
La Iglesia en el Evangelio de San
Marcos 
Autor del texto: Padre Marcos Sánchez, Salta, Argentina.

oma, un día
cualquiera entre los años 65-70, el hombre mira por la ventana del cuarto que da
a la calle, ha terminado de escribir su libro: “Comienzo de la buena
noticia...”. Desde lo alto, todavía pueden verse los rastros del terrible
incendio que en el 64 arrasó la ciudad. Mientras sus ojos se
relajan, su mirada recorre toda la urbe, desde lejos afloran recuerdos y
emociones que lo perturban. Los rostros de los amigos que ya no están, las
lágrimas y los gritos de las mujeres y de los niños llevados a la muerte en el
coliseo, los allanamientos practicados por la “militia” en las casas de
los notables de la Iglesia... Sus
ojos se empapan por las lágrimas, mientras abajo la ciudad sigue con su rutina y
ruidos diarios.
¿Qué había pasado?
maginemos. Luego del Incendio los
cristianos están en un imperio que los rechaza y los maltrata. La acusación de
ser los autores del desastre, no solo llegó a las calumnias, a las injurias, a
los maltratos; sino también a la tortura y a la muerte de los creyentes, muchos
perdieron sus vidas, familias enteras fueron aniquiladas, asesinadas,
crucificadas, quemadas vivas, entregadas a los leones y a las fieras salvajes en
el coliseo, les quitaron sus bienes, expropiaron sus tierras, perdieron
todo...
Otros, los menos valientes, se apartaron
de la fe por temor, prefirieron dejar a Jesús, para no ser torturados, para no
perder la vida, para no encontrarse con la posibilidad de que se les arrebate
sus bienes y, aún más, la propia
existencia.
Tiempo después de esa persecución
terrible y dolorosa, de esas muertes, donde todos habrán perdido aunque sea un
pariente, viene Marcos y escribe su evangelio.
“Según el aforismo de Martín
KAHLER,
casi se podrían definir los evangelios como historias de la pasión provistas de una introducción
detallada”. Y Marcos hace eso, pone la pasión como
el centro de su evangelio e intenta mostrarle a su pueblo, que ha sufrido
muerte, ha sufrido expropiación de bienes, ha sufrido torturas y que ha sufrido
el desmembramiento de la comunidad por el abandono de muchos, que todavía se
puede luchar, que Jesús sigue siendo el Rey, aunque las apariencias muestren lo
contrario.
Marcos se debe haber preguntado: ¿Cómo
hablarles de fe a personas que sufrieron? ¿Cómo hablarles del amor y el señorío
de Dios a personas que lo perdieron todo, que fueron torturadas, que fueron
maltratadas, que les asesinaron los parientes, que perdieron hijos, esposo,
esposa, a sus padres, por el poder del Imperio? ¿Cómo hablarle a esta gente que
ha quedado en la ruina y desde que se desató la persecución hasta ahora están
mal, y todo por seguir a Jesús?.
Y así nace su Evangelio, y de allí nace
el relato de la pasión en donde Marcos cuenta lo que verdaderamente le pasó a
Jesús, pero con ojos romanos, con ojos de sufrimiento. Lo primero que hace es
querer mostrarnos que hay que tener fe aunque no se vean milagros, aunque Dios
no se haga ver, aunque pareciera que él nos ha abandonado.
El centurión romano, llegando al final
del Evangelio, dice: “verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc 15, 39).
¿Y qué vio? Vio un cadáver colgado de la cruz, un hombre muerto y torturado, vio
alguien golpeado, no vio un milagro, no vio el poder de Jesús, vio su muerte y
su silencio. Allí encontró la fe. Es un centurión romano. Un mensaje claro a la
Iglesia romana, de esa Roma imperial que la maltrataba, que a pesar de toda
desesperanza, tenía fe.
El evangelio de Marcos es una
catequesis, una enseñanza, de cómo Jesús vivió y como murió para salvarnos, y de
cómo nosotros al igual que Simón de Cirene tenemos que tomar su cruz:
“...Debemos
partir del hecho probable de que San marcos presenta una catequesis, un manual
para el catecúmeno. Es decir el Evangelio de Marcos es un Evangelio hecho para
esos miembros de las primitivas comunidades que comenzaban el itinerario
catecumenal. El Evangelio de Marcos se puede llamar, sin duda, el Evangelio del
catecúmeno.
En cambio,
el de Mateo es el Evangelio del Catequista, porque ofrece un conjunto de
prescripciones, doctrinas y exhortaciones.
El de Lucas
es el Evangelio del Doctor; es decir, el Evangelio que se le da a quien desea
una profundización histórico-salvífica del misterio en una visual más
amplia.
El Evangelio
de Juan es, en fin, el del Presbítero; le da al cristiano maduro y contemplativo
una visión unitaria de los varios misterios de la salvación.
Marcos es, pues, el primero de estos cuatro
manuales: el manual del catecúmeno; se encuentra en el centro de un itinerario
catecumenal. Se puede condensar con las palabras de Jesús a los suyos: A
ustedes se les ha confiado el misterio del Reino de Dios; en cambio, para los de
afuera, todo es parábola (Mc 4, 11). Este Evangelio, en efecto, nos muestra
cómo de las parábolas, o sea, de la visual exterior del misterio
del Reino, podemos entrar al interior y recibir este misterio”.
Según estas palabras de Martini, podemos
concluir, junto con Xavier León Dufour que Marcos es un catequista, abreviador
de contenidos, que insiste en el aprendizaje de lo que su tradición religiosa le
enseña. Marcos escribe para gente que recién se está formando, son los saben que
seguir a Jesús implica sufrimiento, y vieron los efectos terribles de la
incomprensión de los que no entienden, de los que se oponen a la fe. Pesa más en
san Marcos, ser fiel a la tradición recibida, que evangelizar. Marcos es más un
catequista que un evangelizador.
¿Cómo era la comunidad de Marcos? ¿Qué
concepción sobre la Iglesia tenían? ¿Cómo vivían la comunión entre ellos después
del desastre? Son las preguntas que pueden guiarnos en la comprensión del
Evangelio de Marcos y hacer que este tenga más sentido en nuestra vida de
Iglesia en Comunión.

TINIEBLAS EN PLENO
DÍA:
sí como el humo del incendio de Roma
volvió tinieblas la claridad del día, al igual que el eclipse del sol producido
en la muerte de Jesús a las tres de la tarde, también los cristianos de ese
momento vieron caer la noche sobre ellos, sus vidas se volvieron terriblemente
frágiles, las tinieblas se adueñaron de la situación. En nuestro continente
latinoamericano sufrimos lo mismo, vivimos bajo un cielo sin
estrellas. La expresión no es mía, la tomo
prestada de Elsa Tamez, biblista centroamericana. En un artículo suyo, nos dice:
Hoy en
América latina estamos viviendo bajo un cielo sin estrellas. “Ausencia” –con su
cortejo de sinónimos: falta, privación, omisión, alejamiento, separación,
partida, abandono, retirada, huida–, me parece, es la palabra que define esa
realidad. (...) ...el cielo que
cubre el continente y el Caribe llora ausencia. Ausencia de pan, de amor, de
justicia, de solidaridad, de movimiento, de paz, de utopías, de Dios. La
globalización económica, con sus políticas de mercado libre, no sólo está
profundizando las divisiones sociales contra las cuales luchamos las décadas
pasadas, sino, me parece, nos está robando los sentimientos que nos recuerdan
nuestra humanidad: conmovernos frente al dolor de nuestro prójimo y nuestro
hábitat.
Hoy se vive
ausencia pero con mayúscula. La oscuridad del cielo sin estrellas nos dispersa y
nos obliga al repliegue individual. Como si estuviéramos bajo el mandato de un
toque de queda, nos quedamos metidos en casa. (...) hay que ser realistas, no
hay alternativas sino dentro de la política neoliberal actual, se nos dice; y
los horizontes se van cerrando bajo un cielo sin estrellas, y los niños de la
calle siguen aumentando y los desempleados siguen creciendo, y el número de
mujeres golpeadas y asesinadas sigue subiendo y las enfermedades erradicas desde
hace años, y nuevas enfermedades extrañas siguen apareciendo. Estamos en un
proceso de involución donde la razón pierde terreno frente a la irracionalidad.
Los discursos de políticos y filósofos van por un lado y las realidades por
otro. Y la gente en tumultos, apiñada, corre en busca de la mejor oferta
religiosa que por lo menos le llegue al alma y le ayude a soportar la
miseria.
Como vemos, nuestra Argentina no es la
excepción a la regla de Latinoamérica. Si comparamos la situación de la
comunidad de Marcos o, si queremos, desde lo que Marcos le escribe a su
comunidad (específicamente el relato de la Pasión) nos encontramos con la misma
realidad. Hoy se nos habla de globalización, que pareciera oponerse, por las
consecuencias que engendra, a la comunión. Son sólo términos, pero que expresan
mucho. En la pasión de Jesucristo, detallada por Marcos, los poderosos se
globalizan entre sí bajo el imperio de la muerte. Pareciera que la única palabra
pronunciada por estos globalizados es: ¡Crucifícalo! No hay distinción entre la
mano armada, los ideólogos y el pueblo masificado. Todos quieren finalmente lo
mismo: matar a Jesús.
La comunidad romana también sufrió la
globalización, las tinieblas en pleno día oscurecieron su caminar como Iglesia y
los que no tropezaron con la muerte que engendraba el poder globalizado,
omnímodo, irrestricto, impune, del emperador, chocaron enceguecidos con la
apostasía que nace del temor a la muerte.
Conviene aquí citar a Simón Légasse:
El Evangelio
de Marcos –así al menos puede deducirse de un cierto números de indicios– fue
compuesto en Roma sólo algunos años después de la terrible persecución de Nerón
(64). Los cristianos aprendieron cuánto puede costar ser lo que son y, también,
debido a las defecciones acaecidas entre ellos, que nunca se está a resguardo de
una apostasía. Siguiendo a Jesús, toman el camino de la cruz, y deben saberlo
(8, 34-38; 10, 39). Este camino no está exento de riesgos para la fe (4, 17; 14,
38), como han demostrado los hechos. El ejemplo de los discípulos, su cobardía
durante el arresto de su Maestro, las negaciones del primero entre ellos,
muestran con claridad que nunca se está seguro de un abandono e incitan a los
creyentes a la humildad y a la oración (14, 38).
En este contexto latinoamericano, Argentino,
de Iglesia que está en Salta, en nuestra situación de personas sufrientes,
perseguidas por el maltrato que recibimos de nuestros gobernantes que no se
fijan en los pobres, de personas que vivimos la angustia del día a día, de no
saber lo que va a pasar mañana, de familias desmembradas, no sólo por los
problemas internos, sino por la situación económica y social que hoy se vive,
leyendo el Evangelio de Marcos, nos entendemos como iglesia-comunión que, a
pesar de que todo esté mal, seguimos creyendo.
La realidad nos muestra que la comunidad
a la cual escribió Marcos entendió el mensaje y captando la propuesta, por medio
de su fe, pudo sobrevivir, de otra manera el Evangelio no hubiera llegado a
nosotros. Ante una crisis similar, con distintos modos, pero con los mismos
efectos, es conveniente que, como iglesia-comunión, tengamos bien en claro los
cimientos sobre los cuales se asienta la concepción de iglesia que tiene el
Evangelio de Marcos. Así, como ellos, nosotros también, desde esos cimientos,
con esa misma seguridad en la gracia de Jesucristo, podremos pasar de esas
tinieblas en pleno día a la
claridad de la fe en el Señor Resucitado, “sin exigirle milagros para creer”.

EL EVANGELIO DE MARCOS, UN COMENTARIO ECLESIAL
ortalecer nuestra unidad en
Jesucristo...
Este año, nuestro plan pastoral, tiene como
objetivo: “Fortalecer nuestra unidad en Jesucristo para que hagamos con
Él, de la Iglesia Salteña, en cada familia y comunidad eclesial, casa y escuela
de comunión”. San Marcos va
por esta línea, después de la entrada mesiánica a Jerusalén (11, 1 en adelante),
Jesús va al templo y es allí donde pasará la mayor parte del tiempo entre
discusiones y enseñanzas con sus eventuales adversarios y oyentes. En esas
circunstancias es donde Marcos indica quien es Jesús para nosotros:
10¿No han leído este pasaje de
la Escritura: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la
piedra angular: 11esta es la obra del Señor, admirable a nuestros
ojos?". (Mc 12, 10-11)
Según Paul Lamarche:
“La
salvación aportada por Cristo debe operarse a través de las pruebas y del
fracaso aparente: La piedra que los
constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular, anunciaba ya el salmo
118, 22. Cristo, desechado por los suyos, como lo predijo en la parábola de los
viñadores homicidas, se convierte en la piedra angular, es decir, el fundamento
del edificio o más probablemente la piedra principal de la cúspide. Así asegura
la cohesión del templo santo; en él se edifica y crece la morada de Dios”.
Nosotros, como la comunidad de San
Marcos, “Dejando el sepulcro vacío de Jerusalén y buscando a Jesús en Galilea,
con las mujeres, discípulos y Pedro, debemos encontrarle como
Iglesia, recorriendo así con él, de otra
manera (en perspectiva pascual), su camino de historia”.
Jesús es el fundamento y los cimientos
de nuestra vida eclesial.
La comunidad, entonces, se construye
desde la iniciativa divina, la salvación nos llega de lo alto, y también la
comunión. Para eso debemos buscar en Jesús el fundamento de nuestro ser Iglesia.
De modo que, nada mejor que fortalecer nuestra unidad en Jesucristo...
...para que hagamos con Él, de la
Iglesia Salteña, en cada familia y comunidad eclesial, casa y escuela de
comunión”
El Evangelio empieza diciéndonos:
“Comienzo de la buena noticia de Jesús, Mesías Hijo de Dios” (1,1) a las claras
nos muestra quién es Jesús. Luego que Juan es arrestado, Jesús va Galilea donde
proclama la buena noticia de Dios: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios
está cerca. Conviértanse y crean en la buena noticia” (1, 15). Inmediatamente
elige sus cuatro discípulos y los llama a ser “pescadores de hombres” (1,
16-20). Notemos que son cuatro, significando los cuatro puntos cardinales.
Podríamos decir que son el comienzo, la semilla de la iglesia de Jesús.
Con sus discípulos, el día sábado, Jesús
va a la sinagoga, enseña con autoridad y realiza una curación (1, 21-28), pero
al salir de la sinagoga se van a la casa de Simón y Jesús cura a su suegra;
recordemos, es sábado. Cuando Jesús la cura, ella ya sin fiebre se pone a
servirlos (1, 29-31). Claramente podemos ver que se ha violado la norma del
descanso sabático porque Jesús, no solamente ha curado dos veces ya, sino que
también la suegra de Pedro, convertida ahora en discípula, sigue el ejemplo de
su maestro: viola el sábado, sirviendo a los que estaban allí. Violar el sábado
tiene un sentido profundo para Marcos, porque de hecho, se está abandonando la
tradición religiosa de Israel y empieza a desarrollarse una nueva tradición: la
cristiana. El contraste entre estos que violan el sábado siguiendo la tradición
nueva y los otros que siguen siendo perfectamente judíos se muestra en 1, 32-34,
donde recién “al atardecer, después de ponerse el sol” le llevan los enfermos
del pueblo para que los cure: respetan el sábado. Al otro día, Jesús no quiere
quedarse en Cafarnaún, quiere predicar en “las poblaciones vecinas” (1, 38). La
iglesia de Jesús, en Marcos, no se ata a un lugar, es de todos y para todos.
Desde 1, 40 a 2,17 se nos muestran dos
aspectos de la iglesia de Jesucristo en el Evangelio de san Marcos. De 1, 40-45
y de 2, 13-17, es la actitud de Jesús hacia los marginados, la iglesia está
compuesta por leprosos, publicanos y pecadores.
En
2, 1-12 se nos muestra el primer bosquejo de iglesia-comunidad, los
cuatro amigos llevan un enfermo paralítico. El signo es fuerte. Es la fe de
ellos (v. 5) la que conmueve a Jesús. El paralítico será perdonado-curado por la
fe de la comunidad.
Al final Jesús termina diciendo,
esbozando un programa de vida: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a
los pecadores” (2, 17).

Discusiones
e 2, 18 a 3, 12 se desenvuelve todo un
ambiente polémico. Las tradiciones de la iglesia naciente chocan con los ritos y
costumbres de Israel. En 2, 22 Jesús, utilizando un aforismo popular, dice: “¡A
vinos nuevos, odres nuevos!”. Y en 2, 27: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el
sábado”. Se remata la escena con la curación del hombre que tiene la mano
paralizada, Jesús viola el sábado bajo el principio expresado en la pregunta que
dirige a los fariseos: “¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar
una vida o perderla?” (3, 4). Marcos, al decirnos que la multitud lo seguía, nos
muestra que el procedimiento que Jesús tiene, de ignorar la ley si no sirve para
el bien de los hombres, es ampliamente aceptado por aquellos a quienes vino a
salvar.
Aquí termina esta parte de discusiones
donde los ritos, rituales y tradiciones, según Jesús, deben ser revisados y
cambiados, si fuera necesario, porque un tiempo nuevo ha llegado, el tiempo en
donde las cosas son hechas para el hombre y no el hombre para las cosas, en
donde lo importante es hacer el bien, salvar la vida. Y eso, el pueblo sencillo
y humilde, lo entiende bien.

Los unos y los otros
ara Jesús, las cosas empiezan a estar
claras, las distinciones ya se han hecho, es el momento de ampliar la familia.
De cuatro discípulos pasamos a doce.
Jesús sube a la montaña (3, 13), la
montaña, “en la mayoría de las religiones, probablemente a causa de su
elevación, y del misterio que la rodea, es considerada como el punto en que el
cielo toca a la tierra”, llama a los que Él
quiere, los doce. Jesús instituye a los doce y les da una tarea (v. 14): tienen
que estar con Él, son predicadores y exorcistas: es decir que de la cercanía, la
inmediatez con Jesús (estar con Él) nace un ministerio (predicar y exorcizar),
que hace que los “doce” sean “otros Cristos”, ya que cumplen su misma tarea.
En el v. 20, después que Jesús ha
formado su nueva familia, “los iguales a Él”, vienen sus parientes pensando “es
un exaltado” (v. 21) y quieren llevárselo. La opinión de los parientes es la
misma que tienen los escribas. Para sus parientes, Jesús está loco, para los
escribas, está endemoniado. Por eso, en v. 28-30 Jesús se queja de esta
incomprensión y advierte sobre las consecuencias que trae blasfemar contra el
Espíritu Santo.
En este contexto tiene sentido que Jesús
insista en 31-35 que quien “hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi
hermana y mi madre”. Progresivamente los
lazos de la fe y el amor, van asumiendo el lugar del vínculo de la sangre.

Chicos, a clase...
n 4, 1-34 se agrupan enseñanzas de
Jesús a la Iglesia que Él ha formado. Importa ver la
explicación de la parábola del sembrador, un aliciente para que el predicador no
decaiga, no se canse de proclamar la buena noticia. En el v. 15 se nos habla de
los desatentos que escuchan pero que no guardan en el corazón, en 16-17 de los
inconstantes, que, observémoslo bien, porque hace referencia a la situación que
vive la comunidad, “cuando sobreviene la tribulación o la persecución a causa de
la Palabra, inmediatamente sucumbe”. En 18-19 la seducción de las riquezas es la
causante de que la Palabra sea “infructuosa”. Y por último, v. 20 son los que
dan mucho fruto.
Como vemos, esta parábola es un resumen
de lo que es toda comunidad y de lo que cualquier creyente celoso puede esperar
de ella, sólo en un 25% se da fruto “al treinta, al sesenta y al ciento por
uno”.
Los dos ejemplos que siguen (21-25), la
lámpara y la medida, son expresiones de lo que se necesita en la comunidad, del
creyente auténtico. El iluminado debe iluminar y nosotros somos la medida de lo
que recibimos, si quieres más, aprende a entregar más.
De todas maneras en 26-29 se nos enseña
que el fruto no nace por obra del ser humano, sino que es pura gracia. La
Iglesia es construida por Dios y desde Dios en medio de nosotros. De allí que en
el v. 27 Jesús diga: “sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla
germina y va creciendo, sin que Él sepa cómo”. La parábola del grano de mostaza
nos invita a no desalentarnos por los humildes comienzos, de la mano de Dios, lo
pequeño se hace grande, lo que hoy apenas se ve, mañana da sombra a todos (4,
30-32).

Salven al Titanic
n 8, 35-41 la
barca se hunde, el grito del v. 39: “¡Maestro! ¿No te importa que nos
ahoguemos?”, nos recuerda a la desesperación de la comunidad romana en la
persecución. La inercia de Dios lo muestra como desatento, “durmiendo”, parece
que a Dios no le importamos. No hay signos, no hay milagros, no hay
nada...
En el v. 40, se nos vuelve a la realidad
“¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?”. El único requisito, absolutamente
el único para salvar nuestras vidas del ahogo total es la fe. Parece que Dios se
ha dormido, pero los dormidos somos nosotros, inconscientes de que la llave para
abrir la puerta de las bendiciones divinas es la fe, sólo la fe.

En tu casa, con tu familia
n 5, 1-20, se nos
relata la primera curación de un pagano, él es el arquetipo de todos los
paganos, en él el modelo de lo que deben ser los que, venidos del paganismo, se
convierten en cristianos. El nombre de los demonios es “legión” (v. 9),
¿simboliza a las legiones romanas? ¿Es una fina ironía de Marcos? ¿O solamente
significa que el pueblo pagano está asolado por muchos demonios? No lo sabemos,
pero lo que sí sabemos es que en el v. 18, el hombre endemoniado ya liberado,
quiere quedarse con Jesús. Jesús le dice que no, y lo invita (v. 19): “Vete a tu
casa, con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al
compadecerse de ti”.
El mensaje es claro: la caridad
empieza por casa. Marcos invita a los paganos,
que se conviertan, a los miembros de su Iglesia, a predicar en sus propias
casas, con su familia. No es una contradicción con lo que decíamos de los
familiares de Jesús, es una invitación a que los lazos de la sangre sean
robustecidos, elevados, enaltecidos, por los de la fe. Los que están a tu lado tienen que
ser los primeros en escuchar lo que Jesús ha hecho por vos.

Talitá kum
n 5, 21-43, dos mujeres. Una de ellas
hemorroisa, doce años sufriendo. La otra, la hija de Jairo, doce años... y
muriendo. Una se desangra, la otra, pierde la vida. Son el signo evidente
del Israel que se está muriendo asfixiado, desangrado, anoréxico en sus viejas e
inservibles tradiciones. Jesús, viene a curar las heridas que desangran, viene a
resucitar lo que está muerto. “Después ordenó que le dieran de comer” (v. 43)
significa que la vida continúa.
Desde otra perspectiva, mirándolo desde
el sufrimiento de la comunidad que ha perdido a adultos y niños, podemos
imaginarnos el impacto que este texto debe haber tenido en los sobrevivientes de
la comunidad de Marcos. El poder de Jesús sana las heridas de una comunidad
desangrada por la tortura, la persecución, los asesinatos horrendos que el
imperio ha realizado sobre ellos; y resucita a esa comunidad que todavía no pudo
llegar a su adultez que fue aniquilada en el comienzo de su vida como asamblea
de Dios. Es como si Marcos les dijera: “La vida continúa”.

En casa de herrero cuchillo de palo
6, 1-6: Su
pueblo, su familia, su casa, los más íntimos, desprecian a Jesús. No hay que
sorprenderse del desprecio y la incomprensión con que nos tratan los que amamos,
los que están en nuestra casa cuando hablamos de la Iglesia, cuando hablamos de
Jesús. Ya en la comunidad de Marcos esto sucedía así. Y no es sólo la historia
de Jesús, o de la primitiva iglesia, también es la nuestra.

Un sol entre nubes
6, 6b-29:
esús envió a los suyos, ligeros y ágiles, sin nada de más, sin aferrarse a
bienes materiales, con sólo lo imprescindible. Los envió “a predicar, exhortando
a la conversión” (v. 12). Cumplen la misma tarea que Jesús, son, lo decimos de
manera impropia, “Emanuel, Dios con nosotros”. El cristiano, para Marcos, es
otro Cristo, hace las mismas cosas que Cristo, obra del mismo modo que Él.
Podríamos decir: “Cada cristiano es un ángel, un mensajero de Dios que predica y
exhorta a la conversión”. ¿El fruto de esta acción misionera? Lea 6,
13.
En el párrafo anterior vemos un sol que
brilla, los predicadores iluminan, pero también hay nubes. Marcos nos cuenta qué
piensan los poderosos de Jesús. Pero también nos dice cuál es el destino de
aquellos que se oponen a los planes de los que ejercen el poder de mala manera,
de los que no les importa matar si eso les lleva a cumplir sus planes.
El mensaje predicado es un mensaje de
vida, es un sol que ilumina y da calor a la tierra. Pero, como si fuera un
cuento de Horacio Quiroga, tiene un sino trágico, las nubes de la muerte se
ciernen y llegan, siempre tarde, provocando la oscuridad. Vida y muerte,
seguimiento y martirio, dos caras de la misma moneda.

El sol sigue alumbrando
6, 30-56: esús quiere descansar, pero se conmueve de la
multitud. Le parece que son ovejas sin pastor, había elegido a sus discípulos
para ser pescadores de hombres, de esos que echan la red y sacan pescados a
montones. Hoy, las cosas han cambiado. Ya no son peces, son ovejas, y el pastor
del rebaño cuida a cada una de ellas, son parte de su pueblo, “muchos los
reconocieron” (v. 33), es como si nos indicara que ya no son los doce
solamente. En este contexto de
multiplicación de panes, hablar de ovejas también es importante, ya que marca
que la comunidad está formada por individuos, el hambre siempre es
individual.
Los apóstoles querían desembarazarse de
la gente, Jesús quiere alimentar el hambre individual de esos que son como
“ovejas sin pastor” y a quienes Él considera también sus discípulos. De repente,
Marcos, nos presenta el modo de
obrar que tiene la providencia divina:
“¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a
ver.” (v. 38) “...Entonces Él tomó los dos panes y los cinco pescados,
levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los fue
entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. También repartió los dos
pescados entre la gente” (v. 41).
La obra de Dios en la Iglesia, se
realiza con la Iglesia. Jesús pide a sus discípulos todo lo que tienen.
Aparecen cinco panes y dos pescados, nada, en comparación con lo que se
necesita, pero suficiente para que, cuando Jesús “pronunció la bendición”, todos
pudieran comer (v. 42). Es muy poco lo que podemos hacer, pero si lo entregamos
todo en las manos de Dios, sirve, alcanza y hasta sobra para alimentar a “cinco
mil hombres” (v. 44).
Marcos señala dos cosas: la primera, hay
que reconocer a Jesús (v. 33) antes del milagro. Hay que tener fe para ver la
obra de Dios. La segunda: hay que darlo todo, aunque no sirva para nada, para
que Dios realice la obra. Este intercambio, esta donación mutua, nosotros, los
salteños, lo expresamos diciendo: “Nosotros somos tuyos, tú eres
nuestro”.
“Al caer la tarde”, después de haber ido
“a la montaña, para orar”, Jesús ve la barca que estaba en medio del mar y
camina sobre las aguas hacia ellos. Marcos nos muestra una imagen espeluznante,
los discípulos fueron obligados a subir a la barca, y ahora, sin Jesús, reman
con viento en contra.
La escena nos sitúa en lo que Marcos
piensa de la comunidad, es una barca en medio del mar, cruzando de una orilla a
otra, con viento en contra, y que, sin el Señor, nada puede hacer. Cuando Él
está con nosotros todo se calma. Casi con pena, podríamos decir, nos relata el
v. 52, que los discípulos “no habían comprendido el milagro de los panes y su
mente estaba enceguecida”. Llama la atención que la gente (v. 33) reconoce a
Jesús antes de partir el pan, y los discípulos más cercanos, después de partir
el pan siguen con la mente enceguecida. ¿Una llamada de atención a los que
tienen la tarea de servir a la comunidad?
En el v. 54, Marcos nos dice casi con
alegría -¿o ironía?- “apenas desembarcaron, la gente reconoció enseguida a
Jesús”. Es tanta la fe que esa gente tiene que, con “tocar tan sólo los flecos
de su manto”, quedan curados (v. 56). La contraposición es evidente, la gente
tiene fe, los discípulos están enceguecidos.

¡Hipócritas!
7, 1-23: eguimos con las discusiones entre Jesús y los
judíos. Ya las asperezas son indisimulables. Las tradiciones mal llevadas,
repetidas por la inercia, convertidas en rituales sin sentido, conducen a que
“este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí...” (v.
6). Como consecuencia de esto, se cae en la hipocresía más pura, porque, al
buscar el cumplimento exterior, se olvida que “es del interior, del corazón de
los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los
robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las
deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino” (21-22).
Como vemos, la historia se repite, cuando no podemos dominar nuestro interior,
nos llenamos de reglas exteriores que, al final de cuentas, son inútiles.

De hijos, perritos, sordos y mudos.
7, 24-37: arcos apunta toda
la artillería con la que cuenta para hacernos ver que la FE es lo único que
necesitamos para que Jesús nos cure y salve de nuestras miserias. En este relato
se marca al máximo la fuerza que tiene la fe para que Dios obre en nosotros, se
insiste en que la comunidad cristiana está siendo recreada constantemente por la
fe, la fe es la base y el fundamento, el principio y el final de cualquier
comunidad que se precie de serlo. La cananea es el ejemplo más grande del
evangelio de cómo se puede torcer la voluntad de Dios cuando se insiste con fe,
más allá de las pícaras respuestas de esta mujer, está lo acertado y desesperado
de su fe. Ese es el eje del relato, eso es lo que lleva a Jesús a decir: “A
causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija” (v.
29).
El sordomudo es un signo de
lo que somos como comunidad, de lo que es la Iglesia. Necesitamos que Jesús
imponga sus manos sobre nosotros, que meta sus dedos en nuestras orejas y que su
saliva toque nuestra lengua. Así el “Efatá”, se realizará en nosotros.
La comunidad de Marcos está
sorda por el dolor, muda por la parálisis del temor, silenciada por la barbarie
de los sanguinarios; y necesita ella, venida de los paganos, que se le enseñe a
creer de nuevo, que se le abran los oídos y escuche el mensaje de la Buena
Noticia, que su lengua se le suelte y los mudos, que no dan testimonio, sean
predicadores del Reino.
Para eso hay
que tener FE y dejarse tocar por Jesús. Y por casa, ¿cómo andamos?

La repetición es la base del
aprendizaje
8,
1-9: arece ocioso repetir el mismo gesto, pero no lo es.
Marcos muestra algo tensionante. El texto es calcado del anterior, las mismas
circunstancias, las mismas soluciones. Es como si nos estuvieran repitiendo la
lección que no aprendimos. Una segunda oportunidad de hacerlo bien. Es rendir el
recuperatorio. Marcos conoce esto de ir de a poco, de repetir para que se
entienda. Una comunidad golpeada y asustada está más preocupada por esconderse y
salvar la vida que por guardar las palabras de Jesús. ¿Qué otra cosa se puede
hacer? Nada, sólo repetir la lección.
Y van...
8, 11-21. Volvemos a los problemas con los fariseos y, por vez
primera, Herodes es, para Jesús, un motivo de preocupación.
De todas maneras, lo que Marcos está
haciendo es un tiro por elevación. Ante una comunidad, desnuda de signos
evidentes del poder de Dios, y que no ve la fuerza protectora de la divinidad en
sus vidas, la pregunta de Jesús (v. 12) -notemos que la realiza “suspirando
profundamente”-: “¿Por qué esta generación pide un signo?”, debe haberles caído
como un balde de agua fría. Es imposible no verse reflejado en los fariseos. Sin
duda, la situación es distinta, y
las motivaciones absolutamente diferentes. Pero la respuesta que Jesús da a los
que le piden “un signo del cielo”, sea por la razón que fuere, es: “Les aseguro
que no se les dará ningún signo” (v. 12). En criollo: “Muchachos, dejen de
molestar, y tengan fe”.
Siguiendo con el tiro por elevación,
referirse a los fariseos y a Herodes, y a su levadura, parece más bien una
excusa para hablar de la ceguera y sordera (v. 18) que los discípulos tienen
ante la presencia de Jesús. El v. 21 suena muy duro: “¿Todavía no comprenden?”.
Como vemos, Marcos descarga munición
gruesa. Es como si hiciera una pausa para llamar la atención sobre la única
condición que hay que tener para ser comunidad de Jesús: la FE. Me suena como si
dijera: “Lo primero es lo primero, si no entendiste esto, no podemos continuar”.
La fe, sin signos ni prodigios, primer mandamiento en “el manual para ser
cristiano” de Marcos.

Como si fueran árboles que caminan
8, 22-9,
10: arcos es el maestro de los contrastes y, de una
manera resumida y sucinta, va mostrando, de modo casi imperceptible, las
contraposiciones de la vida diaria de la comunidad a la que le escribe.
Los discípulos no creen, no comprenden,
en cambio, la gente de Betsaida rogaba a Jesús que tocara al ciego (v. 22). El
gesto de Jesús conmueve, como si fuera un padre amoroso, lo toma de la mano, lo
lleva afuera (me suena a retiro espiritual, a salir de lo cotidiano para poder
“ver algo”), le pone saliva en los ojos y le impone las manos. No es una
curación más, es tierna, pausada, casi gradual. “Veo hombres, como si fueran
árboles que caminan” (v. 24). Después de imponerle las manos de nuevo “el hombre
recuperó la vista... veía todo con claridad” (v. 25). En el v. 26, Jesús lo
manda a su casa -¿coincidencia con el endemoniado de Gerasa?-, y no quiere que
entre al pueblo. Secreto Mesiánico, le dicen... Me parece, personalmente, que es
también una invitación a salir de la ceguera para siempre: en tu casa, viví como
cristiano y da testimonio de mí, y no entres al pueblo de tus antiguos ritos, de
tus cegueras pasadas, de tu mundo de sombras, sin luces.
El v. 27 nos dice que Jesús preguntó:
“¿Quién dice la gente que soy yo?”. Los discípulos contestan, pero cuando les
pregunta su opinión, Pedro (v. 29), responde: “Tú eres el Mesías”. Es la
profesión de fe, y permítaseme compararlo, con el ciego de Betsaida, de un
hombre que fue tomado de la mano, convertido en pescador de hombres, conducido a
las afueras del mundo, sacado de sus ritos y costumbres, a quien se le puso
saliva en los ojos y se le impuso las manos, todo eso para que pudiera ver, para
que tuviera fe. Pero, al igual que el ciego curado, Pedro también puede decir:
“Veo hombres, como si fueran árboles que caminan”. Porque, aunque, en pocas
palabras, diga la profesión de fe más hermosa del mundo, todavía no ve con
claridad.
“Y comenzó a enseñarles que el Hijo del
hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes
y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres
días; y les hablaba de esto con toda claridad” (Mc 8, 31-32)
“...Con toda claridad”. Pedro no entiende, ve
a medias, como vos, como yo, como la comunidad de Marcos, sólo ve lo que quiere
ver. Cuando viene el sufrimiento, nos hacemos humo, cuando hay problemas,
renegamos de la comunidad. “Llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo” (v.
32).
Aunque es algo real, la pluma maestra de
Marcos, nos hace ver la similitud entre ese ciego de Betsaida, Pedro y la
comunidad de los creyentes. Aunque el Señor hable “con claridad”, nosotros
seguimos medio ciegos y también podríamos decir, con respecto a la fe: “Veo
hombres, como si fueran árboles que caminan”.
Ante esta situación, Jesús explica
perfectamente cuál es el camino, como al ciego le impuso las manos de nuevo, así
también habla a toda la comunidad -“Llamando a la multitud, junto a sus
discípulos” (v. 34)-, y le explica por qué le pasa lo que le pasa a un cristiano
cuando sigue al Señor y qué pasará con aquellos que tienen miedo (“se avergüenza
de mí”, v. 38) “en esta generación adúltera y pecadora” (v. 38).
Ciegos están los que no creen; medio
ciegos están los que creen, pero sólo aceptando lo que les gusta; y ven “todo
con claridad”, los que aceptan que, para ver “que el Reino de Dios ha llegado
con poder” (9, 1), es necesario renunciar a sí mismo y cargar con la cruz.

Ni tan cerca, ni tan lejos
9,
2-29: in duda, el relato de la transfiguración, tiene
innumerables enseñanzas para toda comunidad. Pero, lo vamos a abordar desde un
solo punto de vista. Que Jesús se aparezca entre Elías y Moisés (v. 4) marca,
concretamente, la identificación del Señor con la Ley y la proclamación de la
misma. Que de la nube que los cubría con su sombra salga esa voz que dice: “Este
es mi Hijo muy querido, escúchenlo” (v. 7), nos muestra la intención de Marcos
de hacernos ver que, no solamente Jesús es el predicador de la nueva ley, sino
también el Hijo único de Dios a quien se debe escuchar. Cuando Pedro quiere
hacer tres carpas, porque dice: “¡Qué bien estamos aquí!”, suena a fuera de
lugar la explicación que da Marcos en el v. 6: “Pedro no sabía qué decir, porque
estaban llenos de temor”. Cuando uno tiene miedo huye de la situación,
difícilmente te quedes allí. Pero, ¿por qué Marcos hace este comentario?
Volvamos a la comunidad golpeada,
volvamos a los perseguidos, a los maltratados por creer en Jesús. Ni soñemos que
han perdido la fe, lo único que no entienden es por qué Dios actuó así, o en su
defecto, dejó que los que los persiguen actúen así. Repito, ¡ni soñemos que
habían perdido la fe!
Aunque hay fe, también reina el miedo.
Es más fácil quedarse en casa orando en la intimidad del hogar, o encerrarse con
una pequeña comunidad a alabar o a quejarse de Dios. Cuando el dolor golpea
llega un momento en que lo único que buscamos es un lugar tranquilo y solitario
para reponernos. Es allí donde las palabras de Marcos adquieren valor: “Pedro no
sabía qué decir, porque estaban llenos de temor”. El miedo no es ante lo que ve,
el miedo es salir a la calle, es más fácil quedarse en oración todo el día,
rozando las alturas místicas de la divinidad, haciendo tres carpas, que salir a
la calle, que volver a la vida cotidiana, que aguantar el sufrimiento soportando
los golpes. “Qué bien estamos aquí” significa estoy lleno de temor y prefiero
encerrarme a tener que salir de nuevo. Pero Dios responde: “Escúchenlo”, que
viene a ser lo mismo que: aunque
tengas miedo, tomá tu cruz y seguime. El v. 10 nos muestra los miedos de la
comunidad. Si no sabemos qué es resucitar de entre los muertos: ¿Vale la pena
morir en una cruz? Cuando vuelven, se encuentran con una fenomenal discusión (v.
14). El endemoniado no puede ser curado por los discípulos. Llama la atención
cómo se demora Jesús para averiguar lo que le pasa al niño y también las
palabras que utiliza Jesús para referirse a los que dudan de Él (v. 19 y
23).
Nos hemos acostumbrado a ver al Jesús de
Marcos como si fuera un ejecutivo eléctrico de nuestros tiempos, corriendo de un
lado a otro, viajando de ciudad en ciudad, sin tiempo para nada, ni para
descansar. Pero ahora es como si todo se demorara, como que no hay apuro para
nada; en realidad, hay mucho, mucho tiempo para todo. Este Jesús lento, que
dilata en conversaciones y pregunta cosas aparentemente sin sentido, (o no me
diga que no le sorprende que antes, Jesús no preguntaba nada, curaba y punto, y
ahora, más parece un psicoanalista averiguando traumas de la niñez que el
poderoso exorcista que Marcos nos acostumbró a ver).
Todo tiene su razón de ser. Volvamos a
la comunidad de Marcos. Ese Dios mudo, que se cayó la boca ante los atropellos
de los poderosos, que obligó a su comunidad a soportar la prueba sin ver, preste
atención, sin ver un solo signo, un solo milagro, ¿no será que se ha olvidado de
nosotros? ¿No será que no le interesa nada de nosotros? Con frecuencia
escuchamos esa queja: Dios no se acuerda de mí, mi vida no le interesa para
nada. Marcos nos dice lo contrario. La pregunta del v. 21 nos da la clave:
¿Cuánto tiempo hace que está así? No es un psicoanalista, no es un mago que ha
perdido su poder y quiere ganar tiempo, es alguien que se interesa por el que
está sufriendo. ¿Habrá sido tan débil la fe de los dirigentes de la comunidad
representado en los nueve discípulos que quedaron como para no poder ayudar a
sus hermanos? ¿Habrán sido tan incrédulos y desinteresados que la imagen de un
Dios solícito y preocupado por su pueblo quedó desdibujada por este mal ejemplo
en la comunidad? No lo sabemos, pero sí sabemos que el espíritu era mudo (v. 17)
y que Jesús le llama “mudo y sordo” (v. 25) y el demonio gritó y salió del niño
(v. 26) obedeciendo la orden que le dio Jesús. Un espíritu sordo que oye; mudo,
que grita. Es tan clara la intención de Marcos, que asusta. El problema no es el
mal espíritu, son los discípulos que no tienen fe, que dicen “es mudo” porque no
lo dejan hablar. Jesús sí lo hace, el padre puede expresar lo que le pasa a su
hijo y por eso el espíritu sale del niño gritando. El espíritu es sordo, pero
escucha al Señor, en realidad los sordos son los que no escuchan a su pueblo,
los que no escucharon la queja de los que eran arrojado en el fuego o en el agua
para ser muertos, aquellos que decían: si puedes hacer algo, ten piedad de
nosotros.
Jesús, en el v. 27, lo toma de la mano,
lo levanta y el niño se pone de pie. Pequeña comunidad, estás sana de nuevo, te
pusiste de pie con la ayuda de tu Señor, los demonios de la muerte no pueden
asesinarte. Donde haya alguien que escuche y que hable, estará el Señor
preguntando: “¿Cuánto tiempo hace que está así?” (v. 21). Y aunque muchos digan:
“está muerto” (v. 26), se pondrá de pie.
En el v. 28 se hace obvia la pregunta
del discípulo incapaz. Él les respondió: “Esta clase de demonios se
expulsa sólo con la oración” (v. 29). A buen
entendedor, pocas palabras.

Más que buenos consejos
9,
30-10,31: a vieja historia, Jesús mostrando el camino, a esta
altura irrisoriamente obvio, pero ellos sin entender.
Empieza una colección de enseñanzas de
cómo debe ser la comunidad del Resucitado:
-
33-37: El que quiere ser el
primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos (la comunidad es
humilde en el servicio).
-
38-41: El que no está contra
nosotros, está con nosotros (la comunidad ejerce la tolerancia).
-
42-48: Si alguien llegara a
escandalizar a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él
que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar (la comunidad
no escandaliza a sus miembros).
-
10, 1-12: El que se divorcia de
su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se
divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio (la comunidad
protege la familia).
-
13-16: Les aseguro que el que no
recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él (la comunidad confía y se
abandona a Dios, su Padre).
-
17-22: Ve, vende lo que tienes y
dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme (la
comunidad es solidaria en el seguimiento de Jesús).
-
23-27: ¡Qué difícil será para los
ricos entrar en el Reino de Dios! (la comunidad tiene como única riqueza su fe
en Dios, que todo lo puede).
-
28-31: Les aseguro que el que
haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y
por la buena noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en
casa, hermanos y hermanas, madre, hijos y campos, en medio de las persecuciones;
y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna (la comunidad es la familia de
Jesús, que lo deja todo y lo recibe todo por Él y por la buena noticia).
Esta última enseñanza de Jesús es muy
importante, porque marca lo que debe ser la comunidad: una verdadera familia.
Llama la atención que esa nueva familia no tiene “padres” (nótese que el v. 30 nombra a todos los
que nombró en el 29 menos al padre).
Citemos a Gerhard Lohfink:
En la segunda parte del dicho, se omite
conscientemente la mención de los padres porque no deberá haber “padres” en la
nueva familia. La comunidad de los discípulos de Jesús, y con ella el verdadero
Israel sólo tendrá un padre: el del Cielo.
El poder y la soberanía son de ese Dios al que los
discípulos pueden llamar abba; sólo de
Él. Si ya no existen para ellos los padres previsores y bondadosos de otros
tiempos; si ya no tiene más que un solo Padre, el del Cielo, entonces han
desaparecido para ellos los padres que ejercen el poder y el dominio. Resultaría
paradójico abandonar los tiernos padres dominantes. Por ese motivo deja de
nombrar Jesús a los padres en Mc 10, 30. Los discípulos volverán a encontrar en
la familia nueva de Dios hermanos y hermanas, madres e hijos, pero no padres. Ya
no hay sitio para la soberanía patriarcal en la nueva familia. Sólo caben la
maternidad, la hermandad y la filiación ante Dios Padre.

Y, por último, la luz
10,
32-52: l tercer anuncio de la pasión tiene los añadidos de
los paganos (ya no es una cuestión judía) que se burlan de Él, lo escupen, lo
azotan y lo matan. Marcos interpreta, teológicamente, la pasión de Jesús, como
el paradigma, el espejo en donde debe mirarse la comunidad a quien le escribe.
Es importante ver que se guarda silencio sobre si los discípulos entienden o no.
¿Será que se cansó Marcos de insistir en lo obvio? ¿O, al revés, por fin
entendieron?
Nos llama la atención que, en 35-40,
todavía, después de la enseñanza sobre el servicio, se vuelva a tomar el tema de
los puestos más importantes. En el 38, Jesús responde: “No saben lo que piden.
¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el Bautismo que yo recibiré?”.
¿Es este acaso un recuerdo de que, quienes
ocupan los primeros puestos, son los primeros en ser maltratados y
asesinados? De todas maneras, quienes fueron por lana, terminaron esquilados. El
único compromiso que asume Jesús es que, a quienes quieran ser como Él, las
fuerzas del mal, los tratarán como a Él.
De lo anterior sale que, en 41-45, Jesús
explique cómo deben ser los que gobiernen la Iglesia, dejémosle que Él nos lo
diga de nuevo:
“El que quiera ser grande, que se haga
servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de
todos” (Mc 10, 43-44).
Al final de esta primera parte del camino,
después de la catequesis apretada y resumida, Marcos presenta en la escena del
ciego de Jericó, la imagen de lo que es la Iglesia: tirada al costado del
camino, sin ver a su salvador, desesperanzada de la vida, mendiga, carente de
todo, poseedora de nada.
Bartimeo “se puso a gritar: ¡Jesús, Hijo
de David, ten piedad de mí!” (v. 47). La iglesia de Marcos también grita y
suspira por la ayuda que tarda en llegar desde el cielo, sus manos se extienden
mendigando a Dios, pidiendo la atención del Señor. Pareciera que pasa de largo,
parece que no la escucha, encima “muchos lo reprendían para que se callara” (v.
48), la violencia de la represión es grande, no sólo quieren una Iglesia ciega,
al costado del camino, que reciba la limosna que ellos le quieran dar, sino
también la quieren muda, que no grite, que no hable, que se acomode a los
“gobernantes, (que) dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y (a) los
poderosos (que) les hacen sentir su autoridad” (v. 42).
Pero Bartimeo no se calla, la Iglesia
tampoco, y grita más fuerte: Hijo de David, ten piedad de mí. Y es allí donde
termina la historia y comienza el misterio. La vocación se abre paso, como un
nuevo sol que se levanta después de la oscuridad, “Jesús se detuvo y dijo:
Llámenlo” (v. 49). ¡Jesús ha escuchado, ha respondido, ha llamado! ¡Como a los
doce que fueron llamados aunque no comprendían, la Iglesia de Marcos es llamada,
para que comprenda y pueda ver! “Entonces llamaron al ciego y le dijeron:
¡Ánimo, levántate! Él te llama” (v. 49). En este punto, la comunidad tiene que
estar animada, la hora de las tinieblas ha pasado, la luz de la fe brilla
refulgente, traspasando las tinieblas, y el ánimo vuelve a los corazones de la
comunidad. “El Señor te llama”, significa también: “te ha escuchado y sabe que
tú también le escuchas. Él te entiende, y sabe que tú también lo
entiendes”.
En el v. 50, el relato se convierte al
mismo tiempo en lento y apresurado, avanza vertiginosamente y en cámara lenta.
Con una capacidad absolutamente brillante, Marcos nos cambia el estado de ánimo,
y, de ese mendigo suplicante abandonado al costado del camino, nos encontramos
con un hombre que aprendió a dejarlo todo por el Señor. ¿Podríamos decir que
este versículo es un resumen pascual? ¿Podríamos ver en este “arrojar el manto”
algo así como el domingo de Ramos? ¿Podríamos captar en este “ponerse de pie de
un salto” la resurrección del Señor y de todo creyente? ¿Podríamos, por último,
ver en ese “fue hacia Él” lo que dice 16, 7: “Vayan ahora a decir a sus
discípulos y a Pedro que Él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como
Él se lo había dicho”?
La pregunta de Jesús “¿Qué quieres que
haga por ti?”, demora la escena, pero al mismo tiempo es obligada. En esta
manera de ser de Marcos, de explicar lo obvio, de ir con pie de plomo, conocedor
de sus lectores, sabe de la necesidad de no dar nada por supuesto, y de que,
formalmente se dé el consentimiento a la fe. La respuesta de Bartimeo: “Maestro,
que yo pueda ver”, es la expresión formal de lo que la comunidad necesita. En
medio de las tinieblas, se necesita ver. En medio de la oscuridad, hace falta la
luz. Ver sin milagros, ver sólo por fe...
En el v. 52, Jesús le dice: “Vete, tu fe
te ha salvado”. Es la confirmación de que el creyente estaba en lo cierto, hacía
falta gritar y llamar la atención para ser escuchado, hacía falta el oído atento
para enterarse de que pasaba Jesús. La catequesis de Marcos termina de manera
lógica: la conversión a la cual se llamaba (1, 15) se ha hecho realidad y “tu fe
te ha salvado”.
Nos dice el relato que “enseguida
comenzó a ver”, enseguida, al momento, al instante, y “lo siguió por el camino”.
Recobrada la visión, el que “estaba
sentado junto al camino” (10, 46) sigue ahora a Jesús “por el camino”. Tal
seguimiento consiste en algo más que en la integración de Bartimeo en el grupo
de peregrinos que marcha a las fiestas. El verbo “seguir” se emplea casi siempre
en relación con gente bien dispuesta hacia Jesús (2, 15; 3, 7; 5, 24; 11, 9) o,
más frecuentemente, en conexión con los discípulos o el discipulado (1, 18; 2,
14; 6, 1; 8, 34; 9, 38; 10, 21.28.32; 15, 41). ...Mediante Bartimeo se intenta
presentar un ejemplo de persona con capacidad “de ver”, y esa persona sigue a
Jesús hacia su pasión.

El amor en tiempos de cólera
11,
1-13-37: ace poco que hemos escuchado estos relatos, tal vez
todavía tenemos algún eco de ellos en nuestros oídos, el domingo de Ramos
celebrábamos a Jesús entrando en Jerusalén.
La imagen que presenta Marcos es la de
un Jesús sabiendo lo que hace, dando órdenes precisas que se cumplen al pie de
la letra (11, 2-7). Volvamos la memoria a Bartimeo arrojando su manto, y
preparémonos desde esa breve introducción, a encontrarnos con la pasión del
Salvador. Decíamos que Jesús sabe lo que hace, y después de los “vivas y
hosannas”, va al Templo y “después de observarlo todo” (v. 11) vuelve a
Betania.
La escena nos hace acordar a un estratega que observa el escenario, que
planifica la batalla. La imagen de 12, 14, es la señal de que Israel dejó de ser
el pueblo elegido, la nueva Iglesia está en los paganos.
15-19 nos muestra a Jesús violento, que
se opone a una religión que ha perdido su camino de trascendencia para
convertirse “en una cueva de ladrones”. De todos modos, pareciera que la ciudad
no le queda bien a Jesús, porque prefiere no dormir en ella.
20-25: Marcos vuelve a su tema
preferido, “tengan fe en Dios”, nos dice desde Jesús e insiste: tengan fe, “sin
vacilar en su interior”, y así “cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo
tienen y lo conseguirán”. Extraña forma de orar, porque pedir algo en el
presente, como si fuera que ya lo hemos conseguido en el pasado, lleva a que se
dé en el futuro. La fe debe ser segura, si no, no es fe. Y una última acotación:
para orar, hay que saber perdonar. La fe va ligada al perdón. Remedando lo que
dice Santiago “muéstrame, si puedes, tu fe sin obras. Yo, en cambio, por medio
de las obras, te demostraré mi fe” (Stgo 2, 18). Podríamos decir: “Muéstrame, si
puedes tu fe sin perdón. Yo, en cambio, por medio del perdón, te demostraré mi fe”.
27-33: Jesús no da razones a los
opresores, no vale la pena explicar a quienes no quieren oír explicaciones.
12, 1-12: La historia del pueblo elegido
resumida en una parábola con una sentencia profética: “¿Qué hará el dueño de la
viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros” (v.
9).
13, 17: ¿El César o Dios? Marcos mete el
dedo en la llaga, las heridas no se han cerrado todavía, siguen sangrando. La
historia transmitida por la tradición oral le viene como anillo al dedo a
Marcos. Dos señores, dos lealtades, ¿se pueden hacer componendas? En 17 remata
Marcos: “Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta”. ¿Quiénes quedaron más
sorprendidos? ¿Los fariseos y herodianos? ¿Los discípulos de la comunidad de
Marcos? ¿O nosotros?
18-27: Ya no es el dedo en la llaga, es
toda la mano. De nuevo apela a la tradición oral, un relato, aparentemente
inocuo, sirve en la pluma de Marcos para llamar la atención. ¿Qué pasaba con los
muertos de la comunidad, los que habían sido asesinados por el poder del
emperador? ¿Tenía sentido que hayan entregado su vida? Para una comunidad
vacilante en la fe, la muerte siempre es una incógnita. Por eso Marcos dice: “Él
no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes están en un gran error” (v.
27).
28-34: Cuando se trata de amar, no hacen
falta tantas leyes, con dos mandamientos basta y sobra. La regla de oro de la
comunidad queda plasmada.
37b-40: Es como si Marcos quisiera
decirnos: “¡Cuidado con la hipocresía, con el doble discurso, con las virtudes
públicas y los vicios privados!”. Quienes así obran “serán juzgados con más
severidad”.
41-44: Otro importante punto en la vida
comunitaria. Cuando se trata de dar, hay que darlo todo. Es como si Marcos
quisiera enseñarnos que todo tiene que llegar hasta el extremo: la fe tiene que
ser extrema, el amor a Dios tiene que ser extremo, la vida debe ser entregada
hasta el extremo, el amor al prójimo debe ser extremo, la entrega que Dios pide
es absoluta, no pide algo, pide TODO.
13, 1-37: Desde una visión apocalíptica,
Marcos nos presenta, una lectura de la historia que ya se ha vivido. Todo es
destrucción y muerte, todo es sufrimiento y traición, los consejos son válidos y
se nos invita a estar alerta: “Pero ustedes tengan cuidado: yo los he prevenido
de todo” (v. 23), “tengan cuidado, y estén prevenidos, porque no saben cuándo
llegará el momento” (v. 33). La llamada de atención es clara. Los problemas
vividos van a seguir estando. Todo terminará recién cuando venga por segunda vez
el Señor, pero “nadie, sino el Padre”,
sabe el día y la hora (13, 32).

Se oscureció toda la tierra
14, 1-16,
8: ería un error desvincular la pasión de Jesús, como
la relata cada uno de los evangelios, de la iglesia-comunidad a la que fue
escrita. Cada uno de los personajes es el espejo de lo que somos nosotros, es
imposible no verse reflejado en los temores y miedos, en las huidas y cobardías
de los apóstoles. Aún las autoridades, judías y romanas, con sus soldados, y la población en general,
perfectamente simbolizan muchas de nuestras actitudes.
Tomemos las palabras que Simón Légasse
escribe en su obra ya citada sobre la pasión de Jesús en san Marcos. Bajo el
título ¿Un Evangelio para mártires?, desgrana estas reflexiones:
En varias ocasiones, el relato marcano
de la pasión, permite establecer una relación con la conducta de los cristianos.
A veces bajo la forma de moniciones explícitas, como las que dirige Jesús a sus
discípulos adormilados en Getsemaní para invitar a los lectores cristianos a
vencer un adormecimiento de otro tipo (14, 37-38; 13, 33-37). Pero los hechos
narrados son también una lección que se dirige a los propios lectores. Al
enterarse de que “todos” los discípulos huyeron durante el arresto de su
Maestro, una huida anunciada personalmente por Jesús (14, 27), los lectores
recuerdan también la reacción de Pedro, a la que hace coro todo el grupo,
protestando por su indefectible fidelidad, incluso al precio de morir con Jesús
(14, 31). Lección y advertencia para los presuntuosos que puedan encontrarse
entre los cristianos. Una lección análoga se deduce del ejemplo negativo de
Judas, el discípulo traidor, y de las negaciones de Pedro (14, 54. 66-72) en el
mismo momento en que Jesús, frente al sanedrín, confiesa atrevidamente sus
prerrogativas (14, 55-62). Una alusión similar se percibe en la mirada distante
que las mujeres dirigen al calvario (15, 40). Por el contrario, es positiva la
lección que se puede extraer del requerimiento de Simón de Cirene (15, 21), cuyo
gesto recuerda a los lectores las palabras de Jesús a propósito de la obligación
de que también ellos lleven su cruz (8, 34).
Estas reiteradas sugerencias no son de
orden puramente teórico; responden, sin ninguna duda, a las necesidades de
aquellos a los que el evangelio está destinado.
Para Marcos, el relato de la Pasión no
es sólo la ocasión de justificar teológicamente el desconcertante resultado de
la vida de Jesús en la tierra. También aparece como una lección dirigida a los
creyentes en las peligrosas circunstancias en que viven.
Para finalizar, Marcos ha comenzado su
evangelio diciéndonos que es el “comienzo de la buena noticia de Jesús, Mesías,
Hijo de Dios” (1, 1) y cuando el Señor está muerto, las palabras del centurión
son: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!” (15, 39).
Es interesante ver que la respuesta de
los discípulos (Cap. 16, incluimos el epílogo) es, o de no decir nada, “porque
tenían miedo” (16, 8), o de no creer (16, 11.13.14). De todas maneras, el
Evangelio termina de modo positivo: “el que crea y se bautice, se salvará. El
que no crea, se condenará” (16, 16).
Terminemos con las palabras de Rudolf
Schnackenburg:
La comunidad creyente, a la que Jesús ha
sido presentado al principio del relato evangélico como “el Hijo de Dios”,
proclamado como tal por la voz divina en el bautismo, debe comprender que la
actividad terrena de Jesús fue el camino del siervo obediente de Dios, camino
que le llevaría en último término hasta la cruz. Incomprendido de los hombres,
incluso de sus discípulos más íntimos, acusado por los jefes del pueblo judío,
fue acogido por Dios y resucitado. Él es el Mesías, aunque en un sentido
completamente distinto al que los judíos esperaba, un Mesías oculto y humillado,
cuyo misterio peculiar no puede expresarse en las categorías mesiánicas usuales;
en realidad, el misterio de Jesús sólo puede comprenderse si se le reconoce como
“Hijo de Dios” o – desde el punto de vista histórico-salvífico– como el “Hijo
del hombre” que debe padecer y morir para ser resucitado por Dios y aparecer
finalmente en la gloria.

Bibliografía
–para esta sección-:
·
“Para leer el Nuevo Testamento”
Etienne Charpentier - Verbo Divino –1994
·
Comentario Bíblico Internacional.
- Verbo Divino –1999
·
“Seguir a Jesús: Los Evangelios”
colección Tu Palabra es Vida – CER y Centro Bíblico Verbo Divino 1996
·
“Qué es un Evangelio” – Luis H.
Rivas- Editorial Claretiana – 1985
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