Álamos. Óleo de Salvador Martín.

LA GACETA DE GAUCÍN

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narrativa        



Teodoro R. Martín de Molina

AMABILIDAD


Nadie lo esperaba, pero se presentó.
Había salido de su país latinoamericano dos días antes. Sus ojos achinados, su piel morena, los dientes blancos como el azúcar y el pelo negrísimo, lo distinguían fácilmente de los europeos, orientales y africanos que se movían a su par. Era uno de los tantos que venía con visa de turista y con la intención de quedarse hasta que pudiese, hasta que fuese descubierto y repatriado como lo había sido en varias ocasiones con anterioridad, o, quién sabe, hasta conseguir no tener que volver porque un contrato de trabajo y el permiso de residencia se lo permitieran.
En un principio se movía de un lugar a otro con el resto del pasaje que le acompañó al subir en el Boeing de la compañía Iberia. Delante de ellos iba, como dirigiendo al grupo, la tripulación y detrás de todos la azafata rubia que le había servido su último café en la aeronave. Aferrada de su mano la pequeña criolla a la que le había recomendado su madre su cuidado y que venía para reencontrarse con el padre después de pasar una temporada con la india en los barrios de la capital donde domina el punga. Con la foto del padre de la chiquilla en la mano izquierda iba cotejando la imagen del papel con la de todos los hombres que se cruzaban en su camino, pero ya llevaban un buen tramo  y no se mostraba por el lugar. La niña parecía no echar en falta la ausencia de su padre y aparentaba sentirse a gusto con el señor que le deslió todas las galletas que le habían servido durante el trayecto y que la llevó al baño cuantas veces necesitó. No es que le agradase mucho la idea de tener que cargar con la niña, pero tampoco era algo que le inquietaba demasiado, quizás en otro tiempo se hubiese preocupado pero ahora no se sentía a disgusto por asumir ese compromiso. En cierto modo, le recordaba al menor de sus hijos y al mirarla, cierta nostalgia se apoderaba de él, nostalgia que le duraba segundos, porque de inmediato se convertía en gozo por tener el encargo de cuidar de esa pequeñaja.
Se aproximó a una ventanilla en la que un amable señor le ayudó a cumplimentar toda la documentación necesaria para poder permanecer en el lugar. Su sorpresa fue mayúscula, no se lo podía creer, el funcionario le dijo que podría quedarse por tiempo indefinido. Preguntaba y volvía a preguntar al amable señor si aquello que le decía era cierto y el amable señor, amablemente, respondía a todas sus preguntas y le resolvía todas las dudas que se le planteaban. Se maravilló de que las leyes hubiesen cambiado tanto en tan poco tiempo. De la niña que lo acompañaba prefirió no decir nada, no fuese a ser que se trocase la suerte, y el señor de la ventanilla se hizo el sueco y dejó que ambos se alejaran sin más ni más.
Mientras seguía caminando, no sabía bien a donde -se encontraba tan aturdido por el suceso-, pensaba en los contratos que en otras ocasiones había tenido que soportar, la mayoría de los cuales resultaban ser papel mojado cuando se lo presentaba a las autoridades para que le diesen la tarjeta de residencia. El último que le hicieron fue como medianero de una hacienda. El dueño, muy católico él, le resaltó, a la hora de la firma, el mes de vacaciones al año y un día de descanso a la semana. El descanso semanal era casi imposible pues había de atender a los animales del cortijo que no podían alimentarse por sí solos; los sábados y domingos, cuando venía el patroncito con su familia, también debía de atenderlos a ellos, además de a los animales. Las vacaciones anuales se resumían en 150 euros y un día en la playa para toda la familia, ¡qué bondad la del patrón! Pronto se le fue del pensamiento la imagen del patroncito, su oronda señora y la troupe de pequeños salvajes que los acompañaban a la finca los fines de semana.
En ojeadas alternas veía a todos los que, en orden perfecto, estaban colocados en ventanillas similares a la que él acababa de dejar. No sabía muy bien si era el uniforme o el tocado de los señores y señoritas de las ventanillas, pero todos parecían tener algo en común en sus rostros, ¡sería la amabilidad!, pensó. Cuando una persona es amable irradia un halo especial que la hace parecerse a las que son como ella, era algo en lo que él siempre había creído. No obstante, no dejaba de resultarle extraño tanta coincidencia. Pero no importaba, se sentía tan feliz. ¡Indefinidamente feliz! Tendría que regresar para traer a su esposa y a sus hijitos.
Se encontraba en un lugar en el que las paredes apenas eran perceptibles, había una luminosidad exultante. No recordaba, de ocasiones anteriores, esta terminal; parecía que todo había cambiado tanto como las leyes. Antes de abandonar el edificio se dirigió a una ventanilla que acababa de abrirse por el lugar que él pasaba. Preguntó sobre cómo conseguir que el resto de su familia viniese para reunirse con él (cada vez que tenía un pensamiento, una duda o una ocurrencia, se abría una ventanilla o se encontraba con un señor, o una señorita, que amablemente le respondían y le solucionaban todo aquello que él les planteaba). Esta vez, una señorita, tan amable como el señor anterior, le informó que no debía preocuparse de nada, que ellos ya se encargarían, en su momento, de hacer que todos volviesen a estar juntos de nuevo, pero que por ahora no pensara en ello y que ya le avisarían llegado el caso. No entendió muy bien la explicación, probablemente los giros lingüísticos le habrían hecho despistarse en alguna expresión, pero se quedó tranquilo, con un paz interior como nunca había experimentado antes.
Siguió caminando con la indita de su mano, volvió a mirar la fotografía del padre y entre todas las personas que había a su alrededor, y ya eran muchas, no pudo ver el rostro del retrato, era en blanco y negro y eso también dificultaba la identificación. La guardó en el bolsillo derecho de su guayabera blanca y agarrando a la niña por debajo de los brazos la subió sobre sus hombros antes de salir. Pensó que tal vez ella se encontrara mejor con otros chiquillos de su edad, pero por allí no se veían muchos. A una señora con aspecto de saberlo todo que estaba junto a la salida le consultó al respecto y la señora, tomando a la niña, le explicó que a partir de ese momento ella se encargaría de que la niña estuviese en el lugar más idóneo. Se paró. Vio cómo la señora y la pequeña se alejaban de donde él se encontraba jugando y correteando entre risas y alegrías, y pensó a dónde dirigirse.
Se asomó a la puerta y la luminosidad del exterior casi lo deja ciego. Buscó sus gafas de sol en el bolsillo de la camisa, al sacarlas de la funda vio que los cristales estaban hechos añicos. Cuando se volvió, un caballero, tras entregarle una protección especial para la vista, le ofreció su ayuda para orientarlo una vez abandonase el lugar. Él le preguntó por su equipaje, y nada más hacer la pregunta se arrepintió de haberla hecho. No había más preguntas que hacer, no había más dudas, todo estaba claro como el agua de manantial. La luz exterior lo había penetrado.
En un instante se vio ayudando a otros recién llegados y solucionándoles todas las dudas, las inquietudes y confusiones como, desde toda la eternidad, se las habían solucionado a él.