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El
Anarquismo como idea, aunque fue alumbrada de forma
contemporánea al socialismo marxista y aunque tuvo padres
bien identificados ha llegado a nuestros días acosada por la
confusión de variadas tendencias que se han reclamado
anarquistas desde posiciones no sólo diferentes, sino
incluso antagónicas, sin mencionar la
autoreivindicación de un pretendido carácter
anarquista de colectivos y personajes pintorescos en virtud de
criterios triviales o inexistentes.
Anarquía es una palabra escogida por Proudhon con
ánimo casi provocador que se define por lo que niega:
Anarquía, como oposición a Monarquía o
Oligarquía; la negación del poder como
oposición a la afirmación del poder de uno o de
unos pocos. Esta negación del poder es a la que todos apelan
para justificar su “anarquismo” y así si
alguno desobedece tal o cual ley (sea justa o no) alega que es
anarquista, si otro se niega a someterse a tal o cual medida es porque
se considera anarquista, si otro más abandona a su familia y
se desentiende de sus compromisos pretende estar haciendo un acto de
afirmación anarquista.
¿Es que la Anarquía sólo puede
entenderse como ausencia de todo orden y criterio? En absoluto,
dirá cualquier anarquista consciente, ya que al lado de la
negación del sometimiento, de la opresión, existe
una afirmación que es preciso explicitar, pero
¿cuál ha de ser esa afirmación?.
Tomemos dos de las primeras cuestiones que ha de plantearse una
teoría política: el papel del individuo y el
papel de la colectividad en la construcción de la vida
social.
Respecto al individuo cabe plantearse ¿cuáles son
sus móviles frente al resto? ¿es el ser humano un
hommo
economicus que se mueve sólo por el
interés
individual, buscando el beneficio económico personal mayor y
más rápido por delante de cualquier otra cosa? O
por el contrario, ¿predomina en el ser humano la voluntad de
hacer lo correcto, animado por la empatía con sus semejantes
y los sentimientos de solidaridad y justicia?
Respecto a la colectividad nos preguntaremos ¿son capaces
los grupos humanos de organizarse de mutuo acuerdo, estableciendo
objetivos comunes que luego puedan perseguir de un modo eficaz? O por
el contrario, ¿sólo el liderazgo de un individuo
o una élite pueden establecer y conducir en su
prosecución los objetivos más adecuados para el
conjunto?.
Podemos ver este doble análisis reflejado en el
gráfico de la página siguiente. Según
se propone, el eje individualismo-socialismo hablaría de las
motivaciones del individuo, y el eje totalitarismo-anarquismo se
referiría a la capacidad de los colectivos para formar una
dirección común. No debería sernos
difícil ubicar las ideologías conocidas en este
mapa y así todas las variantes históricas del
marxismo (leninismo, troskismo o estalinismo) se ubicarían
en un punto u otro del sector próximo al vértice
del socialismo autoritario, los socialdemócratas
estarían (¡en general!) justo por encima de la
línea que hace de frontera entre el sector mencionado y el
que tiene su vértice en el anarco-comunismo, los liberales
clásicos se repartirían por la superficie del
sector del anarco-capitalismo y tanto los conservadores como los
fascistas de diverso pelaje formarían la família
que tiene en su extremo el leviatanismo.

Retomando
el hilo de nuestra argumentación, notemos que el anarquismo,
como su antagónico el totalitarismo, no puede identificar
una ideología única, coherente en sí
misma. Así, las diferencias entre anarco-capitalistas y
anarco-comunistas son tan grandes como las que podrían
observarse entre conservadores y comunistas, y en todo caso menores que
las que hay entre los social-demócratas más
progresistas y los anarco-comunistas.
En definitiva, no han de extrañarnos las enormes
discrepancias que se debaten entre grupos y sujetos que se presentan a
sí mismos como anarquistas, ya que para definir una
ideología política anarquista coherente es
preciso añadirle un apellido
al anarquismo, hay que sumarle
alguna afirmación a la negación básica
del poder coactivo.
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