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LA GACETA DE GAUCÍN

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Teodoro R. Martín de Molina

EL COPO DE NIEVE

    Lo había anunciado el hombre del tiempo pero, como casi nunca acertaba, nadie le hizo caso y en mi casa, al igual que todos los días de colegio, mi madre se disponía a ir despertándonos uno a uno para que nos enfrentásemos al diario quehacer escolar. Al atravesar el corredor miró por el balcón que daba a la plaza y vio que todo comenzaba a cubrirse de un blanco tapiz,
moteado de negros y marrones, verdes y rojos de las rejas, puertas y ventanas, que la nevada anunciada estaba dejando sobre nuestro pueblo. Aquí una nevaba es cosa extraña, aquello era un acontecimiento extraordinario y ese día no habría escuela. Suavemente me movió el hombro para que me despertase sin hacer ruido, me abrigó con una manta y, en brazos, me acercó hasta la ventana del comedor.
    Aquella mañana, el frío de la noche anterior dio paso a la templanza propia que suelen traer los copos de nieve cuando comienzan a inundar todo el espacio que nos rodea. Me restregué los ojos para cerciorarme de que era verdad lo que contemplaba. Miraba por la cristalera que daba al patio interior de la casa y sobre el pequeño boje, que en una enorme tinaja ocupaba el centro, comenzaron a posarse uno tras otro los copos que en poco rato convirtieron en blanco el verde intenso de sus pequeñas hojas. Quise seguir el camino de uno de esos copos desde que en su contraste con el rojo del tejado fue descendiendo frente a la pared de la sala salpicada de ramas de los arbustos que conformaban los arriates que estaban en su base. Este copo parecía rebelde a posarse suavemente en cualquiera de las hojas o flores, tampoco estaba dispuesto a dejarse arrastrar por la ley de la gravedad y llegar al enlosado del patio. Un soplo misterioso hacía que anduviese entre los demás sin seguir el camino de sus compañeros, muchos de los cuales al contacto con la superficie se transformaban automáticamente en agua helada o se acumulaban a otros anteriores para ir engrosando la nívea capa.  Subía, volvía a bajar, regateaba a la ramilla del mirto que estaba junto al jazmín. Cuando parecía que iba a quedar atrapado en los colores rosáceos y violetas de la última azucena de otoño que aún quedaba entre los rosales y que, como él, se resistía a convertirse en nada, volvía a elevarse y de nuevo estaba en el centro del patio libre de los tentáculos de los arbustos, y siempre alejado del pequeño estanque, cuya superficie se veía salpicada de manchas blancas formadas por la nieve caída en los nenúfares que habitaban en sus aguas verdosas.
    El resplandor del blanco sin igual de la nieve que caía y de la que ya se encontraba depositada en todo el recinto casi llegaba a molestarme. Tenía una especie de picor en los ojos que hacía que alternativamente, o al mismo tiempo, me pasase los dedos índices por los párpados de uno y otro. Casi me lagrimeaban al tratar de seguir el vuelo sin fin del aquel copo que no era como los otros. No podía retirarlos de él o ¿era él el que no me permitía que apartase mi mirada de sus cabriolas? Su forma de esquivar los obstáculos, el gambetear de sus extremos, los movimientos de su cuerpo, me recordaban las habilidades que debíamos tener cuando jugábamos a los Cruzados o a la Raya Francia, juegos en los que tenías que poseer esas destrezas para no ser tocado por los miembros del equipo contrario y verte obligado a quedar con los brazos en cruz a la espera de ser salvado por uno de tus compañeros, juegos en los que mi amigo Miguel era uno de los más hábiles.
    ¡Mi amigo Miguel! Hoy sería su entierrito. Ayer se fue de nuestro lado para siempre. La enfermedad que lo había tenido postrado en cama en los últimos tres meses había acabado arrancándoselo a sus padres de su lado y a nosotros, sus amigos, de nuestros juegos, de nuestras confidencias, de las travesuras de casi todos los días. Por las tardes acudía con alguno de los amigos a su casa. Preguntábamos a la madre cómo seguía y ella, con cara compungida, nos respondía que no se notaba mejoría. Salíamos del portal sin haber entrado en su casa y sin haberlo visto. Nosotros no sabíamos de eso pero los mayores decían que la enfermedad se podía contagiar.
    Al recordar a Miguel, me pareció reconocer en el copo transgresor de las leyes de la Física, las facciones y los gestos de mi amigo recién muerto, y me vino a la mente algo que en una ocasión escuché en las tertulias de mayores a las que yo solía asistir desde que fui capaz de entender lo que en ellas se comentaba; como eran por la noche, procuraba hacerme el dormido y, haciendo caso omiso a las recomendaciones de mi madre para que me fuese a la cama, con los ojos cerrados mantenía los oídos abiertos de par en par para que todo lo que saliera de sus bocas entrase en mi entendimiento. En una de esas ocasiones les oí decir que los copos de nieve eran las almas puras de los niños que habían muerto.
    Seguro que ese travieso copo era el alma de Miguel. Mi amigo había querido venir a despedirse antes de emprender el viaje definitivo, el que no tendrá vuelta hasta el final de los tiempos. Todos los demás copos, el resto de la nevada, debían ser las almas de aquellos  otros niños que se fueron antes que él y que habrían venido a acompañarlo para que no se sintiese solo y desamparado. Seguro que con ellos seguiría jugando a los Cruzados, a la Raya Francia y a todos los juegos en los que era un experto.

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