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LA GACETA DE GAUCÍN

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Teodoro R. Martín de Molina

ILUSIONES

Llevaba despierto un buen rato cuando el zumbido del despertador le hizo mirar hacia la mesita de noche de su mujer que aparecía tenuemente irradiada por la luminosidad de los dígitos del radio-reloj en el que se podía ver la hora habitual de abandonar el confort del lecho. No se hizo el remolón como en otras ocasiones y de un salto ya estaba con las babuchas enfundadas en sus pies caminando hacia el baño dispuesto a pasar por la ducha antes de que ella le tomase la vez.
Estaba realmente satisfecho. El trabajo de tantos días, en su opinión, le había quedado francamente bien. Las horas de dedicación, el esmero que había puesto en los últimos retoques, la minuciosidad en dejar completamente pulido hasta los más mínimos detalles le había supuesto una labor ardua, pero al final había merecido la pena. En otras ocasiones la tarea había sido la misma o quizás mayor, pero el grado de complacencia con lo hecho no había alcanzado el clímax experimentado en este caso.
Aún en albornoz, con los nervios metidos en la boca del estómago, se dirigió a la cocina, por el pasillo se había cruzado con ella y se habían musitado algo parecido a un «Buenos días, cariño». Buscó en el frigorífico las mejores naranjas y preparó un exquisito zumo que dejó sobre la mesa. La cafetera la puso en la hornilla a fuego lento y en el tostador el pan preparado para que mientras se sirve el café dé tiempo a que se vayan haciendo las tostadas. Se vistió en un santiamén y de nuevo en la cocina se dispuso para tenerlo todo a punto como a diario, pero hoy estaba el añadido de aquello que tenía que comunicarle a su esposa.
Si todas las mañanas actuaba de forma casi robótica, hoy estaba poniendo un poco más de solicitud en cada uno de los mecánicos pasos que conllevaba la preparación de la primera comida del día: la ocasión lo merecía. Aprovecharía el momento en el que ella, pausadamente, untara la mantequilla y la mermelada sobre el pan, siempre lo hacía con un cierto aire de ceremonial, para hacerla partícipe de aquello que lo traía sin vivir desde hacía varios días y desvelado casi toda la noche anterior, seguro que a ella le haría tanta ilusión como a él.
Últimamente no estaba muy al tanto de los trabajos que a él le ocupaban casi todo su tiempo libre, pero siempre se mostraba receptiva y  entusiasta de todo lo que su marido le presentaba como novedad. Por ello, pensaba él, la sorpresa de esta mañana sólo podría compararse con la ilusión que a él le hacía compartir lo realizado con su mujer, comentarle los detalles y las pequeñeces que llevaron a la conclusión de tan difícil como sorprendente trabajo.
Cuando vio que se retrasaba más de lo acostumbrado y que el café ya había dejado de humear, los nervios se le pasaron de la boca del estómago al mismo estómago, y a los intestinos, y al pecho, y a los miembros superiores… Se quemó al intentar apartar las tostadas, derramó un poco de café sobre el mantel “Tú y yo” y en la mesa, y puso sacarina en ambas tazas, cuando sabía perfectamente que su esposa detestaba el sabor del sucedáneo del azúcar. No obstante, mantenía intacta la ilusión por compartir con ella el resultado de tantas y tantas horas de dedicación.
Cuando entró en la cocina oliendo a loción corporal y colonia frescas como una mañana primaveral, antes de que tomase asiento se le aproximó y al besarla en la mejilla le dijo:
—Cariño, esta mañana tengo algo especial, muy especial que decirte…
—Mejor será que lo dejes para otro momento. Hoy me he levantado con el pie izquierdo y el día que me espera en el trabajo es de los de aúpa. Ayer el inepto de mi jefe, que no se merece otro calificativo más que el de inepto, que no sé cómo ha llegado a ese puesto habiendo otros, como yo sin ir más lejos, más capacitados y con más méritos que él, se mire por donde se mire, pues, como te decía, al señorito no se le ocurrió otra cosa que abrir un correo electrónico infectado con un virus que machaca los archivos de texto; claro, como el asunto era “love 2006”, el muy imbécil se pensaría que el correo era de alguna admiradora. ¡Admiradora! ¿Quién va a sentir algo que no sea repulsión por semejante engendro? Todas las correcciones que habíamos hecho entre los dos al borrador que le presenté se han ido al garete y ahora, durante toda la mañana, no tendré otra cosa en qué emplearme que en rehacer lo que el muy estúpido ha echado a perder, y para más inri en su despacho con el mastuerzo ese, que además una vez pasa la primera hora empieza a cantarle el sudor de un modo insufrible, para qué contarte más.
La mujer hablaba y hablaba, mientras distraídamente de un solo trago se tomó el zumo de naranja, untó la mantequilla y la mermelada en la tostada, y a pequeños sorbos fue acabando con el café de la taza.
—Lo que te quería decir, lo que quiero compartir contigo antes de hacerlo con nadie —intentó el marido de nuevo introducir el tema que estaba deseando comunicar a su esposa—, es que después de muchas, muchísimas horas de dedicación al trabajo que traía entre manos, ése del que te hablé hace cuestión de un mes, pues creo que he llegado al final del mismo y …
—No. No sigas. Mejor, después, durante el almuerzo me lo cuentas —interrumpió la mujer al tiempo que se levantaba de la mesa—. Si es algo tan importante, mejor será que le dediquemos el tiempo que se merece. Ya vamos con la hora justa. Anda, recoge las cosas mientras que yo trato de remediar un poco el desaguisado que la noche tan horrible que he pasado ha dejado impreso en mi cara.
En pocos minutos cada uno encaminaba sus pasos hacia sus respectivos lugares de trabajo. Durante los escasos quince minutos que tardó en llegar junto a sus compañeros de oficina, él fue dándole vueltas, preso de la duda, sobre si debería comentar algo del trabajo con su más fiel amigo, el otro informático de la empresa, o esperar a la hora del almuerzo y decírselo primero a su mujer. Para él era tan extraordinario lo que había concluido la tarde del día anterior que le resultaba dificilísimo guardarlo sólo para sí, de modo que decidió comentarlo, aunque sólo fuese de modo superficial, con el amigo. No entraría en detalles, bueno, a no ser que el compañero mostrase un exagerado interés. Llegó con unos minutos de antelación y cuando estaba encendiendo el ordenador apareció el amigo por la puerta con los nervios a flor de piel. «Dejaré que se tranquilice antes de decirle nada», pensó cuando vio el estado de ánimos en el que llegaba el otro informático.
Transcurrido un tiempo prudencial, después de intercambiar opiniones varias sobre temas del trabajo y acerca de los últimos asuntos de actualidad creyó que era el momento idóneo para hablarle de aquello que a él le hacía tanta ilusión compartir con otro, sobre todo con su amigo y compañero que era una persona culta y que siempre había sabido valorar sus creaciones. Pero, por lo visto, no debió de ser ése el momento más adecuado.
—Mira. Perdona que te corte de forma brusca, pero hoy no tengo el cuerpo para oír tus invenciones ―le dijo antes de que el amigo pudiese abrir la boca, y continuó―: Acabo de tener una trifulca con la parienta de las de mírame y no te menees, y la verdad lo que menos deseo ahora es tener que escucharte, atenderte, prestarte atención, entender lo que me digas y luego darte mi opinión sobre lo que me plantees. Sabes que siempre estoy dispuesto a ello, pero hoy es un mal día. Esa mujer y sus celos me van a matar. Pues no se empeña en que tengo un lío con alguien de la oficina. ¡Alguien de la oficina! «¡Cómo no sea con mi compañero de despacho, no sé con quién va a ser!» le he dicho. «Me habré vuelto sarasa», le añadí. ¡No te fastidia! Y lo malo es que cuando se empecina, se empecina de verdad y cuesta lo suyo hacerla cambiar de opinión. Así que es mejor que me cuentes eso que tanto te ilusiona en otro momento, hoy el horno no está para bollos, y seguro que ahora no sería capaz de apreciar nada de lo que me puedas presentar por muy interesante que sea. ¡Un lío con alguien de la oficina! ¡No te fastidia! ―repetía el amigo una y otra vez mientras se encajaba los auriculares para disponerse a solucionar los problemas planteados por el programa de gestión de nóminas de la empresa que dejó pendiente del día anterior.
Además del programa de gestión de nóminas también los enlaces y algunas animaciones de la web de la empresa comenzaron a dar problemas y llegó la hora del almuerzo sin que pudiera reunirse con su mujer en el restaurante de costumbre. Ella tampoco había podido acudir, seguía rehaciendo el trabajo que su jefe había mandado a la porra por causa del dichoso virus.
Al llegar a la casa el sol ya se había puesto hacía tiempo, deseaba encontrase con la esposa para contarle y contarle y hacerla partícipe de la ilusión que él tenía desde antes de que ese día amaneciera. Al entrar se encontró una nota en la consola del recibidor, debajo de ella un CD. “Por favor, cariño, trata de solucionarme el problema del trabajo titulado Proyecto de Granja Escuela para el Grupo Pedagógico Iliturgitano, haz que las uves vuelvan a serlo y que al marcar el acento no salga algún símbolo raro, que las tablas estén centradas, y que…, tú lo arreglarás en un periquete, yo no he podido hacerlo en toda la jornada, no me despiertes, estoy fatal, hasta mañana, 1bs”.
Se llevó el CD al ordenador y, como decía su mujer, en un periquete dejó el documento en perfecto estado. Mientras lo arreglaba se le vino a la mente una nueva idea ilusionante. Cuando llegó a la cama abandonó la de esa mañana y pasó buena parte de la noche dándole vueltas a la cabeza acerca del nuevo proyecto que minutos antes de acostarse le había hecho renacer la ilusión. Cuando lo tuviese bien madurado se lo expondría a su mujer y quizás también a su compañero de despacho.

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