercamos hasta las secciones de pescadería, carnicería y charcutería, en donde procedimos al abastecimiento de alimentos dietéticos adecuados para lo que se nos avecinaba, sobre todo a mí, al que dejó de tener la esbelta figura de recién casado —«Me sacrificaré contigo, todo por tu bien, yo apenas lo necesito»—, por ello compró algo más sustancioso y agradable al paladar para que su sacrificio no fuese tanto. Para terminar, en la sección de varios se llevó a cabo la adquisición del elemento estrella que no puede faltar en el baño de una persona dispuesta, u obligada, a perder peso: una báscula electrónica. Ésta al dar el peso señalaba los kilos seguidos de una coma y tres dígitos más, daba a luz un papelito en el que quedaba recogido el índice de masa corporal y, como estaba preparada para invidentes, también emitía una voz como las de los surtidores o las máquinas expendedoras que anunciaba, después de una especie de fanfarria, el peso y el susodicho, más bien dichoso, índice correspondiente que había averiguado en un par de segundos tomando los datos de la memoria en la que el pesado, previamente, había dejado anotada su estatura junto a una clave que debía registrar antes de proceder a subirse en tan sabio artilugio. Alegres como niños con zapatos nuevos, nos encaminamos de regreso a casa. Al pasar por el primer bar, en el que ponían una tapa de secreto ibérico aliñada con un poquito de ajo y perejil que te quita el hipo, nos miramos sonrientes y sin dudar proseguimos el camino de vuelta al hogar con las manos, en las que faltaban dedos para tanta bolsa, a punto de reventar. Pronto estábamos en el siguiente bar, el del “pescaíto frito”. Dejé las bolsas en el suelo con la intención de intercambiarlas de manos y no pude llevar a cabo la faena —«¡Ni se te ocurra!»—. Como pude, volví a recolocarlas de modo que aquellos dedos que estaban ya casi dormidos por falta de riego sanguíneo retomaran un poco de brío una vez volviesen a recibir, aunque por un corto espacio de tiempo, el fluido del plasma vital. Soy un manazas, he de confesarlo, así que cuando llegamos a casa, mientras que colocaba en el frigorífico todos los productos alimenticios y en los armarios la ropa deportiva recién adquirida, ella colocó la pila a la báscula, introdujo en la memoria nuestras estaturas y las correspondientes claves. Tras desnudarse me invitó a que hiciese lo mismo, así podría llevarse a efecto el primer pesaje ante juez tan imparcial, y después, tal vez, quizás… Nada pudo consumarse, bueno mi pesaje sí: «Noventa y nueve kilos trescientos cincuenta y dos gramos», espetó la máquina a nuestros oídos; “99,352” pudimos leer en la pantalla de cristal líquido; tras un leve sonido sibilante la báscula expulsó un papelito en el que se podía leer que el peso era de 99 Kg y 352 g, y que de acuerdo con la estatura de 170 cm el índice de masa corporal era de 35.87 Kg/m2 por lo que al pie del dato numérico se podía leer en negrita “Estás obeso. Tienes que plantearte seriamente un cambio de hábitos y empezar a practicar ejercicio con regularidad. Si quieres abandonar esta figura, ponte las pilas.” ¡Como si no lo supiera! Mi esposa, que miró rápidamente en la escala que aparecía en el manual de la máquina, me dijo con cara de pocos amigos que eso suponía que me encontraba dentro de lo considerado como obesidad leve y muy próximo a la moderada, y a dos pasos de la mórbida. Tras el repaso recibido sudaba como si hubiese estado en una sauna, me di una ducha, me enfundé el pijama, puse el despertador a las seis y media y di las buenas noches a mi amada esposa. Aquella primera noche me fui a la cama sin cenar y sin otras muchas cosas que me podrían haber hecho perder, si no kilos, al menos algunos cientos de gramos, pero el veredicto de la máquina corroborado por mi media naranja no dio lugar a discusión: el riesgo de sufrir algún incidente de tipo vascular era alto (así lo había ella comprobado en otra de las escalas en la que se relacionaba el índice de masa corporal/riesgo vascular). Con espíritu deportivo me tomé todo lo sucedido y con las interrupciones nocturnas propias de mi edad y sexo dormí el tiempo suficiente como para, tras oír el zumbido de la radio/reloj, saltar despierto y fresco como una lechuga, pasar por el baño para llevar a cabo las necesidades y abluciones matinales pertinentes, vestirme con la indumentaria deportiva adquirida el día de antes y echarme al parque que hay próximo a casa para comenzar con la primera parte del primer mandamiento del que quiere adelgazar: “Más zapato y menos plato”. Mi mujer esta primera mañana no me acompañó, se había acostado tarde preparando la comida del día siguiente. Me pidió que la despertarse cuando volviera y antes de ducharme. Ella, además, prefería los paseos por la tarde, yo estaba más necesitado de ellos y debía tener ración doble, matutina y vespertina. Después de la ducha miré a mi izquierda y allí estaba ella, la báscula. Parecía mirarme con el ojo de Cíclope que suponía la pantalla de cristal líquido colocada en la parte superior y central. Temblando me aproximé a la máquina, me agaché, introduje mi clave y me coloqué sobre ella sin querer escuchar, mirar o leer, mas no me quedó otro remedio que enfrentarme a la voz metálica, al centellear digital y al sonido de serpiente del papel que emerge de la ranura lateral del instrumento de pesar: “Noventa y ocho kilos, seiscientos catorce gramos”, comprobé por triplicado que el efecto de la no cena de la noche anterior y mi primer paseo daban un saldo favorable de unos setecientos gramos menos, no había mejorado mucho el índice, pero «Algo es algo y menos da una piedra», me dije para mis adentros. Nada de alcohol, nada de pan, mucha verdurita y un filetito de ave o ternera a la plancha unos días y en otros de algún pescado, vinieron a sustituir a los abundantes aperitivos anteriores a los no menos abundantes platos de cocido, paella, fritos variados y cualquier condumio que se pusiese sobre la mesa, o no. Durante la primera semana el pesaje diario fue gratificante en todo momento, cada día fui reduciendo peso en una proporción aproximada de unos trescientos-cuatrocientos gramos, mejor dicho cuatrocientos-trescientos-doscientos gramos, pues cada día el peso que rebajaba era menor que el anterior, a pesar de que el sacrificio era el mismo o aun mayor. El fin de semana me tomé la licencia de saltarme un poco el estricto régimen llevado a lo largo del resto de los días, con lo que el lunes por la mañana casi volví a estar en los parámetros del primer día en que comencé con las actividades propias del régimen de adelgazamiento. Los paseos de la mañana, cuando el tiempo no acompañaba, se suprimieron en más de una ocasión. El de la tarde era menos paseo pues lo aprovechábamos para que mi mujer fuese mirando escaparates, también en ocasiones, antes de llegar a casa nos pasábamos por la taberna de la esquina y una cervecita sin alcohol con alguna tapita ligera caía irremisiblemente. Así fue pasando el tiempo gramo arriba, gramo abajo hasta que llegó aquella mañana. Hacía ya un par de semanas que me notaba bien, y fui dejando la costumbre de pesarme antes de la ducha. Aquel día, sentado en el inodoro repasaba uno de los últimos documentos que había conseguido relacionado con el trabajo de investigación que tenía entre manos, desvié por un momento los ojos del documento y frente a mí me topé con el ciclópeo de la máquina que parecía hacerme guiños invitándome a que me subiese sobre ella. En un principio no le di importancia y continué con la lectura del documento. Me distrajo una especie de susurro, de silbido que parecía provenir del lugar en el que se encontraba la báscula, hice ademán de dejar en la banqueta los papeles, pero me faltaban unos pocos párrafos y me decidí a terminarlos. Antes de concluir creí percibir cómo, con gruesas palabras metálicas, desde la báscula se me conminaba a acabar de una “puñetera” vez, y a “inmediatamente” pasar por la plataforma para comprobar en cuanto había aumentado mi peso después de tantos días de varias cervezas con sus abundantes tapas que me había tomado todos los mediodías y todas las noches en el bar del paseo y en el de la esquina antes de dar cumplida cuenta de las escasas comidas correspondientes al plan de adelgazamiento. Creí estar obsesionado y por ello pensé hacer esa mañana lo mismo que las anteriores y no pasar por la báscula antes de entrar en la ducha. En mi mente también estaba no pasar por ella una vez secara mi cuerpo, era en cierta medida un rebelarme contra la tiranía de la máquina, pero ¡pobre de mí!, no conocía bien el poder de las féminas, y la báscula lo era. Tras una ducha rápida, al salir, tuve la sensación de que la báscula había cambiado de lugar y estaba colocada en el centro del baño, por donde tenía que pasar sin remedio. «La habrá dejado aquí mi mujer después de pesarse ella», pensé. Con el pie derecho la desplace hasta volverla a su lugar de origen. Tras afeitarme, me volví, y de nuevo estaba allí, en el centro. «Ahora no ha podido ser mi mujer. No la habré separado lo suficiente». Volví a separarla con más brío y al dejarla me pareció ver cómo se iluminaba y apagaba la pantalla a modo de insinuación. Aunque mi intención era la de no pesarme, me agaché, introduje mi clave, me subí en la báscula…, y los números fueron demoledores. Todos los índices superaban en mucho a los del día en que comencé el régimen de adelgazamiento. Miré a la pantalla que dejó de centellear al tiempo que una gota de agua, como si fuese una lágrima, resbalaba de su vértice inferior izquierdo. Durante toda la jornada la imagen de la pantalla con los dígitos iluminados que me acusaban de las infidelidades de días anteriores con la dieta que me había propuesto, me estuvo viniendo a la mente una y otra vez. Abrí el cajón en el que guardaba la caja con las bolitas de anís para endulzarme la boca y hacer más llevadero el hecho de no fumar ni poder probar bocado hasta la hora establecida para el tentempié de media mañana. Intenté echarme una a la boca pero se me escapó de entre los dedos y fue tintineando, dando pequeños botes, hasta quedar aparcada cerca del tacón de un cliente que al dar un paso la hizo añicos. Al intentar coger otra se me resbalaba de los dedos como no queriendo dejarse atrapar. En un gesto de decisión tapé la caja y seguí con mi trabajo. Al cerrarla me pareció ver en la tapa los números del peso de la mañana: 110,205. Me sorprendí, me restregué los ojos y volví a mirar y de nuevo, frente a mí, estaban los números de la báscula 11-02-05. «¡Vaya casualidad. La vida está llena de casualidades!» pensé. Los números que aparecían en la tapa se correspondían con la fecha en que había comenzado la caja de bolitas de anís, siempre tenía la costumbre de anotarla en un adhesivo para llevar un control. Para mi asombro, las cifras de la fecha y su orden resultaban ser coincidentes con el peso de esa mañana. —Lo suyo es 1,10 y lo de la mesa de sus compañeros 2,05 —me dijo el camarero cuando fui a pagar lo consumido en la cafetería del edificio donde estaba el despacho. Automáticamente escribí en una servilleta las cantidades y de nuevo pude ver los mismos números que había por la mañana en la pantalla de la báscula: ¡¡110205!! Acababa de darle el primer mordisco a la tostada de mantequilla y me fue imposible tragarlo, lo puse discretamente en una servilleta y lo tiré a la papelera. A duras penas pude tomarme la mitad del café con leche habitual. Pagué y me volví a la oficina. «Y van dos coincidencias, que ya son coincidencia» Pensé mientras retomaba el trabajo en el punto en que lo dejé. Al rato miré al reloj calendario de la oficina y vi que era la ¡¡1,10 del 02 del 05, del mismo año!! Este tercer aviso me lo tomé como lo haría el matador que después de hacer una faena memorable le devuelven el toro a los corrales. Pero ahí no acabó todo, sonó el teléfono y cuando quise saber de dónde procedía la llamada pude apreciar con horror que los seis dígitos finales después del prefijo provincial eran: 11 02 05, el prefijo no lo puede ver porque los restantes se me clavaron en mi cerebro y me martilleaban repitiéndome insistentemente: «Esta es la última vez que verás estos números. Tienes que adoptar las medidas pertinentes para rebajar peso del modo que sea». Cada vez que oía en mi interior la consigna anterior lo hacía con el sonido metálico con el que la báscula me había estado repitiendo tantas mañanas lo del peso excesivo, el índice de masa corporal y la obesidad mórbida a la que estaba a punto de llegar. Estuve en un tris de explotar de alguna manera: gritando, chillando, destrozando todos los papeles que había sobre la mesa, rompiendo el mobiliario propio y ajeno, agrediendo a mi secretaria, haciendo saltar los cristales de las ventanas o, incluso, saltando yo mismo por una de las ventanas. Tras unos minutos de inquietante zozobra conseguí sosegarme y llevar mi pensamiento a algo distinto de las cifras, aunque no del tema. «Hasta aquí hemos llegado: a partir de hoy ni un extra más, al contrario, siempre menos comida que la prescrita y más ejercicio del aconsejado» Al salir de la oficina me disculpé con los habituales de las cañas, los vinos, tapas y raciones. Anduve todo el trayecto hasta mi casa, ese día no tomé el autobús, como era costumbre. Pasé por todos los establecimientos de cuyas cocinas emanaban olores evocadores y sugestivos, mas fui venciendo la tentación que ello suponía a cada paso. Tuve un respiro cuando por la avenida principal pude caminar por el paseo central. Llegué a mi casa, en vez de ir directamente al frigorífico, como era la costumbre durante las últimas semanas, y, antes de que llegara mi mujer, tomarme una cerveza fresquita más con cuatro tapas a hurtadillas de lo estaba más a mano, me dispuse a preparar la comida para cuando ella llegase. Ya no recordaba que correspondía a ese día y hube de rebuscar en uno de los cajones la revista en la que aparecía el régimen que estábamos siguiendo. Era lunes, y los lunes tocaba verdurita a la plancha y filetito de perca. Unas cuantas rodajas de calabacino, otras tantas de berenjena, un par de tomates abiertos y unas láminas de pimiento rojo, rodeaban a los ridículos filetes de pescado, más pequeños que cualquier tapa de cualquiera de los días precedentes. Mientras comíamos, miraba a mi mujer de reojo al tiempo que ella me lanzaba la consabida filípica diaria respecto al aumento de peso que iba notando día a día, de los sacrificios en balde que ella estaba haciendo para que yo con mis amigotes me saltara todos los días y a todas horas las más elementales normas de la dieta, como era no probar nada entre comidas y nada de alcohol, embutidos, fritos y frutos secos. Con la cabeza gacha asentía a las admoniciones de mi mujer, todas ellas oídas y repetidas hasta la saciedad, mas no por ello exentas de razón. A mí me pirraban todas las cosas prohibidas, sobre todo las patatillas fritas y las almendras tostadas o fritas, nunca me faltaban como complemento a la tapa normal para el resto de los reunidos. Siempre me las servían como sobre tapa, fondo de tapa o anejo de tapa en los bares de confianza, que eran a los que yo solía ir con mis amigos. Alcé los ojos suplicantes y con la mirada le pedí una tregua. Dejé en mi plato la mitad del filete de perca y la mitad del tomate asado. Sin decirle nada fui al dormitorio, me enfundé el chándal y, sin esperar a que me preguntase, me lancé al paseo dispuesto a rebajar peso fuese como fuese y al precio que fuese. Tras un mes de no quebrantar ni en una sola ocasión el estricto régimen de comida y ejercicio que me había establecido, me aproximé de nuevo una mañana a la báscula. Con anterioridad, cada vez que llegaba al baño ponía la toalla sobre ella, así no la veía ni ella a mí tampoco. En ocasiones me pareció apreciar que la toalla se había movido desplazándose y dejándome entrever la pantalla donde me parecía que seguían los 110,205 Kg de la última pesada. Cuando me subí en la báscula noté como cierto cosquilleo en la planta de los pies, de pronto su voz metálica me volvió a la realidad casi olvidada: «Introduzca su clave», me recordó la máquina. Tuve que bajarme, introducir mi clave y volverme a subir. Canturreando para que no llegara nítida a mis oídos su sentencia, con los ojos entreabiertos como no queriendo mirar a la pantalla, comprobé sorprendido que el peso había disminuido notablemente. Aún necesita de tres dígitos para decir a cualquiera mi peso, pero le había ganado cerca de un 5% a la nefasta cifra anterior, así que oí de nuevo la metálica voz con alegría inusitada, recogí el papelito y lo guardé en el bolsillo de mi bata. —¿Te has dado cuenta cómo soy capaz de hacer lo que me propongo? Ya verás como en un par de semanas estoy por debajo del peso que tenía cuando comencé el régimen —me sorprendí dirigiéndome a la báscula; al no recibir respuesta, que pusiera en duda lo que acababa de decir, me animé y continué—: Verás cómo, antes de lo que tú imaginas, haré que te sientas orgullosa de mí, habré conseguido el objetivo que nos propusimos cuando te trajimos a casa. Busqué en el bolsillo de la bata y en el papelito pude leer el texto en el que aparecía el índice de masa corporal seguido de una coletilla entre admiraciones: “¡¡Enhorabuena!! Estás en la línea de conseguir el objetivo. Desde tú última pesada has rebajado el IMC en un 4,95%. ¡¡Ánimo, adelante!!” Hacía tiempo que nadie me había insuflado tanto optimismo como la báscula con esa nota a pie de IMC. Cuando quise contárselo a mi mujer fue demasiado tarde, ya había salido para el trabajo. Probablemente se habría despedido de mí, no debí de darme cuenta entusiasmado como estaba con mi sustancial rebaja de peso. Durante las cuatro semanas siguientes continué reduciendo la ingesta y aumentando el ejercicio. Era cuestión de amor propio. Ya no soportaría por más tiempo las recriminaciones de mi casa, ni las bromas y los comentarios de mis compañeros y amigos. Debía de demostrarle a todos que mi propuesta de adelgazamiento iba en serio y la llevaría hasta el final. Por ello, sin darme cuenta, creo que llegué a un pacto con la báscula, ella era la única que actuaba de modo objetivo ante mis subidas o bajadas de gramos. Ya no necesité más hacer uso del despertador. Como un ídem estaba despierto con hora y media de antelación a mi salida para el trabajo. Chándal, parque y vueltas y más vueltas, cada día a mayor velocidad, siempre con el mismo esfuerzo. De nuevo en casa, paso por la ducha, pesaje y frugal desayuno. Trabajo, infusión a media mañana y vuelta a casa. Almuerzo, treinta minutos en plan estatua frente al televisor, nuevas vueltas al parque, nueva ducha y relax antes de la cena de una pieza de fruta o un yogurín. El día en que conseguí dar un peso inferior a los 99,325 del comienzo del régimen, fue un renacer para mí. Fue entrar en un mundo nuevo. —Ahora comienza el verdadero reto. Mi mujer y mis amigos no confían en mí, creen que no voy a ser capaz de conseguir bajar de los 90 —de nuevo me sorprendí hablando con la báscula—, pero yo sé que tú y yo, aunque hasta hace poco no hacíamos buenas migas, a partir de este momento nos vamos a apoyar para conseguir acallar a todos esos que hablan mal de ti, pues dicen que me tienes obsesionado, y de mí, diciendo que aunque me vuelva mico no alcanzaré mi propósito. ¿Quiénes mejor que tú y yo podemos saber que lo voy a conseguir? Tú eres y serás testigo de mi férrea decisión de no volver a probar el alcohol, ni un bocado más entre comidas, almuerzo, la mitad de lo previsto en el régimen, nada de merienda, es comida superflua, innecesaria, y la cena, ligerita, ya se sabe: “de copiosas cenas andan las sepulturas llenas”. A mí eso no me sucederá, mi manzanita o mi yogurt y a dormir como un angelito. Si viese que la cosa se pone difícil y no consigo rebajar peso a un buen ritmo, no me importará suprimir el desayuno y evitar la pizca de pan del almuerzo. Eso sí, beberé mucha agua. Antes se decía: “con pan y vino se anda el camino” y a los que condenaban a las mazmorras lo hacían “a pan y agua”, ahora parece que ni el vino ni el pan son necesarios, solo agua, pero en grandes cantidades. Así cumpliré mi deseo, el de mi mujer y el tuyo. Porque sé que tú, desde tu mecánica alma, eres partícipe y actriz principal, como todos tus congéneres, en esta representación que es la vida de aquel que por su mala cabeza ha llegado a los extremos a los que yo lo he hecho, y tiene que perder peso gramo a gramo, kilo a kilo, por su propio bien y por otros motivos que ahora no vienen al caso. A veces, cuando salía a darme los paseos por el parque tenía que sentarme en uno de los bancos: la voluntad quería, pero las piernas no respondían. A duras penas llegaba a casa, si mi mujer estaba dormida, para no despertarla, me iba al baño y allí pasaba buena parte de la noche departiendo con ella. Sostenía conversaciones interminables, en raras ocasiones me respondía, pero cuando lo hacía su antigua voz metalizada se me hacía más dulce, más cercana y familiar. Ya nunca me reprochaba nada, al contrario cada mensaje que salía de su pequeña ranura era más gratificante. A veces se repetía pero era porque yo no dejaba apenas espacio de tiempo entre una y otra vez que me montaba en ella, lo hacía en dos o tres ocasiones cada noche de esas y la obligaba de ese modo a decir siempre lo mismo, pero a mí no me importaba, se había vuelto tan amable y complaciente. Me entendía y me aceptaba sin recriminaciones de ningún tipo, siempre estaba dispuesta y yo me desahogaba con ella: —No, tú no me viste el día de mi boda, ¿verdad? Claro, entonces no vivías con nosotros. Te he traído esta foto para que veas lo esbelto que yo era entonces. Te prometo que tienes que verme vistiendo el mismo traje que utilicé en aquella ocasión. Dicen: “Cuando un necio toma un sendero, o se acaba el necio o se acaba el sendero”. Yo seré el necio que nunca se acabe y llegaré al final del camino, y cuando éste concluya volveré a vestir mi traje de novio, el del día de mi boda. En esa conversación estaba con la báscula el día en el que dos desconocidos entraron en el baño irrumpiendo en nuestra intimidad y obedecieron las órdenes de mi mujer que con cara de incomprensión y de culpabilidad, a un mismo tiempo, me decía adiós con movimientos acompasados de la mano derecha y prometía ir a verme los fines de semana. «¡Aliméntate bien!» le oí decir repetidas veces antes de que se cerrara la puerta detrás de mí y de los hombres que me acompañaban. Hoy soy un ser famélico que todas las mañanas tengo que acudir con una serie de personas a las que no conozco de nada, ni las quiero conocer, a unas sesiones de terapia de grupo para tratar de superar el estado psicopatológico en el que, no sé por qué, me encuentro sumido desde hace unos cuantos años. Por las rejas de mi habitación suelo ver pasear, al otro lado de la carretera, a personas gorditas que alegres como castañuelas aligeran el paso para tratar de perder unos gramos del sobrepeso, sin darse cuenta de que, poco a poco, esos gramos también los van perdiendo de su masa cerebral y antes de que se lo piensen estarán asistiendo conmigo a estas aburridas sesiones con las que el psicólogo cree haber encontrado la panacea para todos los que por unos u otros motivos estamos dentro del torbellino de vernos incapaces de dominar al ser que llevamos dentro —los cultos lo llaman psiquis—, al que casi nunca hacemos caso, y que, sin embargo, es el que domina todos los mecanismos vitales de nuestra insustancial existencia. Mas, en el fondo, sigo siendo el mismo tipo con los mismos apetitos de toda mi vida; lo que ocurre es que no puedo comer, debo mantener la línea para no volver a defraudarla. La echo de menos. ¡No saben cómo la echo de menos! Hay una señora que viene a verme los fines de semana, pero a ella, a ella no la he vuelto a ver nunca más. |