LOS SIETE PECADOS CAPITALES

Nos oponemos a Dios con el orgullo; con la ira y la envidia nos oponemos a nuestro "yo personal"; con la avaricia, la lujuria y la gula vamos contra los objetos y personas exteriores y con la pereza (y la tristeza o languidez) vamos contra los bienes exteriores, la regla interior y el orden divino.

EL ORGULLO, LA SOBERBIA Y LA VANAGLORIA.
 
El "orgullo" es el amor a sí mismo y arrogancia para con los demás. Por el contrario, la "soberbia" se aplica, sobre todo, al gusto por lo suntuoso, mientras que el orgullo denota vanagloria. Podemos definir como "orgullo absoluto" al pecado del Angel caído y de Adán. Es una especie de insurrección contra Dios, el ser "creado" quiere ser "él mismo" olvidándose de su Creador. Con su orgullo, el Angel quiere sentarse en el trono de Dios, con el suyo, Adán quiere ser tan perfecto como Dios. El Angel es orgulloso por rebelión, el hombre lo es por deseo de excelencia. El pecado del primero está lleno de odio y de envidia; el del segundo, de ignorancia y de avaricia. También hay otra clase de orgullo que consiste en querer y desear parecer más grande y más digno de lo que en realidad se es. Es el origen de muchos otros actos contrarios a la moral. Este orgullo se llama "vanagloria", es el amor desmesurado a la propia excelencia, hasta tal punto que supone un desprecio de Dios (Definición teológica). El orgulloso cambia incluso su modo de hablar, su leguaje se vuelve incisivo y rígido, no dialoga, se limita a exponer su monólogo interior, del que se derivan la arrogancia, el menosprecio por las ideas ajenas, su afán de grandeza, la creencia de su superioridad.
 
Es el pecado de los que se creen fuertes. 

El orgulloso, se cree tan listo, que acaba tomando sus deseos y sus "excesos de confianza" por la realidad misma. Cuando vemos lo que hay de excelente en nosotros y aspiramos a una naturaleza verdadera nos encontramos con una virtud: la humildad, imprescindible para vencer al orgullo que nos acosa. La humildad pone de manifiesto nuestra posición ante Dios. Jesús al humillarse en la cruz, ha demostrado que la humildad es la abertura hacia una excelencia del "yo personal", del "yo eterno". Jesús borra el orgullo de Adán, lucha contra el orgullo y las tentaciones del Angel caído y nos propone la humildad como el camino a seguir.

LA IRA
 
La ira es un estado egoísta cuya finalidad es defender al individuo contra una amenaza física o moral. Los psicólogos la consideran como una expresión del instinto de conservación, es una emoción con mucha agresividad, que contesta y planta cara al peligro; de ahí su carácter vengativo. La ira no tiene en cuenta la razón, es una reacción pasional que busca el mal por el mal; se comete una mala acción como replica a otra también mala. En su libro "De ira", Séneca nos la describe así : "De todas las pasiones, la más horrible y desenfrenada es la ira. En efecto, las demás tienen algo de reposado y apacible, pero esta es todo agitación, todo impetuosidad a causa del resentimiento, ebria de guerra, de sangre, de suplicios, arrastrada por un furor sobrehumano; sin preocuparse de sí misma, con tal de perjudicar a los demás se arroja en medio de las espadas, ávida de venganza, que el vengador lleva consigo." Prototipo de la pasión, la ira tiende, poco a poco, a identificarse con la venganza. Considerada como una locura "pasajera", la ira se olvida de la razón y se convierte ella misma en razón. El hombre airado es odio y venganza, y ésta se convierte en su única voluntad, en la razón única de su vida. Hay un desorden moral que proviene de esa ciega voluntad, sin el consejo de la razón y sin la ayuda de la paciencia (caridad). Un poco de paciencia y de humildad bastarían para que la ira desapareciera.
 
   LA ENVIDIA Y LOS CELOS.
 
En seguida nos viene a la mente la idea de los celos; para la mayoría de la gente, el envidioso es el celoso, el ser que se amarga y sufre ante la felicidad de los demás, ante los éxitos de su prójimo. La envidia, como lo indica el término latino "invidere", significa "ver con mal ojo" el bien de los demás. Al celoso le duele que los demás sean felices. La diferencia entre el celoso y el envidioso estriba en que el primero reconoce a su prójimo el derecho de poseer el bien, mientras que el segundo quiere apoderarse de él. La envidia es una pasión del alma viciosa y culpable, no tiene en cuenta la razón que reconoce a los otros hombres el derecho de poseer más bienes que los que yo tengo. Descartes estableció la diferencia entre la envidia y los celos. La primera es una pasión del alma que se refiere a un bien perteneciente a los demás: los segundos, son un deseo personal para conservar el propio bien. Del mismo modo, podríamos decir que la envidia se refiere, sobre todo, al rango, a la fortuna, al honor, al talento, a la belleza, al éxito, es decir, a los bienes que las personas poseen. Los celos se aplican, ante todo, a las personas en sí mismas, ya sean poseídas, o simplemente deseadas. Tengo celos de una mujer, pero tengo envidia de su talento y belleza. Según los médicos, con la envidia se pervierte el instinto de propiedad, que, a su vez, es una prolongación del amor a uno mismo y del instinto de conservación.
 
- Es un demonio turbulento que nunca descansa...
 
El alumno que envidia el primer puesto de su compañero o el escritor, que está celoso de sus colegas, se creen desposeídos de un honor o de un éxito que creen que les ha sido robado. El envidioso intentará perjudicar, de una manera o de otra, a su rival, ya sea poniéndole mala cara, o hablando mal de él. Igual que los demás vicios del alma, la envidia es el pan cotidiano de todos y cada uno de nosotros. La virtud que se contrapone a la envidia es la caridad. Al que posee rango, honores y fortuna, la caridad le proporciona su amor para que el virtuoso sea reconocido, de derecho, poseedor de esos bienes. El consejo del "Pastor de Hermas" se halla resumido en este precepto: "Cultiva la simplicidad y la inocencia, y te parecerás a los niños pequeños que ignoran el mal, causa de ruina para la vida de los hombres. Ante todo, no hables mal de nadie, no prestes oído complaciente a las habladurías de los malvados, porque si no, al escucharlos, participarás de su pecado de maledicencia, pues al creer en ellos concebirás contra tu hermano malos sentimientos. La maledicencia es mala, es un demonio turbulento que nunca descansa y que siempre busca la discordia".
 
LA AVARICIA ES LA RAíZ DE MUCHAS OTRAS ACTITUDES...
 
Dijo Santo Tomás que cuando el amor desordenado de sí mismo se convierte en deseo de los ojos, la avaricia no puede ser retenida. El hombre quiere poseerlo todo para tener la impresión de que se pertenece a sí mismo de una manera absoluta. La avaricia es un pecado contra la caridad y la justicia. Es la raíz de muchas otras actitudes: perfidia, fraude, perjurio, endurecimiento del corazón. El instinto de conservación, se manifiesta en esa perversión que no hace más que exagerar el instinto de economía y ahorro. La avaricia sobrepasa la precaución y la prudencia; es un vicio espiritual, puesto que ha dado lugar a la precaución de la precaución, y ambiciona no carecer de nada. La avaricia es la enfermedad del ahorro. A veces, este pecado es considerado como una virtud en razón de la modestia de vida del avaro y de su lógica ante el porvenir. La raíz de todos los males es la avaricia, es decir, el amor al dinero (Mt 5,12). Teólogos y científicos han observado la psicología del avaro y han comprendido la perversión moral y psicológica de tal hombre. El avaro se aparta de los demás, se encierra en sí mismo y se impone una austeridad que va incluso en contra de sus necesidades vitales. Como menos de lo necesario, pierde horas de sueño (para velar su fortuna), vive en la obsesión del robo o del incendio. Para desgracia y perjuicio de los demás, muchas veces, el avaro, él y su fortuna, se colocan fuera del circuito económico y caritativo, es como una célula aislada, condenada a la muerte por asfixia.
 
Nadie puede servir a dos amos...
 
Cristo, ha condenado innumerables veces a la riqueza culpable: Nadie puede servir a dos amos a la vez, pues o bien odiará a uno y amará al otro, o bien se sentirá ligado a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a la riqueza. Nos dice el Apocalipsis (Mt 8,11), que la ciudad de Laodicea perecerá por su avaricia: "Porque dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad, y no sabes que eres un desdichado, un miserable, un indigente, un ciego y un desnudo."
 
Veamos algunas sentencias del libro Eclesiástico (Mt 9,14-15):
 
- El hombre tacaño, ¿para qué quiere la riqueza?, y al avaro, ¿de qué le sirve el oro? - El que se impone privaciones amontona para otros, y con sus bienes otros se darán buena vida. - El que para sí mismo es malo, ¿para quién será bueno? Ni el disfruta de sus tesoros. - Nadie más necio que el que para sí es tacaño, y lleva ya en eso su castigo. El pecado de la avaricia no podía estar mejor resumido: apetito desordenado, malignidad intrínseca en el acto de atesorar, ofensa a uno mismo y a la caridad de Dios.