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Teodoro R. Martín
de Molina
CONTAGIO
VENIAL
Son esos momentos de la celebración religiosa en los que el oficiante comienza a sentirse como si flotara en el púlpito y diserta de lo divino y lo humano –más de lo primero− sin que todo lo que dice tenga mucho que ver con aquello a lo que las lecturas hacen referencia. Don Diego, comerciante de tejidos, una de las personas más pías de la comunidad, llegado ese momento de éxtasis del celebrante, comenzó a recordar cómo enrojeció de modo súbito el rostro de doña Francisquita cuando la tarde del día anterior se le había escapado una casi imperceptible ventosidad al agacharse para recoger la vara y media de tela de percal que acababa de comprar para hacerle a una de sus hijas un delantal. Al acudirle el recuerdo a su mente, no pudo evitar una sonrisa que se hizo más evidente cuando al mirar para un lado volvió a toparse con la cara de la señora del “pedito” que de nuevo, inevitablemente, se sonrojó ante la mirada del comerciante. La sonrisa se volvió conato de risa que tuvo que ahogar con unas toses fingidas que no pasaron desapercibidas para don Miguel que se encontraba detrás de él. Al ver la risa contenida de su amigo, don Miguel (propietario de la tienda de animales) trató de no mirarlo y redirigió su mirada al sacerdote que en ese momento seguía hablando de lo que a él le parecía importante y no tanto a los feligreses. Reparó en la roja nariz del cura y le recordó la zanahoria que había dado de comer a uno de sus conejitos antes de irse a la iglesia. Se imaginó al conejillo enganchado en la nariz de don Fulgencio, royendo vorazmente sus fosas nasales. Como quiera que en ese momento el sacerdote echó mano de su pañuelo, don Miguel creyó ver en realidad la blancura del pelo del conejo cubriendo toda la nariz del párroco, también tuvo él que echar mano de su pañuelo para evitar la carcajada que le produjo la visión que se le había representado en el púlpito. La risa traspasó la débil resistencia del pañuelo cuando al guardarse el cura el suyo le pareció que éste se había quedado sin nariz. Su esposa, que estaba al lado, le inquirió sobre el motivo de la risa, él, entre hipidos, le señaló la nariz del sacerdote. Al reparar en el cura, la señora vio cómo éste trataba de deshacerse de un moco que se le había quedado a medio camino entre la fosa nasal izquierda y el labio superior. Contagiada por el marido y creyendo que él se reía de lo mismo, lo que en él empezaba a ser una más que ostensible risa en ella subió una octava por encima de la del esposo. Dos bancos más adelante la señora del maestro, acompañada de su hijo pequeño, oyó la risa entrecortada del matrimonio y al volver la vista y ver a ambos con el pañuelo en la boca y las lágrimas a punto de saltarles, comienza a reír con una risa espasmódica que trata de ahogar tapándose la boca con la mano al tiempo que se obstruye la nariz con los dedos índice y pulgar de la misma. El niño asombrado la mira y no sabe si reír o llorar cuando ve los ojos de su madre que casi están a punto de salírsele de las órbitas. El angelito, no sabiendo bien qué hacer, trata de llamar la atención de la madre tirándole de la falda, con tanta insistencia y tanta fuerza que por un momento las nalgas de mamá, tapadas por unas hermosas bragas de color rojo, quedaron a la vista del contable de la fábrica de caramelos de miel del pueblo que, con la cara roja como un tomate, atrapa su achatada nariz con los dedos de su membruda mano derecha, la misma que todos los días acaricia el lápiz de grafito que es su herramienta de trabajo diario. A la señora del maestro se le cortó la risa en seco y al hijo comenzó a inflamársele el, a cada momento más enrojecido, carrillo donde recibió el bofetón de la madre. Los amigos del chiquillo se sujetaban el estómago para no reventar de la risa por el bofetón que había recibido, no sabían el motivo del castigo, pero el simple hecho de verlo rascándose el moflete y restregándose los ojos para disimular las lágrimas ya era motivo más que suficiente para reírse del amiguito. Si en un principio sólo fue el contable el que se apercibió del color de las bragas de la mujer, tras el sonoro bofetón el hecho no pasó desapercibido para los demás ocupantes de los bancos próximos, entre los cuales comenzaron a intercambiarse miradas de complicidad todas ellas cargadas con la risa que uno a otro se iban comunicando. Incluso el predicador pareció erguirse un poco sobre la baranda del púlpito tratando de ver qué pasaba en el banco de la quinta fila. No sabemos si llegó a ver las bragas de doña Edelmira –ese era el nombre de la mujer del maestro−, pero ésta sintió la mirada del cura y al momento enrojeció tanto que apagó el color de sus culotes. Algunas mujeres también pudieron apreciar el descosido, agujero o tomate que tenía justo en el centro del cachete derecho, lo cual les produjo aun una risa más profusa. Del momento casi somnoliento durante el proceso de levitación del sacerdote en su predicación se había pasado, sin previo aviso, a un rumor que casi apagaba la voz del cura, el cual se vio obligado a elevar el tono en un vano intento por reconducir la situación. La mayoría de los asistentes nunca prestaba atención a lo que les decía y en esta ocasión mucho menos. Todos ya estaban pendientes de algunos de los motivos que habían dado pie al risueño rumor, o en caso necesario se lo inventaban o imaginaban para no quedar al margen de los que parecían pasárselo tan bien sin tener muy claro el motivo. De los bancos en cuestión se fue propagando la risa después de preguntas y respuestas cada una de ellas distinta a la otra, pero que sin saber muy bien por qué provocaban la risa de sus ocupantes en un grado mayor o menor. El cartero del pueblo que estaba cerca del cancel pronto tomó el camino de la puerta viéndose incapaz de aguantarse por más tiempo, otros muchos siguieron su ejemplo y en el atrio de la iglesia se descargaron a pleno pulmón de toda la risa contenida que arrastraban del interior del templo. Asombrados y extrañados de lo ocurrido se interrogaban entre sí por el motivo de esta risa que se había apoderado de toda la iglesia. Unos hablaban de un desliz del sacerdote en la predicación. Otros decían que el monaguillo se había quedado dormido mientras el cura estaba enfrascado en la homilía. Hubo quien aseveró que el motivo había sido que el sacristán, un empedernido fumador, había encendido un pitillo en el presbiterio y que al darse cuenta se lo había guardado encendido en el bolsillo con el consiguiente sobresalto para su cuerpo. Mientras tanto don Fulgencio se vio obligado a dar fin a la homilía perplejo por la deserción que se estaba produciendo en la iglesia y apercibiéndose de las risas más que sonoras de algunos de los que quedaban y los comentarios en pequeños grupos de los demás. Se sintió vejado por todos los feligreses, aunque también llegó a pensar que él podía haber sido el detonante por haber dicho alguna inconveniencia o metedura de pata. Trató de buscar justificación a lo que sucedía mirando al sacristán y a los monaguillos pero ninguno estaba en disposición de mantener la mirada al sacerdote sin que les brotase una risa o carcajada. El sacristán apretaba los labios y ponía cara circunspecta, mientras que los monaguillos escondían la cara bajo el bordado del cuello del roquete. Intentó asemejarse a Jesús y le hubiese gustado echar mano del látigo para expulsar del templo a todos los cambistas y comerciantes que en él se encontraban y que no perseguían escuchar la palabra de Dios a través de la suya, sino cumplir y nada más. Con una mirada que atravesó a la encargada del coro de la parroquia hizo que ésta apagase la insinuante sonrisa de su boca y apretase con furor las teclas del órgano cuyo sonido comenzó a imponerse poco a poco al ambiente del templo y, con no pocas dificultades, se pudo continuar con la celebración, no sin que se produjeran a lo largo del resto de la misa nuevos atisbos de esta risa contagiosa que tiene efectos tan perversos y de la que todos hemos sido pecadores en uno u otro lugar, ante determinadas situaciones, siempre imprevisibles, y que es tan instintiva como un estornudo y tan contagiosa como un bostezo. Los más quisquillosos, los de conciencia más estrecha, se sintieron aliviados cuando antes de la comunión el sacerdote en una breve alocución sólo consideró el incidente de esa mañana de domingo como un “contagio venial”. |