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La
Teoría Económica
describe el monopolio natural como el que se establece en un mercado
en el que la barrera de entrada es muy alta pero el coste marginal de
producción muy bajo. Por ejemplo, el mercado de las
telecomunicaciones: crear una red de telecomunicaciones en un
territorio es algo muy costoso, hay que hacer cosas como extender
quilómetros de cable, instalar miles de antenas y poner en
órbita satélites, así como construir
centrales
de comunicaciones con todos los equipos necesarios y llevar a los
hogares los correspondientes terminales convenientemente
conectados... Frente a eso, dar servicio a algunos usuarios
más
o soportar un mayor número de comunicaciones entre usuarios
tiene prácticamente un coste de 0. Por eso se da la
situación
de monopolio, porque una vez se ha establecido una empresa, a una
segunda le resulta casi imposible establecerse, ya que ha de hacer
(de nuevo) una gran inversión que tardará
muchísimo
tiempo en amortizar, debido a la dura competencia de la primera
empresa, que cuenta con la ventaja de tener su inversión
inicial amortizada.
La
bondad de la libre competencia que
postulaba Adam Smith se basa en un modelo matemático cuya
conclusión es que cada competidor se ve obligado a vender al
precio más bajo posible y a producir todo lo que alguien
está
dispuesto a comprar por ese precio. El problema es que en una
situación de monopolio no hay competidores, por tanto no hay
libre competencia ni máxima producción al
mínimo
precio. ¿Qué sucede pues?
Sin
competencia, una empresa
monopolística se limita a producir la cantidad precisa de su
producto al precio preciso para conseguir el mayor beneficio posible
¡Todo un sueño para los codiciosos!. Como es
natural, en
una economía “libre” el primer objetivo
de los promotores
de una empresa es conseguir ocupar la posición dominante en
un
mercado monopolístico, de modo que esas posiciones se
convierten en sí mismas en un bien altamente valorado que se
consigue y se protege mediante la especulación y la
corrupción. Incluso se da el caso de monopolios creados
artificialmente haciendo uso de diferentes maniobras (franquicias,
retención de información o de
teconología clave,
concesiones administrativas exclusivas, etc.).
Naturalmente,
no hay monopolios
perfectos, lo habitual es que haya más de una empresa
presente
en un mercado monopolístico, a veces por la
acción de
los poderes públicos que reaccionan con temor ante el poder
creciente de los monopolios (ese fué el móvil que
inspiró las primeras leyes antimonopolio de finales del
siglo
XIX en los EE.UU.) y las más de las veces por las apuestas
de
grandes grupos financieros que irrumpen en un mercado
monopolístico
con el objetivo de hacerse con él, pero la supuesta
situación
de competencia es un espejismo: los escasos competidores tienen
fuertes incentivos para pactar el reparto de los beneficios
inherentes al monopolio o, mejor aún, para fusionarse y
así
reducir gastos al mismo tiempo que llevan su actividad al punto
óptimo.
Las
fusiones entre grandes empresas multinacionales o bancos se presentan
en los medios de comunicación como operaciones
“necesarias” para “mantener la
competitvidad”, “mejorar la eficiencia del
sector”, etc. Todo ello es una mentira, obviamente, ya que
como estamos viendo de lo que se trata es de ensanchar e intensificar
los monopolios.
¿Qué
hacer ante los monopolios?
El
principio político-económico
del laissez faire es completamente inoperante ante la
situación
de pérdida de bienestar que genera la existencia y
proliferación de monopolios. De hecho, el poder que
concentran
los monopolios es tal que consiguen corromper gobiernos y con ello
aumentar más y más sus beneficios y su influencia
en
perjuicio de los consumidores de sus servicios o productos. Incluso
en ámbitos más pequeños, como el
mercado
inmobiliario en un municipio mediano, es difícil evitar la
acción de propietarios especuladores que retienen
propiedades
hasta que los precios son lo más altos posible (localmente,
la
propiedad de un terreno es un monopolio en la medida en que no es
completamente sustituible por otra propiedad que esté, por
ejemplo, más alejada de las principales vías de
transporte).
La
intervención colectiva sobre
la economía es la única manera de invertir esta
perversa dinámica (siempre que se evite la insidiosa
presencia
de la corrupción). ¿Cómo? Separando
tanto como
sea posible los elementos que dan carácter de naturaleza al
monopolio y convirtiéndolos en un servicio
público. Por
ejemplo, la creación y mantenimiento de las infrastructuras
de
comunicaciones debería ser objeto de la actividad de
organismos públicos sin ánimo de lucro y
controlados
por la comunidad, y no por sociedades privadas, ni tan siquiera
cuando lo hacen por concesión administrativa. Garantizado el
dominio público de las infrastructuras, sí que
puede
esperarse libre competencia entre las empresas que hagan uso de esas
infrastructuras para ofrecer sus servicios a los consumidores.
La
falacia de la superioridad de la gestión
privada
Desde
los años 80 del siglo
pasado se viene imponiendo la idea de que los servicios
públicos
deben ser privatizados o, al menos, gestionados por empresas
privadas. Los primeros argumentos, a caballo de las respectivas
revoluciones conservadoras de Margaret Tatcher en Gran
Bretaña
y Ronald Reagan en EE.UU., fueron claramente ideológicos: el
Estado no debe hacer más de lo imprescindible, el Estado del
Bienestar debía convertirse en un menú de
servicios de
pago riguroso (Enseñanza, Sanidad, Pensiones, Servicios
Sociales...) e incluso la gestión de servicios e
infrastructuras básicas como el ferrocarril o el servicio de
correos debía cederse a la “iniciativa
privada”. Se
argumentaba al hacerlo que las empresas privadas eran más
eficientes que la Administración Pública porque
las
empresas privadas estaban sometidas a la libre competencia y de ese
modo se renovaban organizativa y tecnológicamente com
más
frecuencia y efectividad que una Administración
Pública
adormecida por décadas de inmovilismo y torpe burocracia. En
un primer análisis lógico es un argumento
estúpido:
el efecto balsámico de la libre competencia lo suministra el
mercado en el que se actúa, no es intrínseco de
las
organizaciones que actúan en ese mercado. Un segundo
análisis
de contexto del argumento lo que revela es cinismo: los responsables
de la Administración Pública la ahogan con
complejas
normativas y severas restricciones presupuestarias para descalificar
a continuación su funcionamiento y pasar a desmantelarla en
beneficio de oscuros intereses privados.
Lo
más curioso del caso es que
los socialdemócratas europeos (y los demócratas
de
EE.UU.), los ufanos protagonistas de la expansión del Estado
del Bienestar hasta aquel entonces, hicieron suyo también
esos
argumentos de la necesaria
“profesionalización” de los
servicios públicos, de la privatización de las
empresas
públicas (que se venían ocupando de los grandes
monopolios). ¿Por qué?
Bien,
pensemos un poco. Los grandes
monopolios y los servicios públicos asociados al sector
público en los años 60 y 70 no podían
ni pueden
ser asumidos por cualquier empresa por mucho que se troceen:
construir una autopista de peaje requiere una gran cantidad de
capital, gestionar las pensiones de los trabajadores es un colosal
negocio financiero, conseguir y mantener los grandes contratos de
servicio público (limpieza pública o
mantenimiento de
infrastructuras) no es algo que pueda abordar cualquier empresa... Y
el caso es que todo ello da unos beneficios incalculables y
sostenibles a largo plazo. Mucho dinero que invertir, mucho dinero
que ganar y todo ello pendiente de la decisión de unos tipos
que para ganar elecciones necesitan importantes créditos que
luego no pueden devolver. ¿Parece ahora extraño
que a
todos esos tipos les parezca indiscutible la superioridad de la
gestión privada?
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