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Tanto
el marxismo como el liberalismo nacieron como ideologías
revolucionarias en su momento. Ya hemos visto que en su lucha contra el
absolutismo el liberalismo se hizo antiestatista y
reivindicó entre otras la libertad de mercado como forma de
desarrollo social y económica más justa y
eficiente. También hemos visto que el marxismo, en su lucha
contra la explotación de los trabajadores, ha denunciado el
abuso de poder ejercido por el Capital y ha hecho suya la figura del
Estado Protector como único garante del bienestar de los
más débiles.
Tanto
en un caso como en otro los objetivos son nobles y en su momento,
revolucionarios. ¿Cómo es entonces que esas
ideologias se hayan convertido cada vez con más frecuencia,
en instrumentos de opresión?.
No
insistiremos en lo dicho en otra parte respecto de la visión
devaluada que estas ideologias tienen de la capacidad del ser humano
para dictarse, aceptar y respetar normas sociales y de convivencia
justas. En realidad, lo que ha sucedido con estas ideologias es el
resultado de su institucionalización.
La
institucionalización de las ideologias
Una
ideologia se institucionaliza cuando se torna dominante (o codominante)
en una sociedad y, por derivación, en sus instituciones y
grupos dominantes. En ese proceso, el discurso ideológico se
vacía de contenido, es repetido como una letanía
por militantes y funcionarios dejando a un lado todo debate, se
dogmatiza y al final, se reduce a unas pocas reglas básicas
en forma de consignas.
Óbviamente,
al final del proceso, ya no nos encontramos con las mismas ideologias,
lo que nos queda no son ni tan sólo ideologías,
lo que queda son recetas, reglas de comportamiento ante problemas
concretos. ¿Hay que fomentar el desarrollo de una
región? Pues entonces hay que invertir en la
creación de empresas públicas y en
infrastructuras (versión "neomarxista"), o bien, hay que
privatizar las empresas públicas o liquidarlas si no es
posible que sean competitivas y para que no "ahogen" con su competencia
desleal a sus alternativas privadas al tiempo que hay que derogar toda
normativa restrictiva de la inversión y la
producción sobre el territorio de la región a
desarrollar (versión "neoliberal").
Durante
el último tercio del siglo XX se ha consumado la
institucionalización y la mixtificación de las
grandes ideologias que arrancan ya desde los inicios del siglo XIX.
El
liberalismo se ha ido esclerosando en torno de una teoría
económica y se ha reducido a las consignas que reclaman todo
el poder para el Mercado. Se trata del mensaje ya
arquetípico "Laisez dire, laisez faire", de la idea de "la
mano invisible" que equilibra la oferta y la demanda y con ello ordena
de la forma más eficiente la sociedad, etc. Con la
institucionalización el liberalismo se ha convertido en
mercadismo.
El
proceso del marxismo ha sido más rápido y ha
tenido sus propias peculiaridades e incluso una doble
versión según se trate de los países
en los que ha sido la única ideologia oficial o en los que
ha debido de competir con el liberalismo. En los países del
llamado socialismo real, la protección contra los desmanes
del mercado se convirtió en economia planificada, en
estatalización y hiperregulación de la vida
social, en entronización de la burocracia,... En los
países en los que debía competir con otras
ideologías se centró en ideas como
"redistribución de la renta", "reequilibrio territorial",
"regulación del mercado" y "estado del bienestar". Estas
ideas se resumen en una sola "el Estado debe corregir las fallas de la
Economia de Mercado". Con la institucionalización el
marxismo se ha convertido en estatismo.
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