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LUJURIA, GULA,
PEREZA Y DESORDEN.
EL LUJURIOSO ES, SOBRE TODO, UN
"EGOíSTA"...
La concupiscencia de la carne es, por excelencia, la
lujuria, es la más extendida de todas las pasiones, el
más violento de los vicios, el que lleva consigo
consecuencias más desastrosas, es, según el hombre de
ciencia, una perversión del instinto de reproducción.
Este pecado de complacencia y de goce que experimenta el
apetito en la presencia (o posesión) de "su
bien", puede ser simplemente interna (y entonces la
delectación es espiritual), o externa (es el uso carnal
sensitivo). El instinto sexual implica la existencia de
una persona y, en casos de extrema perversión, la
persona es sustituida por un animal o por un objeto. Al
tener este acto una trascendencia social es siempre un
acto malo. Toda sexualidad debe ser realizada éticamente
para que sus consecuencias (que conciernen a la vida)
sean favorables a la Humanidad. Falta contra natura, la
lujuria es aún más grave porque se violenta el cuerpo
de la otra persona (aunque ella lo consienta).
Un cuerpo, dice san Pablo, es un templo de
Espíritu Santo.
El carácter antisocial de la lujuria se manifiesta por
la perturbación que provoca en las reacciones entre los
esposos, las familias y las colectividades. En la
lujuria, hay un vicio de amor, pues considera bueno lo
que es engendrado por el apetito, sin tener en cuenta la
validez del deseo o del objeto. El lujurioso es, sobre
todo, un egoísta mucho más violento que cualquier otro
pecador, puesto que el hambre sexual (la libido de Freud)
es más voraz que el hambre de comida, de dinero o de
honores. Es, pues, lógico, que la lujuria sea el pecado
capital de la privación de amor para consigo mismo y
para con los demás, es decir, una falta de caridad. El
autoerotismo o la búsqueda animal de goce sexual es, no
sólo un desorden de los sentidos, sino que es también
una voluntad deliberada de posesión, de ultraje hecho al
amor.
- Si no hay amor podemos hablar de
violación o prostitución...
La realización de un acto sexual -de una actividad que
es natural en nuestra vida - implica el acercamiento de
dos cuerpos en el ámbito de un entendimiento espiritual,
de un diálogo de amor y de comprensión recíprocos para
que el placer, el deleite y la satisfacción formen parte
de esta identificación espiritual. Si no hay amor, la
satisfacción sexual es una violación o una
prostitución. El vicio es capital porque provoca un
estado propicio a otros actos malos, tales como las
desesperación, el crimen o el suicidio. Igual que los
demás pecados capitales, la lujuria pone de manifiesto
su deseo de imponerse a la razón. La castidad es la
virtud gracias a la cual la razón obliga a la voluntad a
seguir el camino que más conviene a su deseo sexual. Sin
la virtud de la castidad, la razón corre el riesgo de
ser influida por una voluntad viciosa que se convierte en
vicio a medida que va hallando su propia satisfacción.
Hay que enseñar al hombre a respetar su cuerpo (sobre
todo a los jóvenes, que en el despertar de su sexualidad
llegan incluso a despreciarse y a despreciar a las
personas del sexo opuesto). Enseñarles también la ley
del amor: ofrecer su vida a los demás, unirse un hombre
y una mujer para que nunca más estén solos, ser dos en
uno.
LA GULA VIOLA LAS LEYES NATURALES...
La segunda concupiscencia de la carne, la que viola las
leyes naturales que se refieren a la sobriedad, a la
templanza y a la abstinencia en la alimentación, es la
gula. Es un pecado, una falta espiritual, porque enturbia
la razón, la mente y el corazón, y es un pecado capital
porque prepara el terreno para otros muchos vicios.
Ciertamente, el hombre debe comer y beber para vivir,
pero como ocurre con el hambre sexual, el instinto corre
el peligro de convertirse en insaciable. Lo que hace que
el individuo caiga en el egoísmo de la gula, es
precisamente el deleite que éste provoca. La necesidad
es superada por el lujo y el exceso, por un refinamiento
que busca solamente el placer de comer. El pecado es
tanto más grave cuanto que el hombre, en estado de gula,
atiende antes las exigencias de la boca que las de la
conciencia. Para satisfacer su apetito carnal, el goloso
es capaz de cerrar los ojos a las necesidades de su
prójimo. El vicio es, pues, perjudicial no sólo para el
mismo, sino también a la colectividad familiar y social.
La gula es un vicio contra natura, un peligro para la
vida social, una fuente inacabable de pecados y de
desgracias, tanto individuales como colectivas.
LA PEREZA ES UNA PUERTA ABIERTA A OTRAS
PERVERSIONES...
Es un sentido espiritual, significa un alejamiento
absoluto del "Bien" y también pereza por la
vida espiritual y por tanto de Dios. En un sentido más
amplio y también más usual, entendemos por pereza el
acto o actitud de rechazar cualquier esfuerzo material y
cotidiano que la vida y sus deberes nos imponen. El
perezoso se niega a seguir el camino natural del trabajo,
de la actividad y de la reflexión. Es un pecado capital
porque la pereza es un mal vejatorio hacia el bien que se
deriva de nuestra actividad espiritual y material, y
porque de ella nacen otros actos también malos. La
pereza empobrece al ser humano, a su vida, que ha
recibido como un don, y al fin sobrenatural para el que
ha sido creado. El pecado sólo hace su aparición en el
momento en que la voluntad se niega a actuar. Es un vicio
que atenta a la totalidad de la persona, es una puerta
abierta a otras perversiones de los instintos. El
perezoso teme el esfuerzo, su voluntad es un
"no" radical a la reflexión, y no reconoce su
"sí" personal. El perezoso desprecia todo lo
creado, niega el trabajo, no se siente dispuesto a
participar en el esfuerzo social y en el progreso humano.
EL DESORDEN DEL MUNDO, CONSECUENCIA DEL
PECADO
Todo el desorden personal en el que vivimos por culpa de
nuestro egoísmo, se enlaza con un desorden social y
humano que perturba la vida colectiva. Nuestra
"vanagloria" nos lleva a la jactancia, a la
desobediencia, a la hipocresía, a la discordia, a la
rivalidad. Cuando despreciamos las "cosas
espirituales" caemos en el aburrimiento, el
desaliento, la torpeza , la inactividad e incluso en el
suicidio. De la envidia se deriva la calumnia, el odio,
la tristeza e incluso "la alegría" de ver a
los demás en dificultades. Con la ira preparamos el
campo a la disputa, las injurias y los arrebatos. La
avaricia nos lleva al fraude y a la perfidia. La lujuria
nos ciega el espíritu y nos desarrolla todas las
pasiones de orden sexual. Y con la gula nos hacemos
estúpidos y bufones. Con este hombre moldeado por el
pecado se ha construido la sociedad con sus leyes,
deberes y barreras.
Las instituciones sociales no son más
que un continuo esfuerzo para poner límites a la
exageración egoísta del hombre y obligarle a
reflexionar sobre su responsabilidad.
El "sistema social" se esfuerza en prevenir
cualquier desviación de las normas y leyes establecidas,
o en explotar para sus "intereses sociales",
algunas reacciones humanas. El individuo, para la
sociedad, es siempre un "rebelde" que es
necesario dominar, o un "perezoso" que hay que
hacer trabajar, o un "vanidoso" al que hay que
halagar. Las autoridades sociales poco a poco se
deshumanizan, para ellas los hombres acaban siendo
simples estadísticas que tienen que someterse a la
"Regla social", al "Orden social", a
la Ley del grupo. De ese principio nacen las moralidades
sin pecado y las éticas económicas y sociológicas, el
enfrentamiento entre el egoísmo personal y el colectivo.
En ese enfrentamiento el hombre es siempre
"culpable" y la autoridad tiene preparado su
sistema "preventivo". Con su instinto de
defensa, la "colectividad" ataca al individuo y
se produce un "mal" más completo y organizado
que el propio egoísmo personal, un mal con sus propios
intereses y sus propios órganos de represión, un mal de
la "estructura social", el llamado "pecado
estructural".

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