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Teodoro R. Martín
de Molina
CENA DE EMPRESA Caminaba solitaria calle abajo en busca del aparcamiento donde cinco horas atrás había dejado su automóvil. Llevaba intacto el pack de dos unidades que en prevención de eventualidades había colocado en el bolsillo interior con cremallera de su bolso de mano. No había querido que le acompañara ninguna de las amigas que se ofrecieron para hacerlo; ellas se quedarían un rato más en la fiesta que de improviso se había organizado tras la cena de empresa. Vio la amargura reflejada en su rostro al pasar frente al escaparate del salón de belleza en el que cada mes se dejaba buena parte del sueldo para tratar de mantener su figura, su piel y su aspecto como tiempo atrás lo mantenía sin necesidad de tanto afeite. Ardía por dentro, pero más de rabia que de deseo. Para ella todo lo que habían supuesto sus anteriores cenas de empresa no eran más que diabluras, un juego, un pasatiempo, antes que un satisfacer necesidades eróticas y sexuales que no tuviese cubiertas con su matrimonio; de hecho, iba pensando en llegar a casa, para después de una buena ducha poner al marido en la tesitura de, a tan intempestivas horas, tener que desenvainar, o hacerse el longui y seguir durmiendo placenteramente, caso singular con respecto a las anteriores veinte cenas de empresa. No obstante, estas travesuras también le suponían una dosis extra de oxígeno que le hacía respirar mejor el resto del año y un gasto de adrenalina que la mantenía calmada por el mismo periodo. Casada desde hacía veinticinco años; había sido veinte veces infiel, siempre al amor de la cena de fin de año. Una compañera que vino a sustituir al vicegerente de la compañía le enseñó el camino. En el tocador de señoras, en el ascensor, en el hall, en el hueco de la escalera, en el guardarropa, a la vuelta de la esquina del establecimiento, apoyada en un banco del parque, en su coche, en el coche de él,…. Buscaba la emoción de lo inusual, el éxtasis de lo improvisado, el deleite de lo furtivo, la excitante necesidad de acabar, la intensidad de lo breve, el desconcierto del elegido. Cada año en un lugar diferente con un compañero distinto, eran sus premisas irrenunciables, en cada ocasión se inclinaba por un más inimaginable lugar al tiempo que por el más insospechado partenaire. Procuraba buscarlo entre aquellos que llevaban menos tiempo en la oficina, aquellos que apenas si la conocían, los transeúntes tenían un plus extra de probabilidad de engrosar su lista. Lo elegía entre aquellos con los que tenía poco trato y que desde aquel momento, indefectiblemente, dejaban, sistemáticamente, de recibir el más mínimo saludo de su inesperada y brevísima enamorada. No importaba mucho el aspecto, la edad ni el puesto del afortunado, pues afortunado se consideraba el que después de las felicitaciones y buenos deseos para el próximo año recibía el recadito de encontrarse con ella en el lugar que ya tenía decidido. Los días previos a la anual reunión de compañeros de trabajo para despedir el año, se cruzaban apuestas entre los empleados, fuesen hombres o mujeres, sobre a quién le susurraría al oído el lugar del encuentro. Ella misma había participado en las apuestas con el nombre de otra compañera cómplice. Se diría que jugaba con ventaja, pero ni mucho menos era ése el caso: la decisión jamás la tenía tomada de antemano, lo hacía sobre la marcha. En la mayoría de las ocasiones durante el cóctel de bienvenida o los aperitivos se decidía por su “víctima”, así le quedaba el resto de la cena para ir preparando el terreno, jugando mentalmente con el que sería su amante de ese año, la muesca número X en el revólver de su deseo. El flirteo de distracción con todos los masculinos compañeros casi siempre despistaba hasta al más sagaz de los reunidos. Comentario generalizado de los que habían pasado por sus susurros, gemidos y gritos contenidos era el aforismo conceptista de “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Todos coincidían en las excelencias amatorias de la jefa de personal, y algunos se quejaban de la rapidez con que ella alcanzaba la satisfacción, antes de que él bordeara el umbral del clímax. Año nuevo, vida nueva. Era norma dentro de la oficina. Hasta que no se aproximasen las siguientes navidades nadie volvería a comentar nada sobre la última cena de empresa, nadie se atrevería a hacer correr el más mínimo rumor al respecto. Todos tenían presente la suerte que corrió aquella que el primer año se atrevió a hacer comentario inadecuado al siguiente día de la cena. Una vez conseguido su propósito, la jefa sería implacable con el que no tuviese paciencia hasta las vísperas del siguiente fin de año. Por dentro todos se reconcomían pero ninguno estaba dispuesto a jugarse el puesto de trabajo por despegar sus labios o cruzar una insidiosa mirada o hacer un simple gesto que pudiese llegar a su conocimiento. Todos formaban parte del juego en el que ella los había envuelto. Algunas compañeras trataron de imitarla pero jamás tuvieron el estilo, la sutileza, y el poder del que ella disponía, y aun siendo en apariencia más merecedoras de llevarse al huerto a aquel que eligieran, jamás llegaron a hacer sombra a la jefa en la noche de la cena de empresa. Aquellas se dejaban atrapar por el atractivo comensal y siempre acababan en sus brazos por más de aquella ocasión y en boca de todos los compañeros por días sin fin. Aquel año no pudo ser. En casa, tras la ducha, se miró al espejo y se interrogó sobre qué había cambiado. Ella seguía estando turgente en casi todas las partes de su cuerpo, y si así lo parecía desnuda, cuánto más vestida, cuando las inevitables flacideces de la edad eran apenas perceptibles por la presión adecuada de cada una de las prendas que contorneaban su figura hasta dejarla convertida en envidia de sus coetáneas. Debía ser cosa de los hombres, se respondía a sí misma. Cada vez había menos en las cenas de empresa y de menor calidad, también pensó que sus propósitos debían ser otros. El garañón de antes habría dejado paso al especulativo, al calculador, aquel que busca en esas ocasiones no una cana perdida en el aire, sino no llegar a peinarlas sin progresar en la compañía y quedarse en el mismo puesto de siempre. Tampoco su marido pareció mostrar interés en esa noche por sus requerimientos. No lo quería pensar, pero, notó que languidecía. Se sintió ninguneada como nunca antes lo había sido. Cuando el elegido de aquel año abrió la puerta de su despacho, el nerviosismo se apoderó de ella, nunca había vivido algo parecido, ninguno de sus efímeros amantes había osado presentarse ante ella a la mañana siguiente Éste que ni tan siquiera lo había querido ser, allí estaba, desafiante, seguro de sí mismo y pavoneándose ante sus incrédulos ojos. Por un momento pensó que quizás viniese a satisfacer lo que la noche anterior no quiso, o no pudo. Su nerviosismo se transformó en excitación, el corazón comenzó a latirle de forma compulsiva, dejó de ser la dominadora de la situación, no se atrevía a moverse, a mirarle fijamente a los ojos, a balbucir unas pocas palabras, no quería delatar su estado anímico ante el jovenzuelo de pelo engominado y traje impecable que la noche anterior rehusó el polvo de soldado que ella le había ofrecido con leve bisbiseo al oído. Intentó ahuecarse el pelo en ademán mimético cuando lo vio aflojarse el nudo de la corbata y desabrocharse el único botón de la chaqueta. Clavó sus ojos en la pelvis del recién llegado y éste sin mostrar el más mínimo interés por la mirada de ella introdujo la mano derecha en el bolsillo de su chaqueta, sacó un sobre que, despreocupadamente, dejó encima de la mesa de la jefa de personal. Mirando su reloj se despidió con un afectuoso «Mañana, nos vemos» y abandonó la habitación sin devolver la mirada a los ya perdidos ojos de la mujer. Tardó unos segundos en reaccionar, cuando lo hizo no pudo emitir una sola palabra. Miró el sobre en el que aparecía su nombre escrito y, tomando el abrecartas que le había traído su marido tras su último viaje al extranjero, lo abrió pausadamente, sin prisas de ninguna clase. No necesitaba leer la misiva, la intuyó desde el momento en que vio salir del despacho a su inesperado visitante. No andaba muy descaminada en sus pensamientos de ese momento y de la noche anterior. “Gracias por tu labor durante estos últimos 20 años. Te tienes harto merecido un descanso después de tanto tiempo de dedicación por entero a nuestra firma. Los intereses de la compañía aconsejan un cambio de personas en los puestos de dirección; a partir del 1º de enero, el portador de ésta pasará a desempeñar tu función; confío en que sepáis hacer el traspaso del modo en que sean más favorecidos nuestros clientes. Te deseo los mayores éxitos en tu futura aventura personal y profesional. Si desearas no incorporarte a un nuevo puesto de trabajo, la compañía está dispuesta a estudiar un plan de prejubilación acorde con tus intereses.” Estaba firmado por el nuevo Director General, quizás el único que jamás supo qué era aquello que volvía distinto el normal desarrollo de la jornada laboral en los días previos a la cena de empresa de cada año, y que desde aquel día nunca más volvería a repetirse. Miró otra vez el escrito, después hacia la puerta. Notó que le faltaba el aire. Lentamente, con la parsimonia que sólo las personas en su situación son capaces de hacer gala, se desabrochó los primeros botones de la blusa y el pequeño corchete dorado que unía las copas del sujetador. Fijó la vista en la parte de sus senos que desbordaban por encima del encaje, se palpó suavemente por debajo del pecho izquierdo, cerca del esternón. Asió el abrecartas. Con un leve pero preciso golpe lo deslizó suave pero irremisiblemente hasta alojarlo en el fondo del quinto espacio intercostal. En pocos segundos el rojo pasión inundó toda la estancia mientras ella, mirada vidriada, sintió el último espasmo de amor. |