EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO
HOMBRE Y MUJER: MISTERIOS QUE SE COMPLEMENTAN


Hay dos grandes leyes en todo lo humano, que ya las hemos repetido de un modo o de otro: - una es la ley de la dependencia. En el hombre todo dice relación a algo más que él no es, que él no posee. Un caso evidente es éste del hombre y la mujer. Son dos compartes, absolutamente orientadas una hacia la otra. El complemento va desde el orden biológico de la procreación, al psíquico, de la diversa dotación personal que busca en el otro sexo una plenitud emocional y espiritual. o la otra ley es la de lo espiritual y lo material formando un solo bloque, es decir, la huida tanto de un angelismo, como de un materialismo. La unión hombre-mujer no es algo que se agote en lo meramente fisiológico, ni mucho menos, sino al contrario, en una perspectiva auténticamente humana (no fisiológica), es lo espiritual, lo interior la fuente de la expresión corpórea, cualquiera que ésta sea; y lo corpóreo es entonces la concreción de un amor que invade todos los ámbitos de la persona.

Ya en este punto, particularmente en el segundo, hay que reflexionar la enorme falta de formación que muy frecuentemente existe, y de la cual no puede seguirse más que un rápido empobrecimiento de la convivencia hombre-mujer. Lamentablemente, llegados a la adolescencia, los jóvenes, si no son auténticamente creadores, imaginativos, ilusionados por algo más, toman una perspectiva que podríamos llamar de sexo, no de relación. También en cuanto a la primera ley, hoy día se va cayendo más en la cuenta de que no existe ningún sexo superior en nada al otro; son, simplemente, complementarios, ambos absolutamente necesarios, sin prioridad de uno sobre el otro. Y lo mismo hay que pensar de todas las facetas que se refieren a la persona (sea ésta masculina o femenina): ambas tienen los mismos derechos; ambas son absolutamente iguales, si se exceptúa el papel estrictamente biológico, pero en lo personal no puede darse ninguna discriminación.   

UNA SOLA CARNE 

Para los primitivos hebreos parece constituía un misterio esa orientación total de un sexo a otro. Ellos se figuraron que, ya que el hombre está orientado hacia la mujer, y viceversa, habría habido un tiempo primordial, algo mítico, algo como fuera del tiempo, en que el hombre y la mujer habrían sido un bloque, una unidad. Luego, Dios los habría separado, titando de un costado del hombre. (Sin duda, de haberse tratado de una sociedad matriarcal, habrían pensado tirando de un costado de la mujer.) Cuando el hombre la percibe frente a sí mismo, es cuando toma conciencia de que allí hay alguien enteramente semejante a él, completamente distinta de los animales; es lo que significa la frase "carne de mi carne y hueso de mis huesos". Decir que la mujer está hecha de un costado del hombre, es decir de otra forma que está hecha para el hombre (teniendo en cuento lo dicho de una sociedad matriarcal; hay que decir lo mismo del hombre respecto a la mujer). Pero es entonces cuando nuevamente tendrá que realizarse la unión para la que ambos están hechos. No se trata ya - ni de una unión que venga impuesta por la naturaleza sino se trata de una unión libre, elegida; - ni se trata de una unión que se quede al mero nivel de la naturaleza; si es unión libre, ha de serlo en fuerza del amor libre, fiel y exclusivo. Sólo así "serán UNA SOLA CARNE", es decir, una auténtica unidad total corpóreo-espiritual, físico-anímica.  

   UN SACRAMENTO 

El que dos personas se unan así, libremente y a todos los niveles de unión posible, sobrepasa la orientación biológica de la especie que tiende a la supervivencia. Lo que en el fondo pasa es algo más hondo: es la eterna ley del AMOR para la que Dios nos ha hecho, y que se oculta detrás y en el fondo mismo de la atracción a nivel de sexos. Pues bien, esta ley del amor que tiende a la fusibn estable y exclusiva de la pareja hasta formar una grandiosa unidad, nos está siendo un dedo que apunta más arriba: Cuando alguien vea esta tendencia hecha ya realidad, a poco que reflexione, encontrará en ella un reflejo, una trasposición, un signo de cómo Dios ama; de cómo Dios NOS ama. Verlo en la historia de dos seres, nos lleva a recapacitar en la gran ley que sostiene la existencia entera: el amor de Dios que ama al hombre. Es lo que hace S. Pablo: al recapacitar en lo que es un auténtico y plenario matrimonio, piensa que eso es el mejor símbolo, el sacramento de cómo Dios ama al hombre. Si las dos personas que se unen son cristianas, sentirán en sí mismos el maravilloso peso de reproducir en su mutua donación, lo que Dios hace con nosotros. Muy pocas personas tal vez son conscientes de esta bellísima carga que hace sentir el amor a unos niveles cósmicos, que desbordan la simple unión biológica. No es que se trate de nada añadido, sino que en la entraña misma del amor de esos dos seres se está haciendo palpitante esa otra realidad. Por eso es un sacramento. Y por eso muchos tal vez no cristianos, o cristianos poco informados, viven de hecho esta realidad aunque no sepan explicarla.   

¿DOS FINES DEL MATRIMONIO? 

Proverbialmente se hablaba de dos fines en el matrimonio: el primero, la procreación de nuevos seres o tener hijos. El segundo, la mutua ayuda y compañía para que las personas no se sientan solas y puedan expresar esa poderosa fuerza que es la atracción de los sexos. Ahora bien, mirar así las cosas, hacía del matrimonio una visión de tipo "animal" biológico. No. El matrimonio es una poderosa unidad, y no se pueden deslindar las cosas nunca. Los hijos serán una floración natural de esa tremenda realidad que supone el ser dos seres unidos, "una sola carne", en frase bíblica. Pero tan poderoso es el segundo fin y tan absoluto, y tan base de un sacramento como el primero. En la versión del cap. 2 de Génesis, se habla sólo de este segundo fin, el de la compañera, aunque no por ello se prescinda del primero. El Concilio Vaticano II ha suprimido esta forma de ver, y no ha querido hablar de dos fines, y sobre todo, ha evitado llamar primero al de la procreación, con lo cual da a esta realidad del matrimonio una visión más PERSONALISTA y menos biológica.   

LOS PROBLEMAS 

- El primero podríamos decir que es el materialismo:

Todo o casi todo lo que nos rodea hoy día, o de lo que nos rodeamos las personas, está falto de una orientación poderosa a ese algo más del que hemos hablado repetidamente. Es verdad que la vida necesita, y cada vez más quizá, de unas seguridades materiales. Es verdad también que la existencia humana es muy monótona y nos puede desgastar, terminar en aburrimiento, el ansia de seguridades materiales, el lucro, la ambición de poder competir con otros que consideramos más afortunados... Entonces, y por múltiples caminos, se demuestra que la unión de esas dos personas era poco rica, no se ha cultivado suficientemente, no está asentada sobre una jerarquía de valores sensata, no es cada una de las personas para la otra por encima de TODO. Entonces comienzan a considerarse mutuamente extraños, o quizá un objeto igualado con otros. Inmediatamente sobreviene un desajuste de relación cuya base, llámese como se quiera, es de tipo espiritual.
 
 - El segundo se refiere al número de hijos.
 
Para muchas familias, por dificultades económicas, por no poder proporcionar una educación adecuada a muchos hijos, por motivos de salud, etc., o simplemente porque ellos quieren configurar su familia de una manera determinada, optan por limitar el número de hijos. Ahora bien, tradicionalmente se consideraba este problema como perteneciente a la moral, una moral que prohibía que por cualquier método positivo se intentara tal limitación. Entre estos métodos, el más actualizado es el de que la mujer tome comprimidos anovulatorios, que impiden la ovulación. Concedía, en cambio, esta visión moral la evitación de hijos valiéndose únicamente de las leyes propias de la naturaleza humana, según las cuales hay días que, en principio, son infecundos en la mujer. Se consideraba que éste era el único camino moral de limitar los hijos; lo demás era pecado. En el fondo, pertenece esta orientación a una determinada fornia de considerar la sexualidad.

Hasta hace relativamente pocos años no se la consideraba desde la
perspectiva positiva de la interrelación, sino como algo biológico, orientado por sí mismo a la conservación de la especie humana. Ha sido éste de la sexualidad un campo proverbialmente imbuido de dualismo (el dualismo considera lo corpóreo menos bueno o malo, en virtud de una postura filosófica de tipo platónico, pero en desacuerdo con la realidad creada por Dios e incluso con otra postura antagónica como es la semítica que no es dualista). Este dualismo sospecha del placer y del bienestar humano; sus armas son más bien la negación, el ascetismo, etc. No es hora en este momento de explanar este punto del dualismo, que tanto daño ha causado a la moral cristiana, por su deformación de la totalidad real. El hecho es que en la transformación de tipo PERSONALISTA ocurrido en nuestro momento cultural, uno de los campos revisados ha sido éste de la función de la sexualiclacl en el seno del matrimonio.

Es un campo de encuentro personal, por encima de una función biológica. Lo que hay que poner a salvo en las relaciones entre esposos, es que siempre exista un amor fiel del que sea expresión toda la vida íntima en común de dos seres. Pero son ellos los que tienen que decidir acerca del número de hijos que pueden o quieren tener. En ello tienen todos los derechos. Lo que la moral les dice, lo mismo que a cada persona en su estado, es que sus relaciones estén presididas por el respecto y el amor constantemente, un amor cristiano. Ha cambiado, por lo tanto, la óptica acerca de las relaciones sexuales en el matrimonio, desde una perspectiva más biológica, más de tipo especie animal, a otra visión personal, en la que la relación es el módulo de moralidad, una relación amorosa estable, como únicamente se da en el matrimonio. Porque hay que advertir que los valores positivos que posee la sexualidad están orientados a la convivencia de dos seres que en exclusividad (con respecto a otras personas) y en fidelidad perenne van a vivir entregándose mutuamente.

No se trata, por lo tanto, de lo dicho, más que de las relaciones dentro del matrimonio. La Encíclica Humanae Vitae del Papa Pablo VI, en verano de 1968, tiende a
salvar al matrimonio de cualquier materialismo. En principio, aboga por la orientación moral antigua, pero a la vez matiza mucho en la segunda parte. No es enseñanza "ex cathedra", y de hecho, tanto la praxis de la Iglesia en numerosas países, como la postura de diferentes episcopados ha acogido esta encíclica como un gran ideal cuando fuera posible cumplirlo, pero no como una norma obligante a la conciencia de los esposos. Estos deben valorar todos los argumentos que hay en su vida para determinar cuántos hijos pueden tener. Uno de esos elementos es la exhortación del Papa, pero no ha de ser ésa la última palabra, sino la de la responsabilidad de padres y de ESPOSOS que sólo ellos poseen.
 

  - El tercer problema sería el del divorcio o separación definitiva de dos esposos con posibilidad de contraer nuevas nupcias.
 
Gravísimo problema al que la legislación prácticamente de todos los paises occidentales está dando cabida.. El ideal sería que no hubiera problemas, pero cuando los hay, es necesario buscarles una solución, y eso pretende el legislador. Se trata, por lo tanto, de dos aspectos. Uno es el estrictamente legal, que compete a las leyes civiles de un país. Otro es el religioso, propio de los creyentes, los cuales consideran sacramento su unión matrimonial. En cuanto a la legislación, su papel es velar por el bien común y encauzar los posibles desacuerdos existentes entre los ciudadanos, sin atenerse a principios de una religión concreta, ya que no todos practicarán, lógicamente, una misma religión. En cuanto al aspecto religioso, es sumamente delicado, por sus múltiples complicaciones posibles, y doloroso el tratamiento de semejante conflicto. Previamente habría que ver si verdaderamente hubo todas las condiciones antropológicas (es decir, auténticamente humanas) y toda la madurez necesaria en la mutua elección primera o durante el matrimonio mismo. Quizá en realidad faltó esa base humana, y por lo tanto faltó el verdadero sacramento.

Habría, además, que impulsar, proteger, promover en la pareja unas condiciones tales, que surgiera libremente la convicción de su
mutua elección. Habría también que recorrer todas las posibilidades para corregir los desacuerdos, pasando incluso por el perdón, tal como Dios hace con los hombres. Pero si, después de todo esto, fuera imposible la convivencia, la Iglesia misma tendría que ver que allí no hay unión, y, en consecuencia, declararlo ante la Comunidad creyente. No es la Iglesia la que une o desune, sino que ella ve lo que en una pareja sucede. Actualmente, la Iglesia en su praxis mantiene la indisolubilidad, y lo que con mayor frecuencia se concede es la separación, que es otro concepto que no lleva consigo el poder contraer nuevas nupcias. Pero también son más frecuentes los casos en que se toma en cuenta el motivo personalista, existencias, de los esposos y se considera nulo el matrimonio anterior por falta de condiciones desde un principio. Ya en la primitiva Iglesia, por los motivos que entonces eran los correspondientes a la situación sociológica, comprendió que había casos en los que habría que conceder la disolución y nuevas nupcias. En la misma Iglesia Católica Oriental se concede con mayor indulgencia en determinadas circunstancias ese divorcio.  

  CUESTION ABIERTA 

Es, por lo tanto, una cuestión abierta a una mayor precisión actual. Lo que si hay que tener en cuenta es que no hay sacramento allí donde no haya amor y una auténtica plenitud humana, libre y correspondiente a las personas de que se trate: por ese motivo, muchos matrimonios aparentes, no habrán llegado al grado de sacramento de hecho (a no ser que mantengamos un concepto de matrimonio de tipo mágico, por el mero hecho de que hubo una ceremonia, y esto es inaceptable). Y hay otros matrimonios que, aun habiendo sido sacramento, ha llegado un momento de ruptura irreparable. ¿No tendrá la Iglesia un cauce de indulgencia para estas personas? No hay que temer que la legislación cree los problemas; al contrario, los problemas existen, y la legislación tiene que solucionarlos. Por lo tanto, el conflicto mutuo habría que enmarcarlo en unas coordenadas de madurez humana, en primer lugar, de sinceridad plena o ausencia de móviles egoístas, y de ausencia de cualquier frivolidad que estuviera en la base del menor deterioro de un auténtico amor. En cuanto a esto último, también para la unión de la pareja -y es una de las más claras situaciones humanas- resulta posible aplicar el principio de Jesús: "Permaneced en el amor" (cf. Jo. 15,9). Supuesto el amor, resulta imperioso cultivarlo, enriquecerlo y nunca frivolizarlo. Sólo cuando tras el recorrido anteriormente dicho, que agotara todas las posibilidades, incluso pasando por el perdón, para asegurar un auténtico amor, fuera imposible la convivencia, la Iglesia, la comunidad creyente deberá preguntarse si no existe también en la misericordia, en la antiguamente denominada economía de Dios, una solución para estas personas.

Quizá sea todavía más angustioso que el problema venga de una sola parte. Entonces debería ser iluminado el conflicto con un
sentido plenamente humano y cristiano desde cada una de las posturas, viendo cómo la decisión última -sin anular a ninguna de las dos personas o crear otros conflictos - quizá pueda pasar por una trayectoria en la que no esté ausente el sacrificio total, y sea una solución sana psíquica y humanamente. El temor de que la posibilidad del divorcio para casos limite desvirtuara la estabilidad en el amor mutuo y exclusivo que es propia de la concepción cristiana, se debería a una aberración, más propia de personas en algún modo desequilibradas o que adoptan unas perspectivas sociológicas (estabilidad de la sociedad, etc.) ante problemas que, además de ser aislados, pueden ser angustiosos para algunas personas.
 

 CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA

1659 S. Pablo dice: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia... Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo y la Iglesia " (Ef 5, 25.32).

1660
La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y educación de los hijos. Entre bautizados, el matrimonio ha sido elevado por Cristo Señor a la dignidad de sacramento (cf GS 48, 1; CIC can. 1055, l).

1661
El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia; la gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna (cf Cc. de Trento: DS 1799).

1662
El matrimonio se funda en el consentimiento de los contrayentes, es decir, en la voluntad de darse mutua y definitivamente con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecunda.

1663
Dado que el matrimonio establece a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia, la celebración del mismo se hace ordinariamente de modo público, en el marco de una celebración litúrgico, ante el sacerdote (o el testigo cualificado de la Iglesia), los testigos y la asamblea de los fieles.

1664
La unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio. La poligamia es incompatible con la unidad del matrimonio; el divorcio separa lo que Dios ha unido; el rechazo de la fecundidad priva a la vida conyugal de su "don más excelente", el hijo (GS 50, l).

1665
Contraer un nuevo matrimonio por parte de los divorciados mientras viven sus cónyuges legítimos contradice el plan y la ley de Dios enseñados por Cristo. Los que viven en esta situación no están separados de la Iglesia, pero no pueden acceder a la comunión eucarística. Pueden vivir su vida cristiana sobre todo educando a sus hijos en la fe.

1666
El hogar cristiano es el lugar en que los hijos reciben el primer anuncio de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente "Iglesia doméstica", comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana.