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Seguramente
hay cosas peores que perder la vida, pero todos seguramente estaremos
de acuerdo en que el primer derecho que hemos de asegurarnos como
individuo que vive en una sociedad es el derecho a la propia vida.
Efectivamente, si no hay vida no hay posibilidad de disfrutar de
ningún otro derecho, de modo que la vida es lo primero que
nos hemos de comprometer a garantizar. En estos días, hablar
del derecho a la vida se entiende frecuentemente que equivale a hablar
de la eutanasia o el aborto, pero en realidad estos son temas
marginales (es por ello por lo que son más dificiles de
analizar). Lo primordial del derecho a la vida es la
cooperación colectiva para la supervivencia de todos. Esto
es mucho más obvio y tiene consecuencias para la existencia
de muchísimas más personas que cualquiera de los
otros temas relacionados tangencialmente con el derecho a la vida y que
son tan debatidos en los púlpitos. Hay millones de personas
en el mundo que tienen muy pocas probabilidades de que sea respetado su
derecho a la vida: los que no tienen acceso a los alimentos, los
enfermos que no pueden conseguir las medicinas o los tratamientos que
les podrían salvar la vida, los habitantes de los
países azotados por la guerra, los condenados a muerte por
crímenes reales o imaginarios, etc. Las implicaciones del
derecho a la vida son pues extraordinariamente amplias y merecen ser
examinadas con detalle. Necesidades inmediatas Para conservar la vida
es necesario disponer día a día de los recursos
necesarios para preservarla: hacen falta alimentos, hace falta un lugar
en el que resguardarse y habitar, hace falta vestido, hace falta
acceder a las atenciones médicas necesarias llegado el
momento. En un país desarrollado esta clase de necesidades
se cubre mediante la disponibilidad de una renta mínima,
aunque obviamente no todo el mundo ni siquiera en los países
desarrollados tiene actualmente acceso a una renta mínima.
La garantía de una renta mínima universal es
desde este punto de vista un derecho básico a establecer,
una renta que permita cubrir las necesidades básicas
individuales incluso cuando el individuo no esté en
condiciones de realizar un trabajo remunerado que le permita ganarla.
Las necesidades inmediatas y el Estado del Bienestar Hay otras maneras
de garantizar las necesidades inmediatas, evidentemente. Por ejemplo,
el paternalismo prusiano del mariscal Bismark inventó al
efecto el llamado Estado del Bienestar, invento que los
socialdemócratas y los democristianos europeos de la
postguerra mundial hicieron suyo. La idea que anima el proyecto del
Estado del Bienestar consiste en que la Administración del
Estado ha de facilitar los bienes y los servicios necesarios para
cubrir las necesidades mínimas de aquellos que no pueden
conseguirlos por sí mismos. Para Bismark, se trataba de
mantener a ralla el descontento de "la masa" y prevenir el crecimiento
de los movimientos obreros revolucionarios. Para los
socialdemócratas, se trataba de redistribuir la riqueza
mediante los mismos mecanismos de "Estado Protector" que
inventó el Mariscal para mantener el orden en "su cuartel".
Para los democristianos, era la versión institucionalizada
de la caridad cristiana. Los anarquistas no podemos aceptar este Estado
del Bienestar porque presupone la incompetencia de los más
desfavorecidos para proveerse por sí mismos de lo necesario
y los humilla obligándolos a solicitar las ayudas y los
servicios gestionados por los gobiernos. Todos los individuos con
capacidad para hacerlo deben trabajar, y en correspondencia con ese
deber tienen derecho a recibir una remuneración incluso
cuando no les es posible realizar un trabajo. Eso es lo más
respetuoso con la dignidad de todos y eso es lo que reclamamos los que
queremos una sociedad sin dominadores.
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