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SOMETIDAS AL INFLUJO HUMANO



   

¡PERO DE QUIEN ES ESA CONCIENCIA!

La conciencia está sometida al influjo humano, la familia y la sociedad la marcan continuamente, la educación intenta moldearla y en el transcurso de una vida se va formando y modificando tanto para bien como para mal, incluso a veces se identifica con valores sociales o ideológicos. Por eso la conciencia tiene que buscar la "verdad" y ser crítica; deberá discernir si es la "voz" del sistema, de la moda, de los sistemas informativos de la sociedad (prensa, radio, TV), o si es de su "corazón", de la verdadera "Voz" que le habla. Hay personas que escogen un camino fácil y se identifican plenamente con los valores de algún sistema social, político o eclesiástico y pierden la actitud crítica y la libertad de opción. Es fácil ser inmaduro y es muy cómodo, un libro que piense por mí, un político que hable por mí, un sistema que me "ahorre" el preocuparme y me deje "tiempo libre", siempre habrá personas o ideas que realicen "mi trabajo". Para el hombre lo más sencillo es "alienar" su conciencia, "esclavizar" su yo y convertirse en un hombre-masa sin necesidad de preguntarse por lo que cueste alguna preocupación. A Dios, por tanto, lo podemos siempre oír en nuestra conciencia. El hombre es un ser libre e inviolable pues está en contacto y en relación plena con Dios, pero es necesario para que la conciencia pueda seguir siendo totalmente libre, dotarla de una actitud "crítica" para que pueda distinguir esa "voz" de Dios de entre tantas voces de los tiempos y de los hombres.

 ALGUNAS VECES OÍMOS UN LENGUAJE EQUIVOCADO

A veces, el lenguaje que nos transmite la Iglesia es, tanto en su forma como en su contenido, incapaz de decir nada al hombre de hoy. A veces, la fe está "aclimatada" a una determinada cultura, se produce una tenaz resistencia ante "lo nuevo" y aparecen los "conservadores" a ultranza, que temerosos de cualquier novedad, constituyen los "guardias" de "lo inmutable y eterno"; constituyen el "ejército" de Cristo, crean y ocupan escalafones eclesiásticos, asignándose honores y prerrogativas extraevangélicos. Se facilita de esta manera que algunas personas puedan vivir "de Cristo" y no "para Cristo". Es lo que ocurre con los que consideran la "Jerarquía", no como necesidad básica y necesaria para el desarrollo armónico de la Iglesia, sino como lugar de promoción personal. Son los llamados "funcionarios" de la Iglesia. Podemos recordar "la lucha" que mantuvieron estos "funcionarios" de la "verdad", durante más de un siglo, hasta la muerte de Pío XII, contra la "sociedad moderna". Hasta que por fin el buen Papa Juan XXIII rompió definitivamente esa barrera de fuego convocando el Concilio Vaticano II, incitando a todos los católicos del mundo a reemprender el diálogo fe-cultura y a reformular el "Evangelio" en palabras y expresiones inteligibles para el hombre actual.


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