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“La
herejía es asunto de humana temeridad, y no puesto de la divina
autoridad: cuando viene, siempre pretende enmendar los Evangelios”
(Tertuliano)
Introducción La
fe Cristiana no se manifestó al mundo para instalarse cómodamente
transformándolo, como por arte de magia, en un suave manto pleno de
simplicidad y paz. Muy por el contrario lo hizo incomodándolo, revelando
su carácter laberíntico y contradictorio, con sus claroscuros, cumbres y
abismos. En ese ámbito, ‘rebelde a Dios’, se desarrolló la Fe
Cristiana, sin confundirse ‘con’
el mundo, pero convirtiéndose por obra de su fundador N.S. Jesucristo, en
el punto de encuentro entre Dios y el Hombre, entre el Creador y la
criatura.
A
lo largo de los más de dos mil años de la progresiva vida de la Iglesia
de Cristo, innumerables fueron las tensiones y desafíos que debió
padecer (y que aún padecerá),
motivadas por las diversas desviaciones de las enseñanzas dejadas por el
Divino Maestro, sin lugar a dudas promovidas por ‘el
padre de la mentira’ y sus lacayos.
En general, y dada sus fallas de origen, las herejías históricas inevitablemente han desaparecido, perdiéndose en el baúl de la historia. Sin embargo, sus ideas no siempre corrieron la misma suerte siendo estas, una y otra vez, retomadas por quienes quizás consideraron valederas tales especulaciones, pero que en realidad estaban imbuidos (o mejor, tentados) por aquél espíritu de ‘rebeldía’, y que a nuestro entender, no hizo (y hace) mas que demostrar palmariamente, cuan hay de cierto en aquello de las perniciosas consecuencias que ha impreso en el corazón del hombre su primer acto de rebeldía, el primordial pecado de Adán.
Tal réplica no sólo permitió liquidarlas al arrancarlas de raíz,
sino que –y he aquí la trascendencia de las herejías- provocó la
construcción de ese noble y monumental obra que constituyó la definición
dogmática de las Verdades depositadas a su cuidado, y cuya formulación
permitió la consolidación de un sistema, de un todo al que llamamos
Cristianismo.
En otras palabras, con la debida asistencia del Espíritu Santo, la
Iglesia pudo construir el necesario cimiento en el que los cristianos
lograron depositar y velar
por la ortodoxia de aquellas Verdades y sin el cual, como ha acontecido a
lo largo de la historia, fácil e inexorablemente el Hombre hubiera caído
en el absurdo, en el desatino propio a la que está condenada toda
especulación meramente humana (dada su inclinación a la infidelidad o
mejor aún a la ‘rebeldía’), y que por ello se encuentra fatalmente
condenada a no penetrar en lo propio de Dios.
A
pesar de ello, nadie puede negar el largo y trágico proceso de
descristianización o de neo-paganización de los pueblos, proceso cuyo
inicio algunos estudiosos lo hacen retrotraer a los albores del siglo XVI.
Cualquiera sea la fecha de su origen, lo cierto es que la presencia de aquél
es perceptible en el ambiente en el que desarrollamos nuestra vida,
ambiente dominado por un ordenamiento de tipo iconoclasta o descreído,
donde es moneda corriente la promoción, bien organizada, de toda forma de
vida caracterizada por la ambición y la concupiscencia, lo cual no hace
sino profundizar en el hombre su ceguera y furia, su ‘rebeldía
a Dios’.
Justo en este período de nuestra historia se ha puesto en boga los
cuestionamientos ‘progresistas’ (de afuera y de adentro) por el
accionar de la Iglesia en su itinerario histórico, acusándola (la mayoría
de las veces sin mayor profundidad) de haber violentado la originaria
libertad del hombre. Evidentemente estos críticos no se han percatado (o
no quieren hacerlo) de la violencia que ejercieron aquellos que se
levantaron, con sus doctrinas y acciones, contra la misma condición
humana, creada por Dios, y que la Iglesia tuvo (y
tiene) la misión de salvaguardar
En ese marco, y sin pretender negar los abusos que sí existieron,
siguiendo a Belloc y Chesterton, nos preguntamos: ¿cuáles hubieran sido
las consecuencias para el hombre de haber prevalecido las herejías? ¿cuál
sería el mundo que nos hubiera tocado vivir?. Baste repasar las doctrinas
arrianas, las gnósticas o las albigenses, entre otras, para encontrar una
contundente respuesta. El
Cristianismo o mejor, la Iglesia, a diferencia de las herejías, tuvo
siempre la misión de convocar a todos los hombres, sin distinción, ni
excepción, a ser participes en la historia de la salvación. Así lo enseña
el Apóstol de los gentiles, San Pablo, cuando afirma: “Todos,
pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en
Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo. No hay ya
judío ni griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque
todos sois uno en Cristo Jesús” (Galatas, 3, 26-28).
¿Qué equivalencia podemos encontrar en los catharos,
maniqueos, ebionitas, pelagianos, montanistas y tantos otros, donde hacían
de la exclusión una regla?. La realidad de los hechos nos muestran que
las grandes y pequeñas herejías cumplieron (y seguirán cumpliendo) una
misión, y no solo un ciclo, que permitió a la Iglesia llegar a
comprender con mayor profundidad las divinas enseñanzas dejadas a su
cuidado por N.S. Jesucristo, como así también re-descubrir
su propia misión, cual es la
de la llevar dicho mensaje de salvación hasta en los más recónditos
lugares donde se encuentre el hombre, sujeto central de la acción
redentora de Jesucristo. He allí la cuestión fundamental y objeto
central de oposición de los enemigos de Dios.
En cambio, un cisma (del griego, sjisma)
implica un acto de separación o rebelión que desgarra la Unidad del rebaño
de Cristo (1 Cor 1,10; 11,18;
12,25). De allí que el cismático sea quien origina el cisma como el
que adhiere libremente, por convicción o de hecho. Así, un cisma puede
no estar motivada por una Herejía (vgr. Cisma de Oriente), en cambio una
Herejía, al cuestionar la ortodoxia dogmática, inevitablemente conlleva
un acto cismático. Dicho
esto, y sin pretender abarcarlas a todas, expondremos algunas de las
principales herejías que se han dado a lo largo de los siglos, muchas de
las cuales llegaron hacer conmover los cimientos mismos de la Iglesia de
Cristo.
Siglo
I
Rechazaron los escritos del Nuevo Testamento, excepto
el de S. Mateo (pero sin el versículo 1,13 que hace referencia a la
Virgen), guiándose preferentemente por los apócrifos ‘Evangelio de los
Hebreos’ y el ‘Evangelio de Pedro’. Por sus heterodoxas doctrinas
fueron repudiados tanto por el pueblo judío por ‘apóstatas’, como
por los cristianos por ‘herejes’. No llegaron hasta nuestros días
escritos de los ebionitas por lo que sus doctrinas fueron conocidas a través
de las referencias que de ellos hicieron tanto Orígenes como San Ireneo.
Finalmente, la herejía ebionita eclipsó en el curso del s. IV. Nicolaítas
–
secta
liderada –se cree- por Nicolás de Antioquía, uno de los siete diáconos
designados por los Apóstoles en Jerusalén (ver Hch. 6,5) conforme lo
testimonia Tertuliano, entre otros, identificación que los estudiosos han
puesto en duda últimamente. Conocidos por sus costumbres licenciosas -las
que no consideraron impuras-, provocó, por parte de sus contemporáneos,
identificaran el término ‘nicolaíta’ con toda perversión moral y
religiosa. Sus doctrinas relativas a la resurrección de la carne y al
bautismo reconocían una fuerte influencia del gnosticismo. Esta comunidad
es citada y condenada por el apóstol San Juan en el libro del Apocalipsis
2:6,15 y 24. Finalmente, los nicolaítas fueron absorbidos por las
diversas corrientes gnósticas que surgieron durante el siglo II.
Como
puede observarse, tales doctrinas tendían a comprometer la veracidad del
nacimiento, pasión y muerte de Cristo, como así también el valor real
de su acción Redentora. Tertuliano y San Ireneo combatieron estas ideas
defendiendo con vehemencia la encarnación del Verbo. Finalmente, el
docetismo desapareció en el s. III. Siglo
II Gnosticismo – conjunto de doctrinas sincrético-religiosas, que adoptó enseñanzas de origen iranianas, judeo-cristianas, caldeas, babilonicas, egipcias e hindúes. Sus principales promotores entre los cristianos fueron Simón el Mago, Cerinto, Carpócrates, Valentino, Satrunino y Basílides, entre muchos otros. Puede reconocerse en la mayoría de los autores gnósticos el haber abrevado tanto en el pensamiento griego, principalmente en las ideas de Plotino, como de parte de aquella teología mística y especulativa de la Sinagoga (Cábala) pervertida bajo la lamentable influencia de las doctrinas panteístas babilónicas, iranianas y persas, como del sabeísmo (culto a los astros) y otras tradiciones religiosas paganas durante los años del obligado exilio (siglos VI a IV antes de Cristo), influjo que algunos estudiosos remontan hasta el s. XVI a.C. durante el período del destierro en Egipto. Así, la visión ‘racionalista’ de los misterios divinos y su total rechazo al recurso de la Fe, impidió a los gnósticos captarlos en su total dimensión y profundidad pues para ellos, la Fe, debía ser reemplazada por los rudimentos de la filosofía. En consecuencia, y ya que la Verdad podía ser alcanzada solo mediante el recurso de la razón, los misterios de la Fe quedaron subordinadas a las doctrinas cuyo origen reconocen sólo al hombre. Sin que sea posible, en esta breve síntesis, efectuar una descripción única y total del gnosticismo, dada la multiplicidad de las facetas dadas por sus propugnadores, si puede intentarse una relativa caracterización, teniendo en cuenta algunos puntos en común. En ese marco, el gnosticismo sostuvo la existencia de un conocimiento particular o especial, superior a la Fe, cuya consecución permitía alcanzar o asegurar la salvación del alma. Dicho ‘conocimiento’ venía legado por un Revelador Celeste a unos pocos elegidos (o iniciados) el que (como dijimos) constituía el fundamento y garantía de la futura salvación. En consecuencia, el recurso a la Fe quedaba totalmente mitigado como así también la trascendencia de las buenas obras. La particular visión del mundo material, provocó entre los gnósticos un total rechazo a todos los Sacramentos, especialmente en el de la Eucaristía. Jesucristo era entendido como la encarnación de un ser espiritual (o Eón) por Dios. Entendían que para lograr un conocimiento pleno de sus enseñanzas no bastaba con recurrir a las contenidas en las Sagradas Escrituras, sino que debía recurrirse al ‘conocimiento gnóstico’. Creían que Yahveh era un ser espiritual superior pero de naturaleza caída, el Demiurgo, creador del mundo y de la carne, que había logrado ser adorado por éstos como Dios. A su vez, la redención era equiparada a un mero acto de iluminación (gnosis), mediante el cual el hombre podía liberarse de la prisión que representaba la materia para poder regresar al mundo celestial o espiritual. Este
concluyente rechazo de la materia los llevó inevitablemente a rechazar la
realidad de la resurrección de la carne. Varió dentro de las corrientes
gnósticas la necesidad del seguimiento de normas ascéticas, por lo que
algunas las consideraron indispensables (vgr. Saturnino) y otras no (vgr.
Basílides). Algunos llegaron a considerar legítimo renegar de la Fe (en
época de persecuciones) para evitar el martirio, entendiendo que la
adquisición de un ‘conocimiento liberador’ era una forma más elevada
de martirio. Sus prosélitos o seguidores, eran clasificados en tres
tipos: 1) los ílicos o materiales, para los que no había salvación
posible; 2) los psíquicos, quienes se salvarían con la ayuda de Cristo
y, 3) los gnósticos (o perfectos) quienes ya tenían la salvación
asegurada. Creían que el mundo material sería definitivamente destruido
cuando el Demiurgo (o Yahveh) fuera sometido por Dios, restaurándose así
todas las cosas. Como
se ha dicho anteriormente, el gnosticismo estuvo conformado por diversas
tendencias, muchas de ellas divergentes entre sí, por ello y de manera
sintética exponemos a continuación las más importantes:
2)
Saturnino, quien vivió en Antioquia en tiempos del emperador
Adriano y predicó en Siria, tuvo en sus doctrinas un fuerte sesgo ascético,
al punto de rechazar el matrimonio por considerarlo un acto de naturaleza
malvada. Creía que Dios había creado a los ángeles y éstos encabezados
por el ángel Yavé, crearon al mundo material y al hombre. Este, sin
embargo, poseía una porción o chispa de divinidad que le permitía
elevarse al mundo espiritual. Afirmaba que Cristo fue enviado por Dios
para redimir al hombre del yugo de Yavé.. 3)
Basílides, de origen egipcio, difundió sus ideas principalmente
en Alejandría. Representó la rama gnóstica que ensalzó el acto mismo
del ‘conocimiento gnóstico’ en desmedro de la moralidad de las
acciones, al igual que Carpócrates, aunque éste último llevó al
extremo tal idea. Afirmaba que en Cristo, primer eón, fue enviado por
Dios para liberar al mundo de la esclavitud de Yavé (Demiurgo). Sostenía
que Cristo, como ser espiritual increado, no pudo sufrir la pasión,
tomando su lugar Simón de Cirene. 4)
Bardésanes, sirio, predicó sus doctrinas en Alejandría. En
general, continuó el pensamiento de Valentín pero acompañó su prédica
con populares himnos litúrgicos. Suponía la eternidad de los principios
del bien y del mal. Afirmaba que las emanaciones espirituales del mal al
enamorarse de la Luz (el bien) buscaban elevarse al Pléroma (Absoluto),
el que estaba constituido por 365 inteligencias denominadas Abraxas. 5)
Ofitas, grupo gnóstico que imaginó la expulsión de Adán y Eva
del Paraíso junto con la serpiente (tentadora), cuyos descendientes tenían
por misión continuar tentando el género humano. 6)
Simón, el Mago. Este singular personaje de origen judío o
samaritano --citado en los Hechos a los Apóstoles 12, 9 y ss- y que tuvo
en Meandro su principal discípulo, creía en la existencia de una primera
Potencia Divina, Infinita y Principio de Todo. Ese Primer Dios,
identificado consigo mismo, denominándolo Simón, había engendrado a
Sophía y a través de ella, engendró el Cosmos, el universo todo. Pero
Sophía cayó en las redes de las fuerzas inferiores, o sea, la materia.
Simón (la Potencia divina) vino al mundo a rescatarla y a iniciar la
redención universal. De allí, que Simón fuera adorado por sus
seguidores como Zeus y su compañera, la esclava tiria Helena, quien
representaba la encarnación del primer pensamiento traído a la
existencia por Dios, era adorada como Atenas. 7)
Cerinto, afirmaba –según decía por revelación angélica- que
el mundo no era obra de Dios sino de un poder distinto, el demiurgo. Enseñaba
que Cristo no había nacido de la Virgen María ni padeció en la cruz,
sino que lo hizo Jesús, hijo natural de María, en quien Cristo había
morado luego del bautismo, para luego abandonarlo en las horas previas a
la pasión. Su particular visión milenarista, le hizo sostener que llegaría
tiempos en los que se instalaría un reino terrenal de mil años, en el
que Jerusalén sería su centro, y durante el cual los hombres podrían
satisfacer todos sus apetitos carnales. Monarquianismo adopcionista (o dinamista) – Teodoto de Bizancio fue el principal propulsor de esta herejía de corte cristológico. Influido por diversas corrientes ebionitas y gnósticas, sostuvo que Cristo era sólo un hombre común (o un ángel según corrientes adopcionistas más antiguas), nacido sobrenaturalmente de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. Creía que su condición divina la recibió al ser ‘adoptado’ como Hijo de Dios durante el bautismo en el río Jordán (según otros adopcionistas ello habría ocurrido después de su resurrección). En consecuencia, el Logos (o Verbo) era sólo una fuerza de energía divina que entró temporalmente en Cristo para poder éste ejercer su misión mesiánica.
En
el curso de la historia, y antes de la aparición de Teodoto de Bizancio
como de Pablo de Samosata, hubo una versión más antigua y mitigada del
adopcionismo, que lo encontramos entre los años 140-150 en el pensamiento
de Hermas (se cree de origen judío), hermano del por entonces papa S. Pio
I (142-157) y autor del famosísimo
“El Pastor’. Según aquél, Cristo es el siervo escogido (adoptado)
por Dios, en quien habita el Espíritu Santo (al que no concibe como
persona sino como una potencia divina) y participa de sus privilegios con
motivo de su fidelidad. Por
último, en el curso del siglo VIII reapareció el adopcionismo
reformulado por el obispo de Urgel, Félix y por Elipando de Toledo. La
herejía fue condenada solemnemente durante el segundo Concilio Ecuménico
de Nicea (787) y luego por el papa Adriano I en el año 794. Montanismo
(del griego enkrateia =
abstinencia, templanza) – herejía
de tendencias milenaristas y místicas, suscitada por Montano, natural de
Frigia (Asia menor). Anunció el próximo advenimiento de Cristo, el
descenso de la Santa Jerusalén y la instauración del reino milenario
profetizado en el libro del Apocalípsis. Junto a sus discipulas, Prisca
(o Priscila) y Maximila, predicó una rigurosa moral, prohibiendo las
segundas nupcias, el placer, los adornos las artes y la filosofía.
Promovió el ayuno periódico como así también el testimonio a través
del martirio. Montano creía que por inspiración divina todo hombre
estaba en condiciones de ser ‘profeta’, condición que él mismo creía
tener. Una de sus doctrinas más controvertidas fue el rechazo de toda
posibilidad de perdón y restablecimiento de la comunión con la Iglesia
de todo aquél bautizado que hubiera cometido actos impuros. El montanismo
se extendió principalmente en Asia menor donde se constituyó en una
iglesia organizada. El gran apologeta latino, Quinto Septimio Florente
Tertuliano, natural de Cartago, cayó en el error montanista en el año
207, perdurando en él hasta el final de sus días. El montanismo fue
particularmente combatido por Apolinar de Getápoli, Milcíades, Apolonio
y Gayo. Durante el s. III prácticamente se extinguió, quedando pequeños
vestigios en oriente.
Las
diversas posturas que surgieron de su seno originaron un sin fin de nuevas
sectas, entre las cuales corresponde destacar a la de los Severianos,
liderados por un tal Severo, quienes influenciados por las secta de los
ebionitas, rechazaron todas las epístolas de San Pablo como los Hechos de
los Apóstoles. También encontramos a los Continentes
muy influenciados por los maniqueos; los Apotácticos
(o renunciadores) quienes se caracterizaban por llevar una vida
fuertemente ascética al punto de renunciar a todo placer temporal; los Acuarianos
o hidropasianos, cuyo nombre deriva de su práctica de celebrar la
Eucaristía sólo con agua, y por último, los Sacóforos,
los que se distinguían por la vestimenta que utilizaban.
Sus principales adversarios fueron hombres de la talla de Tertuliano,
Epifanio, San Hipólito romano, San Ireneo, Orígenes y Clemente de
Alejandría. Durante el s. IV, el asceta capadocio, Eustaquio de Sabaste,
dio un nuevo impulso al encratismo, el que fue condenado en el año 390
por el papa san Siricio (385-398) durante el sínodo llevado a cabo en
Sido de Panfilia, para luego desaparecer. Marcionismo – herejía de origen gnóstico, difundida por Marción, natural de Sínope (hoy Turquía). Llegado a Roma (139) decidió fundar su propia Iglesia al ser expulsado de la comunidad cristiana a la que concurría en al año 144. Anteriormente ya había sido excomulgado por su padre, quien se cree era obispo de Sínope. Marción, en sus enseñanzas, diferenciaba el Dios revelado en el Nuevo Testamento del Dios del Antiguo Testamento, siendo el primero misericordioso y benévolo a diferencia del Dios de Israel al que entendía como el de justicia, señor del mundo en el que había impuesto la ley y el temor. Consideraba al cristianismo como la sustitución del judaísmo y no como su cumplimento. Maniqueísmo –conjunto de doctrinas difundidas por Mani (Manes o Manijaios), natural Mardin, Mesopotamia (216), quien nació en el seno de una noble familia persa aunque se cree de origen judío. Según Manes, a la edad de 13 años fue testigo principal de una visión del Espíritu Santo que le reveló una nueva doctrina. Mas allá de esta fábula, en realidad si recibió de joven una fuerte influencia del gnosticismo, del marcionismo como de las enseñanzas judeo-cristianas. Su intención original fue la de crear una nueva religión de carácter ‘universal’ que lograra abarcar a todas las demás religiones. Así, para la formulación de sus exóticas doctrinas se valió del cristianismo, del zoroastrismo y del budismo. Luego de fundar su propia iglesia, difundió sus doctrinas por la India, Egipto, China, Mongolia, norte de Africa y aún España, siendo perseguido en Persia donde terminó sus días decapitado en prisión (276). Sintéticamente, sus teorías se centraban en la eterna lucha entre el bien y el mal, propio del dualismo gnóstico, arguyendo la existencia de un principio de Luz y otro de las Tinieblas, ambos increados, siendo éste último el creador del mundo material. En contrapartida, de la Luz procedían las almas humanas las que habían caído prisioneras al mundo material. Ambos principios eran opuestos, pero entre ellos, el Bien y el Mal, no hay un abismo que los separa sino que sus límites se tocan o rozan, sin confundirse. Es decir, donde uno concluye comienza el otro. Manes
creía que para alcanzar la salvación el hombre debía obtener una
iluminación especial, lo que podía obtenerse mediante el ejercicio de la
limosna, la oración y el ayuno, considerando tanto a Buda, Cristo y a
Zoroastro como ‘profetas superados’. Jesús tuvo la misión de
comunicar esa ‘iluminación’ y por ende, era considerado ‘maestro y
salvador’, siendo Mani el enviado de Jesús, su Apóstol por excelencia.
La iglesia maniquea estuvo constituida por una organización fuertemente
jerárquica y la vida de sus seguidores se rigieron por rigurosas reglas
morales. Así, promovió Mani la abstención de las relaciones sexuales,
la consumición de carne y vino, prohibió el recurso a la mentira y el
perjurio, la blasfemia, la apostasía, el juramento como el de participar
en guerras. Sus seguidores se dividían en ‘élegidos’, quienes eran
los que practicaban las creencias maniqueas y por ello tenían garantizado
su ingreso al ‘paraíso de luz’; y los ‘oyentes’ quienes sólo
escuchaban sus prédicas y que por no practicar a conciencia la fe
maniquea, a su muerte debían transmigrar sus almas de cuerpo en cuerpo,
hasta llegar al de un elegido que lo llevaría a la salvación. En su
culto, no se administraba nada que se asemejara a los sacramentos (los que
eran rechazados por Mani) salvo una caricatura de lo que es la eucaristía,
la que estaba reservada a unos pocos elegidos. Actualmente subsisten
algunas comunidades en oriente, siendo su fiesta principal la que celebran
durante los primeros meses de cada año, denominada “Bema” y en el que
se recuerda el supuesto martirio de su maestro, Mani.
Como
fruto de su sólida y abrumadora argumentación, impulsó a Praxeas a
retractarse. Dentro de esta corriente, en el s. III surgieron dos nuevos líderes
del modalismo, Cleómenes y Sabelio de Ptolemaida. Sin duda alguna,
sobresalió la figura de éste último atento que fue quien renovó las
ideas de sus antecesores. Influenciado por el monoteísmo riguroso
propugnado por los judíos, consideraba a Dios como una sustancia
individual y universal, eterna y espiritual (o mónada) que se manifestaba
en tres operaciones diversas: como Padre creó el mundo, como Hijo fue su
redentor y como Espíritu Santo obraba en su santificación. Sus ideas hacían
emanar de la unidad silenciosa, tranquila y absoluta de Dios, el alma de
Cristo, el Espíritu Santo y por último, el alma del hombre y de todo el
unvierso. Estas doctrinas alcanzaron un nivel tan inusitado de aceptación
que todo tipo de monarquianismo fue designada en adelante bajo el nombre
de ‘sabelianismo’. Combatida la herejía por Tertuliano, Eusebio de
Cesarea, San Hipólito y San Hilario de Poitiers, el modalismo fue
condenado por los papas San Calixto ( (218-222), San Dionisio (259-268) y
San Felipe I (269-274), para luego languidecer en el s. V. Subordinacionismo – conjunto de opiniones teológicas de carácter heterodoxo elaboradas por diversos autores cristianos que, con el fin de contrarrestar la herejía modalista, intentaron explicar y defender la doctrina trinitaria. En general, es unánime la opinión de los estudiosos en el sentido de que el subordinacionismo no constituyó una herejía propiamente dicha, puesto que si bien contrariaba la ortodoxia de la doctrina, nunca pretendió –por parte de sus propugnadores- constituirse en una doctrina oficial, sino un intento, una mera opinión teológica que, al ser llamados sus autores por la Iglesia a atenerse fielmente a las doctrinas ortodoxas, estos se sometieron a sus dictados pacíficamente. Influenciados por la filosofía estoica, los subordinacionistas cometían el error de destacar exageradamente la distinción existente entre el Padre y el Hijo, al punto de llegar a subordinar –en mayor o menor medida- el Hijo al Padre. Así,
pensaban que en el Hijo de Dios operaban dos realidades diversas: una, la
del Logos interior, esto es, la
Palabra pensada, formulada mentalmente, igual al Padre eterno; la otra,
era la del Logos exterior, o la
Palabra pronunciada, pensada por el Padre como instrumento de la creación
que permite el contacto con el mundo fuera de Dios, y en tal carácter, no
era igual a Dios-Padre, ni eterno como El, puesto que la creación viene
en el tiempo, por lo que el Hijo de Dios (como la creación), en su carácter
de Logos exterior, no es sino
fruto de una libre decisión de Dios. En consecuencia, si Dios es quien
determina crear al mundo, necesariamente el Hijo se encuentra subordinado
al Padre. Muchas ideas de los llamados Padres de la Iglesia fueron
influidas por estas opiniones, como fueron los casos de Justino, Hipólito,
Orígenes y Tertuliano.
Otro cisma, de características similares a las del novacianismo, tuvo lugar en el seno de la iglesia nor-africana. Esta fue encabezada por el presbítero Novato y su bienhechor, Felicísimo. El por entonces, obispo de Cartago, Cipriano había dispuesto normas similares a las promulgadas por el papa Cornelio respecto a la admisión de apostatas y renegados. A diferencia de los novacianos, Novato y Felicísimo rechazaron tal disposición reclamando la abolición de la necesidad del cumplimiento de una penitencia. Para lograr sus objetivos, paradojalmente se aliaron a los novacianos, pero poco tiempo después y sin haber conseguido mayores frutos, el movimiento se disolvió.
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