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Teodoro R. Martín
de Molina
LA
ANTENA
−¿Dígame? ¡Diga! ¿Es que no piensa responder? ¿Quién está al otro lado del hilo? ¡Dígame, por el amor de Dios! Manuela, nerviosa, colgó el auricular y se volvió hacia su marido que con cara circunspecta parecía preguntarle por quién había llamado. −No sé, no sé. Pero de un tiempo acá, no para algún gracioso de dar la lata. Descuelgo y sólo se oye un ulular que recuerda algunas de las escenas de las pelis de terror. −Pero, dime quién era y deja ya de volver con tus paranoias. Mucho Milenio tres o cuatro te tragas tú ―le dijo el marido en tono burlesco. −Ya te digo que no lo sé. Es lo mismo de tantas veces. Una voz que parece salir de ultratumba intenta hablarme pero un sonido de fondo, como de viento huracanado, me impide entender lo que trata de decirme. −Bueno, vale, mujer, vale. Aunque su marido no la creyese, llevaba razón la mujer. Desde que colocaron la antena para móviles, la cobertura en toda la zona había mejorado de modo notable. Se había acabado el estar sobre una pierna y con uno de los brazos extendido para que el propio cuerpo hiciese de antena, o tener que trasladarse junto al poste de la luz de la calle del barrio alto en donde algunos móviles tenían un par de puntos de cobertura. También los teléfonos fijos habían dejado de tener los anteriores problemas de conexión y las indeseables interrupciones e interferencias en el transcurso de la conversación. Incluso se había conseguido la conexión a internet a través de modem móviles, algo impensable en lugar tan intrincado. Era una zona rural y todos los teléfonos excepto uno, el de Manuela, tenían tecnología inalámbrica. El teléfono de la casa de Manuela era el único por cable –reliquia del pasado, cuando no había otro− del pequeño pueblecito perdido entre las sierras y hundido en el valle junto al río cuyas pocas aguas bañaban las huertas cercanas al pueblo. Sería por eso por lo que Manuela siempre preguntaba aquello de: ¿Quién está al otro lado del hilo? El problema de las comunicaciones había dejado de serlo gracias a la espléndida antena de casi veinticinco metros de altura que la compañía líder en telefonía había instalado, pero sin embargo, el de Manuela, que no necesitaba de su servicio, había comenzado con interferencias casi permanentes. Antes de que llegaran los móviles al pueblo, la casa de Manuela era el socorro de todos los vecinos, a ella acudían para llamar y para recibir llamadas. Ella era la encargada de tomar recados que después transmitía a sus destinatarios con la amabilidad que la caracterizaba, así que cuando los teléfonos inalámbricos y los móviles comenzaron a tomar protagonismo, Manuela y, sobre todo, su teléfono, dejaron de tenerlo. El municipio, velando por los intereses de la comunidad, hizo las gestiones oportunas para la colocación de la antena repetidor-receptor de señales telefónicas. El lugar más idóneo era una suerte de tierra de la que Manuela era propietaria, por ello le solicitaron permiso para ubicarla en ese lugar. Manuela, no se sabe muy bien por qué, no concedió la autorización y hubo de buscarse nuevo emplazamiento. Tras numerosas pruebas los técnicos comprobaron que el lugar más idóneo, después del predio de Manuela, era el cementerio de la localidad, y, como el terreno colindante era de propiedad municipal, allí se decidieron a colocar el estirado monumento a la modernidad. Dicen que las radiaciones de tales artefactos no suelen ser buenas para los mortales, y se habla y no se acaba de los efectos nocivos para la salud de los que viven próximos a su ubicación, pero lo que aún no se ha investigado suficientemente es el efecto que pueden tener sobre los que han dejado de ser mortales. Nadie puede asegurar con certeza indubitable que los fenómenos que Manuela viene últimamente notando en su teléfono sean causa directa de la colocación de la antena en lugar anejo al camposanto, mas tampoco es peregrina la idea de que las interferencias que viene soportando su teléfono pueden deberse al efecto que las radiaciones y las emisiones de ondas electromagnéticas de la antena hayan desencadenado algún fenómeno de polsterguei en los pacíficos moradores del santo lugar. También corre por el pueblo la tesis de que en realidad todo se trata de una venganza de los difuntos contra la que con su negativa hizo que se llevasen la antena a los aledaños de su lugar de descanso. Manuela procura no pensar mucho en todos los rumores que corren por el pueblo, tampoco hace mucho caso de las burlas de su marido y, mucho menos, interioriza todos los malos pensamientos que se le vienen a su mente cuando descuelga el teléfono y comienza a oír las voces de ultratumba y el ulular del viento huracanado. Pero con una actitud que la distingue como persona sensata, ha decido solicitar la baja de su teléfono de toda la vida y el alta, con número distinto, al nuevo servicio vía satélite. Mientras tanto ha desconectado el terminal y se ha hecho de un teléfono móvil. Parece que desde entonces no ha vuelto a tener problemas de interferencia, por lo que las últimas teorías que corren por el pueblo al respecto, son de que el fenómeno no fue una venganza de los habitantes del cementerio, sino una estratagema de la compañía de teléfonos para quitar la única línea que a través del hilo se mantenía en la localidad y cuyo mantenimiento suponía grandes pérdidas. El pueblo entero salió beneficiado de la nueva antena y la única damnificada fue Manuela que desde entonces no pudo volver a preguntar, como siempre, lo de: ¿Quién está al otro lado del hilo? |