Jaime ESAÍN (Asociación Española de Críticos de Arte)

 

La pintura de la japonesa Kumiko Fujimura parte de principios caligráficos orientales, si bien sustituyendo los grafismos clásicos, reconocidamente estáticos, por sugerentes pictogramas en los que el color negro, alfa y omega de la pintura en opinión del maestro Miró, cobra movimiento, se deshilacha y serpentea en personales ondulaciones, pasando a convertirse en soporte de manchas cromáticas en las que se adivinan reminiscencias de figuras humanas que, apenas vislumbradas, se desvanecen en vibrados de sopesada expresividad.

Pintura poemática, repertorio de delicadas presencias impregnadas de profundo lirismo y que cifran su elocuencia significativa en el movimiento emocionado, que acierta a describir una realidad intimista tocada de honda sensibilidad, cuya expresión plástica cumple la afirmación de Cocteau de que "lo bello tiene aire fácil".

Elena BARLÉS (Profesora titular del Dpto. de Historia del Arte, Universidad de Zaragoza)

 

Vida y movimiento desde una mirada y sensibilidad japonesa.
La obra de Kumiko Fujiwara

Claro, oscuro
Vacío, lleno
Un respiro como suspiro
Al final, el movimiento
(Lourdes Parente)

Tras explorar universos interiores y exteriores, orientales y occidentales, Kumiko Fujimura decidió centrar su quehacer artístico de exquisita sensibilidad en la captación de la vida y el movimiento. Desde los albores de producción, Kumiko ha manifestado una poderosa atracción por figuras, generalmente femeninas, delicadas y sinuosas, con vaporosos atavíos, que, en profunda soledad o en cómplice compañía, danzan en el espacio de su intimidad, interpretando, con alma y cuerpo, melodías y ritmos, a veces suaves y cadenciosos, a veces apasionados y turbulentos. La artista observa con sus ojos y su corazón estas figuras y logra apoderarse del espíritu del movimiento que las posee. Y no solo es capaz de aprehender la vitalidad que les anima sino que también es capaz de plasmar en el lienzo esa vida en movimiento, reproduciendo también el lírico ambiente el que se desenvuelven. La negra pincelada trazada sobre fondo neutro, de clara extracción caligráfica, gestual, expresiva, en la que corazón y mano tienen su punto de encuentro, es la definidora principal de la representación y la que construye la vida de las formas. Larga o corta, rotunda o deshilachada, intensa o tenue, continua o intermitente, clara o confusa, cerrada o abierta, de lento y suave trazo o de apresurado y arrebatado arremolinamiento, juega con el vacío para potenciar su capacidad de sugerencia provocando que nuestra sensibilidad y entendimiento sienta y vea más mucho más de lo estrictamente representado. El color, plasmado en estáticas o movidas manchas, se une a la pincelada negra con íntima complicidad. En unas ocasiones, las manchas del color acompañan al trazo negro o se entremezclan y se enredan con él, intensificando su expresión y significado. En otras, se manifiestan con independencia, aportando nuevas posibilidades y abriendo la puerta a nuevas sugerencias. Se mueve la artista con especial soltura entre las gamas frías y cálidas. Le gusta jugar con los efectos del contraste y con frecuencia consigue avivar nuestra atención al introducir puntuales toques de roja tonalidad en lienzos donde predominan las gamas frías. Estas últimas parecen ser de su predilección, aunque consigue cotas de gran fuerza expresiva y belleza cuando plasma figuras femeninas que aparecen ataviadas con solo el fulgor de las llamas. En fin, la singular y siempre asimétrica composición realizada por Kumiko Fujimura de vacíos, expresivos trazos negros y manchas de color en el neutro espacio de cuadro logra suscitar en nuestra imaginación la sugestión del paso del tiempo ya que la imagen instantánea y estática de la realidad tangible se convierte en nuestra mente en una imagen en movimiento.
Siempre dentro de una misma y coherente línea evolutiva apreciamos en la última producción de Kumiko Fujimura una tendencia a la simplificación. En sus más recientes obras observamos un cierto desapego de la figura, que todavía se insinúa de manera evanescente, pero que apunta, sino a un tímido acercamiento a la abstracción, a una búsqueda de aquellos elementos esenciales de la vida y movimiento que transcienden el mundo de las formas y figuraciones concretas. Las manchas de color ganan fuerza, independencia y extensión y las pinceladas negras se desvinculan de la construcción de las formas para discurrir sobre el lienzo con vida y movimiento propios.

En fin, solo nos queda señalar que aunque Kumiko Fujimura se ha formado en el campo de las Bellas Artes en nuestro país y ha desarrollado la mayor parte de su trayectoria como artista en un ámbito occidental, no cabe duda que su obra es, como ella, esencialmente japonesa tanto por su sutil y elegante sensibilidad, llena de matices, por su espontaneidad y naturalidad, que, como es frecuente en Japón, es fruto de un profundo estudio y disciplinado trabajo, por su gusto por el movimiento, esencia de la Naturaleza que tan amada en el archipiélago nipón, y por los claros ecos de la tradición pictórica y caligráfica japonesa tanto a lo que se refiere a las técnicas como a los recursos expresivos. De hecho, una importante parte de su producción se desarrolla en el campo del sumi-e, pintura a la tinta china que tiene en el pasado de la historia del arte japonés sus más brillantes y espectaculares ejemplos, técnica y forma de expresión artística, de la que Kumiko es además es profesora y maestra.